El Faro del Fin del Mundo, la luz que desafió al océano: las torres que guiaron a los navegantes durante más de 2.000 años

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Faro de San Juan de Salvamento a mediados de enero de 2022

En la remota Isla de los Estados, frente al extremo oriental de Tierra del Fuego, una pequeña construcción de madera se convirtió en uno de los faros más famosos de la historia. El Faro San Juan de Salvamento fue inaugurado en 1884 para asistir a los barcos que atravesaban uno de los mares más peligrosos del mundo, una región marcada por fuertes vientos, corrientes impredecibles y condiciones extremas de navegación.

Su soledad llamó la atención de Julio Verne, que encontró en ese paisaje austral tan inhóspito la inspiración para su novela El faro del fin del mundo, publicada en 1905. La obra convirtió ese punto perdido del Atlántico Sur en un escenario mundial de aventuras, aunque con el paso del tiempo también dio origen a una de las confusiones más extendidas: el faro que muchos visitantes identifican hoy como el de la novela no es el verdadero protagonista de aquella historia.

Detrás de esa equivocación existe otra historia: la de las luces que durante siglos guiaron a los navegantes, desde las primeras hogueras encendidas en las costas antiguas hasta las grandes torres construidas en los lugares más alejados del planeta. Casi al borde del mapa argentino, sigue en pie un faro cuya historia cuenta sobre ingeniería, exploración y la necesidad humana de encontrar una referencia cuando el mar parece no ofrecer ninguna. Desde 1989, cada 7 de agosto se conmemora el Día Mundial de los Faros: esa misma fecha del año 1789 el Congreso de los Estados Unidos aprobó la primera ley del mundo para regular, construir y mantener estas guías marítimas.

Faro de Alejandría dibujado por el arqueólogo Hermann Thiersch, en 1909

De las primeras hogueras al Faro de Alejandría: el origen de una señal que cambió la navegación

Mucho antes de las torres de piedra y los sistemas modernos de navegación, los marinos dependían de señales simples para acercarse a tierra durante la noche. Desde la Antigüedad, pueblos como los fenicios, griegos y egipcios entendieron que una llama encendida en lo alto podía servir para advertir la cercanía de una costa, marcar la entrada de un puerto o señalar zonas peligrosas para las embarcaciones.

No existió un único inventor de los faros. Su origen estuvo ligado a una necesidad común de las grandes civilizaciones marítimas: reducir los riesgos de navegar sin referencias visibles. Las primeras señales fueron apenas hogueras encendidas en puntos altos, pero con el tiempo comenzaron a construirse estructuras destinadas a elevar esa luz y hacerla visible desde mayores distancias.

El gran logro llegó en el siglo III a. C. con la construcción del Faro de Alejandría, en la isla de Faros, frente a la ciudad egipcia fundada por Alejandro Magno. Levantado durante los reinados de Ptolomeo I y Ptolomeo II y atribuido tradicionalmente al arquitecto Sóstrato de Cnido, tenía una altura estimada de entre 100 y 120 metros y se convirtió en una de las obras más extraordinarias del mundo antiguo.

El Faro de San Juan de Salvamento se inauguró el 25 de mayo de 1884. El dibujo, lo representa después del año 1902, ya sin la torre final y con soldados custodiándolo

Su función era práctica: guiar a los barcos hacia uno de los puertos comerciales más importantes del Mediterráneo. Sin embargo, su tamaño y complejidad hicieron que trascendiera su propósito original y fuera incluido entre las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Aunque desapareció después de varios terremotos entre los siglos X y XIV, dejó una huella: el nombre de la isla de Faros quedó asociado a estas moles luminosas.

Durante los siglos siguientes, los faros evolucionaron con nuevos combustibles y mejores sistemas ópticos. Las antiguas llamas de madera y carbón fueron reemplazadas por aceite, querosén y otros métodos que permitieron aumentar la intensidad de la luz. Pero la transformación decisiva llegó en 1822, cuando el físico francés Augustin-Jean Fresnel desarrolló una lente compuesta de prismas que concentraba la iluminación y permitía proyectarla a grandes distancias.

Desde entonces, los faros se convirtieron en verdaderos instrumentos de precisión. Cada destello podía tener una combinación única para ser reconocido por los navegantes, mientras los fareros asumían la tarea de mantener esas señales funcionando en lugares muchas veces aislados y extremos. No hubo solo una evolución tecnológica sino también quienes hicieron posible que una luz permaneciera encendida frente al mar.

La novela de Julio Verne, de 1905, ilustrada por George Roux

El faro que inspiró a Julio Verne y nació en el lugar más inhóspito del Atlántico Sur

Mientras Europa perfeccionaba sus sistemas de señalización marítima, la Argentina enfrentaba un desafío muy distinto: proteger la navegación en el extremo austral del continente. A fines del siglo XIX, el paso por el Cabo de Hornos y los canales de Tierra del Fuego era una de las rutas más complejas del mundo. Los fuertes vientos, las corrientes cambiantes, la niebla y las costas rocosas convertían esa región en un escenario frecuente de naufragios.

Para mejorar la seguridad de allí, el 25 de mayo de 1884 se inauguró el Faro San Juan de Salvamento, en la Isla de los Estados, durante la presidencia de Julio Argentino Roca. Más que una torre monumental, era una austera construcción octogonal de madera, levantada sobre un acantilado e integrada a la vivienda donde residían los encargados de mantener encendida la luz. Lo que lo hacía importante no era su tamaño, sino el lugar donde había sido construido: uno de los puntos más aislados e inhóspitos del país.

Aquel paisaje remoto despertó el interés del escritor francés Julio Verne, que vio en él el escenario ideal para una historia de aventuras. Inspirado por esa construcción escribió unas de sus obras más leídas, El faro del fin del mundo, novela publicada en 1905, tres años después de su muerte. La obra convirtió a San Juan de Salvamento en un símbolo mundial y quedó asociado para siempre esa construcción con la idea del “fin del mundo”.

Les Eclaireurs, el faro de las tempestades, un ícono de Tierra del Fuego (Ricardo Martins)

Pero nada pudo evitar que, con el paso del tiempo, la literatura originó una confusión que aún persiste. La mayoría de los turistas que recorren el canal Beagle identifica como el “Faro del Fin del Mundo” al Faro Les Éclaireurs, la torre blanca y roja ubicada frente a Ushuaia. Pero esa construcción fue inaugurada recién en 1920, varias décadas después del faro que inspiró a Verne.

El faro de San Juan de Salvamento dejó de funcionar en 1902, cuando se comprobó que la niebla frecuente reducía considerablemente su señal luminosa. Fue reemplazado por el Faro Año Nuevo, construido en la isla Observatorio, donde las condiciones permitían una mejor visibilidad para los barcos que atravesaban esas aguas australes.

Durante décadas, el primer faro quedó abandonado hasta que, a fines de los años noventa, una expedición franco-argentina recuperó sus restos arqueológicos y reconstruyó una réplica sobre sus antiguos cimientos. Gracias a ese trabajo, el faro que había inspirado a Julio Verne volvió a ocupar un lugar en la historia marítima argentina.

Pero, la idea de protegerlo nació antes: el 22 de julio de 1976, el faro de San Juan de Salvamento fue declarado Monumento Histórico Nacional (Decreto Nº 1385). Pese a ello, fue derogado en 1999 porque los restos originales habían sido trasladados al Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia por personal del Museo y la Armada Argentina. Debido a la importancia histórica, el 3 de febrero de 1999, el Decreto 64/99 declaró Lugares Históricos Nacionales a los emplazamientos donde estaban ubicados el faro y el puerto de San Juan de Salvamento.

Faro Cabo Vírgenes, en Santa Cruz (Horacio Fernández)

La luz que sigue encendida

Cuando el siglo XX avanzó y la navegación incorporó la electricidad, la radio y, más tarde, los sistemas satelitales, muchos imaginaron que los faros desaparecerían y quedarían en el olvido. No fue así. Aunque dejaron de ser la única referencia para los barcos, continuaron prestando servicio en numerosos puertos y pasaron a formar parte del patrimonio histórico de los países que durante siglos dependieron de ellos.

Durante siglos, estas estructuras acompañaron el crecimiento comercial, las exploraciones y la vida en el mar. Cambiaron sus materiales, sus sistemas de iluminación y la tecnología, pero nunca dejaron de ofrecer una referencia allí donde el horizonte parece igual en todas las direcciones.

Incluso hoy —que la navegación depende de satélites y sistemas digitales, incluso guiados con inteligencia artificial— muchas de esas luces siguen encendiéndose cada noche.

El 7 de agosto recuerda ese rol. La fecha tiene su origen en la ley que el Congreso de Estados Unidos aprobó en 1789 para organizar el primer sistema nacional de faros, iniciativa que con el tiempo fue adoptada como un día de homenaje por comunidades marítimas de distintos países que pone en valor el papel que estas torres desempeñaron durante siglos en la seguridad de quienes navegaban.