Los cuatro colores que marcan el ritmo de los que viven en Buenos Aires aunque no todos les presten atención

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El Lapacho de Ezcurra, en la esquina de Figueroa Alcorta y Manuel Obarrio. Su floración es un indicador natural de que la primavera ha llegado a Buenos Aires. Foto: Karina Azaretzky / Buenos Aires en Flor

Nueve reinas, la magistral película de Fabián Bielinsky cuyo guión se enseña en escuelas de cine de todo el mundo, tiene varias escenas que quedaron para siempre en el inconsciente colectivo. Una de ellas es cuando Ricardo Darín, interpretando al ladrón presuntamente experimentado, le señala a Gastón Pauls, que interpreta al ladrón presuntamente novato, todos los criminales que se apilan en una caminata cualquiera por el Microcentro porteño.

Hay descuidistas, culateros, abanicadores, mecheras, pungas, garfios, escruchantes, y siguen las firmas. “Están ahí”, le advierte un protagonista al otro, que mira a su alrededor como si redescubriera la ciudad por la que fue y vino miles y miles de veces.

Los colores también están ahí. Buenos Aires tiene una paleta en la que predominan cuatro: primero el rosa, justo después el rojo, enseguida el violeta, y un poco después, el amarillo. Ese es el orden en el que florece, desde que despunta la primavera hasta entrado el verano, la Reina del Plata. Aunque no todos le presten suficiente atención a ese espectáculo que, aunque con sus características únicas de cada vez, se empecina en repetirse cada año en el mismo orden, como marcándole el compás a la ciudad.

El lapacho inaugura la temporada

El historiador Félix Luna tenía una costumbre que devino en ritual. Cada vez que florecía el famoso Lapacho de Ezcurra, en la esquina de la avenida Figueroa Alcorta y Manuel Obarrio, enviaba una carta de lectores al diario La Nación para avisar que esa copa enorme ya se había llenado de flores rosadas. En esa carta, Luna daba por verdaderamente empezada la primavera en Buenos Aires.

La floración del ceibo viene después de la de los lapachos. Es la flor nacional. Foto: Karina Azaretzky / Buenos Aires en Flor

Ese lapacho es, de todos los árboles que florecen en la ciudad, el que el historiador, arquitecto y paisajista Jorge Bayá Casal elige como su favorito. A Karina Azaretzky, historiadora del arte y fotógrafa, también le fascina ese lapacho que inaugura la temporada más intensa de floración en la ciudad. Pero también está atenta a otro: “Un lapachito que veo siempre cuando salgo a caminar por la zona del Lago de Regatas -en los Bosques de Palermo- del que vi su primera floración en plena pandemia, cuando recién nos autorizaban a salir a caminar con barbijo. Fue muy conmovedor para mí ver esa primera floración, así que elijo ese lapachito que sigo viendo siempre que salgo a caminar”, le dice Azaretzky a Infobae.

A Bayá Casal y Azaretzky los unió el amor por la naturaleza que se abre paso en territorio porteño y la cuarentena. Ambos, cada uno con sus saberes sobre la espalda, participaban de Tribu Verde, una comunidad que, sobre todo a través de Instagram, se dedica a la difusión del paisajismo. El encierro durante la pandemia hizo que participaran juntos de varias transmisiones en vivo a través de redes, y quienes los escuchaban les insistieron con una idea: tenían que volcar todo ese conocimiento y esa pasión en un libro.

Les hicieron caso y en 2024 publicaron la primera edición de Buenos Aires en Flor, que acaba de reeditarse. El libro se organiza respetando la paleta de colores que se suceden en Buenos Aires, empezando por el rosado de los lapachos, siguiendo por el rojo de los ceibos y muchos de los malvones que asoman en los balcones de la ciudad. Sigue el violeta del jacarandá, tal vez la flor con la que más se identifica a Buenos Aires, esa que protagoniza cada noviembre. Finalmente, la paleta de cada año se completa con las flores más veraniegas: las tipas, que cuando caen forman una alfombra amarilla en cada vereda, y también las flores del ibirá pitá y el guarán guarán.

En medio de esa paleta, que transcurre sobre todo entre septiembre y diciembre y que organiza el paisaje primaveral y veraniego de los porteños, se cuelan las flores blancas de los crespones, de la pata de vaca y de los jazmines de leche que, sobre todo desde los jardines de las casas, perfuman Buenos Aires durante algunas semanas cada año.

Flora y arquitectura, un maridaje potente

Esa paleta ordenada por la naturaleza les sirvió a Azaretzky y a Bayá Casal para organizar su trabajo. Es que Azaretzy, que nació en Tucumán y se instaló en Buenos Aires en 2012, ya tenía organizadas por color las miles de fotos que llevaba sacadas de los árboles y las flores de la ciudad.

El jacarandá, que florece habitualmente en noviembre, es tal vez el árbol más icónico del paisaje porteño. Foto: Karina Azaretzky / Buenos Aires en Flor

“Yo venía del Jardín de la República, y extrañaba ese verde, así que salí a buscarlo en caminatas por Buenos Aires. Me encontré con una ciudad que está plagada de esa belleza pero que muchas veces no miramos, y empecé a sacar fotos, sobre todo en temporadas de floración”, describe la historiadora del arte.

Las fotos del libro son de ella, y los textos son de Bayá Casal, que se detiene no sólo en la importancia de cada uno de esos colores en la paleta botánica porteña, sino sobre el origen de las especies más importantes -algunas vienen del noroeste de nuestro país, otras son más litoraleñas, otras son más nativas-. Y describe, de la mano de las fotos, el paisaje que construye la combinación de los árboles en flor con la arquitectura de la ciudad.

El libro registra no sólo en los lapachos, los ceibos, los jacarandás, las tipas, los crespones, los palos borrachos, los durazneros, las glicinas, las Santas Ritas y los malvones que asoman por los balcones. Se detiene también en cómo las flores aparecen en rejas, guirnaldas y hasta fileteados de la ciudad, y cómo todo eso se combina con edificaciones inspiradas en las grandes ciudades europeas, especialmente París.

“El libro capta esa especie de broma sudamericana que ocurre en Buenos Aires, donde toda la herencia europea de lo arquitectónico y urbanístico se mezcla con las especies de esta parte del mundo”, describe Bayá Casal, que asegura que la plaza San Martín, en Retiro, es una especie de “vademecum” de flores porteñas, porque allí se acompasan las floraciones de los jacarandás, los ibirá pitá y los palos borrachos a lo largo del año.

La flor de la tipa

“No sabemos qué va a pasar con la relación entre la arquitectura y la flora de Buenos Aires, porque tanto una como la otra pueden cambiar. Así que creemos que este libro deja un testimonio de cómo es esa relación en la Buenos Aires de hoy, un testimonio de este presente”, resume el arquitecto.

“Lo que nos proponemos es también una experiencia de contemplación. Se suele asociar a Buenos Aires con la jungla de cemento, el caos, la Ciudad de la Furia. Son asociaciones muy arraigadas en la cultura popular, y nosotros venimos a decir que hay una belleza dada en la unión entre la arquitectura y la flora que está ahí, que hay que frenar un poquito el ritmo de la rutina cotidiana para contemplar esa belleza que muchas veces nos pasamos de largo”, define Azaretzky.

Cada septiembre, Buenos Aires inaugura su temporada más potente de floración. El lapacho es punta de lanza en esa seguidilla de colores y especies que ponen aún más linda a la ciudad y que, aunque están sobre todo presentes en primavera y verano, se lucen también hasta entrado el otoño, como ocurre con los palos borrachos. Como en la escena de Nueve reinas, y como propone Buenos Aires en Flor, lo que hay que hacer es aprender a mirar: toda esa belleza ya está ahí, lista para ser descubierta.