Años atrás, David Allami se convirtió en youtuber. Creó su propio canal, llamado “Shiur Torá” -“lección de Torá” en hebreo-, donde posteó más de 50 videos para unos pocos suscriptores, filmaciones de charlas mano a mano con diversas personas que planteaban sus dudas espirituales.
Allami, padre de doce hijos, era, ciertamente, una figura respetada en su comunidad. Referente dentro el judaísmo ortodoxo porteño, se había convertido en un sofer, un escriba de la Torá y otros textos sagrados, con libros escritos a mano, una posición muy respetada. También, fue uno de tantos símbolos del atentado a la AMIA. Corrió a asistir a los heridos el 18 de julio de 1994 tras oír la explosión. Un fotógrafo de una agencia internacional le tomó una imagen entre los escombros, que luego recorrió el mundo.
Allami posteó un video en agosto de 2024 en su canal. “El amor de Di*s nos persigue”, se llamó. Allí, conversaba con una mujer sobre el poder de la teshuvá, el proceso de arrepentimiento en la religión judía. “La persona que hace teshuvá es otra persona, es otra creación”, dijo, convencido.
En secreto, otras cosas ocurrían en su vida. Allamí era el centro de una acusación gravísima dentro de su propia comunidad: estaba a punto de ser denunciado en la Justicia ese año. En diciembre de 2025, el sofer sería allanado y detenido en su casa del Once.
Hoy, por estas acusaciones, Allami está preso y condenado en el penal de Ezeiza. La pena en su contra, dictada por el Tribunal N°16 a fines de 2025, fue singularmente dura; 23 años de prisión. El delito que detalla la condena es aberrante: el abuso gravemente ultrajante de dos menores, un abuso agravado por la guarda de los chicos, con hechos ocurridos en 2013.
Allami, según la condena, fotografió desnudo con su viejo Blackberry al mayor de ellos en la casa de su suegra, según el testimonio de la víctima, lo que le valió ser también condenado por la producción de pornografía infantil. Luego, se le imputó la corrupción de los menores. Los supuestos abusos generaron un daño que marcó su desarrollo y perduró en el tiempo. Allami, inicialmente, había sido acusado de violación, abuso con acceso carnal, una imputación que no prosperó.
Los chicos, hermanos entre sí, tenían 12 y 14 años al momento de los atques. Eran judíos ortodoxos, tal como él: su padre consideraba a Allami un referente espiritual.

El mito de la deuda
Los jueces Gustavo González Ferrari y Valeria Rico consideraron válidos y veraces los testimonios de las víctimas, que denunciaron el hecho luego de que uno de ellos pudo reconectar con sus recuerdos en sus sesiones de terapia. Ambos hermanos enfrentaron a peritos del Cuerpo Médico Forense a fines de 2024. El informe posterior descartó cualquier signo de fabulación y daños compatibles con un abuso sexual.
Los forenses del CMF determinaron que los relatos de las víctimas “tendrían entidad suficiente como para afectar disvaliosamente su desarrollo psicosexual, ya que serían compatibles con la intromisión violenta de la sexualidad de un adulto en la etapa evolutiva de la niñez y adolescencia a lo que se agrega que la persona indicada como ofensor sexual habría pertenecido a un entorno cercano”, lo que justificó la imputación por corrupción de menores.
Las víctimas, por otra parte, retuvieron los lugares de los presuntos abusos en su memoria: trazaron croquis que fueron cotejados con las fotos forenses de la casa de Allami.
En su denuncia, el mayor de los hermanos aseguró que el rol de sofer de Allami fue clave para lograr la confianza que le permitiría cometer los abusos. Todo comenzó, precisamente, en una consulta religiosa realizada por los padres de las víctimas en el domicilio del acusado. Allí, el condenado supuestamente afirmó que el mayor de los chicos tenía “síntomas de escoliosis”. Aseguró “ser kinesiólogo” y que “podía tratarlos”. Así, comenzaron “de diez a quince sesiones”, donde ocurrieron los abusos.
Allami, por su parte, negó ser kinesiólogo y negó las acusaciones. “Son falsas y mentiras, yo soy inocente, no soy un abusador, no soy kinesiólogo, ni masajista”, afirmó. También, redujo el conflicto a una deuda de 50 mil dólares con el padre de las víctimas tras un negocio fallido. Una de las víctimas aseguró que Allami le propuso a su padre: “Vos tráeme 50 mil dólares y vamos a hacer una inversión en trigo”. “Le dijo que iban a ganar el 20 % en poco tiempo, por la confianza no firmaron ningún papel y según lo que me contó mi papá, Allami le dijo que se fue perdiendo”.
Fernando Fiszer, el fiscal acusador en el juicio y el juez González Ferrari dieron por tierra con el argumento de la deuda. Allami fue allanado y detenido en su casa de Once. Allí, se halló dinero. “Acierta el señor fiscal que si el motivo en bambalinas de la denuncia era una deuda, durante el allanamiento en la propiedad de Allami se halló dinero suficiente como para cubrirla”, continuó.
Luego, el juez enfrentó al acusado con un argumento que suena casi furioso:
“Por tanto, y para que se entienda, existió un negocio fallido, existió un reclamo de dinero adeudado, pero también, independientemente de todo ello, existieron actos de pederastia en perjuicio de los menores, protagonizados como actor principal por David Ariel Allami, quien urgido en su desesperación para aplacar el escarnio que supone haber sido descubierto en sus perversos actos, echó mano a invocar esta vieja cuita a modo de un vano contrapeso que le sirviera de coartada frente a los gravísimos hechos de abuso sexual por él cometidos”.
El agravamiento por la guarda de los chicos en la condena alude directamente al rol de Allami como referente espiritual. El padre de la víctima, razonó el juez, “le confío a sus hijos en la creencia de que Allami era una persona apta por los conocimientos que dijo tener”.
La madre de los chicos fue una testigo clave en la causa. “Mi marido tenía una conexión espiritual con él, con Allami, era su sofer, Allami le vendía objetos espirituales. Incluso lo llevó a ver a mi hija al hospital cuando estaba internada en terapia intensiva”, afirmó. La mujer, para empezar, se opuso al falso tratamiento de kinesiología. Su hijo mayor ya se trataba con un kinesiólogo verdadero para empezar. Sin embargo, el padre de los chicos insistió.

La sesión de fotos y la acusación final
Los contenidos de las declaraciones de las víctimas son virtualmente irreproducibles. Detallan un crescendo: de tocamientos a penetración, por dedos, sexo oral, con cuentos y mentiras de Allami para lograrlo, masajes con aceites para eliminar “toxinas”, frotamientos.
El tratamiento, siempre, era la excusa. El mayor de los chicos aseguró:
“En otra ocasión estaba en el templo en el recreo de las 17:30 horas y el imputado me llevó a la casa de su suegra y, una vez, en el interior Allami me dijo que se iba a fijar que no esté la vecina para que no le gritara al entrar la casa, ya que la vivienda estaba medio vacía”.
Allí, lo llevó a “una habitación que tenía una cama con un colchón con un plástico, hizo que me sacara la ropa y me exhibió imágenes desde su celular de otros chicos a los que atendía y estaban desnudos, para luego proceder a tomarme fotografías sin ropa, ello con la excusa de que quería ver la evolución de mi espalda”. Entonces, Allami procedió a fotografiar al chico, en cada ángulo, según la acusación en su contra.
El teléfono usado fue un Blackberry, recordó la víctima; el propio imputado confirmó que poseía ese celular. Dos dispositivos fueron encontrados en el allanamiento. Sin embargo, el viejo teléfono de 2013 -que contendría las fotos de otros menores desnudos- no estaba allí.
En uno de los teléfonos, sin embargo, se encontró una catarsis de Allami a un miembro prominente de su comunidad, un monólogo que fue considerado al menos comprometedor por el juez y el fiscal. Data de julio de 2024, mientras Allami aún posteaba en su canal de YouTube. “Todos tenemos o tuvimos en algún momento una debilidad. Tenemos que salir adelante, nadie esta exento de nada, yo tengo 12 hijos, tengo que casarlos, contenerlos”, dijo el condenado.
Ahora, ¿por qué Allami fue acusado de abuso con acceso carnal, con, al menos, una penetración oral? El Tribunal N°16 no descartó los hechos. Es una cuestión de ley. La reforma del artículo 119 del Código Penal que introdujo al sexo oral forzado como un abuso con acceso carnal ocurrió en 2017, cuatro años antes de la denuncia de los hermanos.
La defensa de Allami declinó realizar comentarios para esta nota: aseguró que una apelación en Casación se encuentra en curso. Su pena, si no prosperan las apelaciones, se considerará cumplida el 26 de octubre de 2047. En paralelo, Allami enfrentó otra causa en la Justicia, por la que fue condenado la semana pasada. Pactó un juicio abreviado en el Tribunal Oral en lo Penal Económico N°1 por el delito de tráfico de medicamentos, un caso vinculado a un misterioso ciudadano ruso que operaba en Catamarca.










