
Aunque le seguí dando vueltas al asunto, no tenía más remedio que separarme.
No había terceros, al menos de mi lado. Simplemente hacía rato que nuestro matrimonio estaba agotado. No daba para más.
Supongo que en el fondo a los dos nos pasaba lo mismo. Por eso, cuando finalmente me animé a hablarlo con Mariana, no se sorprendió. Pensar que tardé tanto en encarar la situación para evitarle el sufrimiento, y ahora creo que quizás le dolió más todo el tiempo que seguimos juntos con nuestra pareja muerta, que la separación. Aunque si tanto daño le causaba, también podría haberlo planteado ella, ¿no?
Tuvimos una conversación sincera y razonable, y nos pusimos de acuerdo en los temas centrales, sobre todo lo que se refiere a los chicos. Envalentonado por la charla que fluía sin grandes conflictos, y quizás debido a lo movilizado que me sentía por salir de este lugar sin vida en el que llevaba demasiado tiempo, me sinceré.
—Quiero decirte que la plata que junté todos estos años es para los cuatro. Vos, los chicos y yo. Voy a armar una estructura legal para ponerla a salvo de terceros. No robé todo lo que robé para arriesgarnos a perderlo por algún o alguna oportunista del que podamos enamorarnos el día de mañana.
No sé por qué blanqueé que no había sido tan santo como me había mostrado durante los ocho años en los que fui el presidente intachable de una gran multinacional. Después de toda una vida juntos ocultándome, creo que al final asumí ese riesgo porque en algún momento necesitaba mostrarme ante ella tal como soy.
Mariana me miró con una expresión extraña, más de sorpresa que de espanto, y antes de que yo intentara aclarar lo inaclarable, dijo algo que me dejó helado:
—Contame más que me calienta…
Había pasado gran parte de mi vida cargando en soledad la culpa por robarle en secreto a esa empresa perversa, que solo me exigía esfuerzos y entrega total a cambio de promesas vacías que nunca se cumplían. Sabiendo que me descartarían a la primera de cambio cuando yo ya no les sirviera y pudieran reemplazarme por alguien más barato y más joven.
Nunca lo había compartido con Mariana para protegerla, pero también porque estaba convencido de que no me entendería. ¿Cómo podía pensar lo contrario si ella era funcionaria anticorrupción de una empresa de primer nivel, y había pasado los últimos veinte años luchando contra empleados deshonestos como yo?
Y me pregunto: cuando ocultamos algo en una relación, ¿qué nos pasa que no podemos contarlo? ¿Es todo responsabilidad del que oculta? ¿Y qué le pasa al otro que nos transmite que no quiere o no puede escuchar?
Siempre nos habíamos mostrado perfectos e impolutos ante el otro, aunque al hacerlo creáramos una distancia emocional entre nosotros que fue agrandándose con los años. Nos enseñaron a ser correctos, no auténticos. Y la corrección sostenida en el tiempo se volvió una cárcel emocional. Nunca llegamos a dimensionar su efecto devastador en el largo plazo.
¿Cómo es posible que mis prácticas non sanctas en vez de enojarla, la calentaran? ¿Por qué ella también mostró durante tantos años una máscara cuando la realidad era bien distinta? ¿Se cansó de lo que hace, o vivió todos estos años en una mentira?
No le conté nada más, ya era demasiado tarde. No tenía ganas de calentarla, mucho menos de coger con ella. Además, me sentí un pelotudo. ¿Sería mutua esa sensación de extrañeza?
Durante tantos años me negué a reconocer que era un ejecutivo desleal. Por eso no pude ver lo que me empujaba a actuar de aquel modo. Es obvio que el dinero me daba seguridad. Sé que no compra la felicidad ni la salud, pero puede resolver muchos problemas que van desde la supervivencia hasta el reconocimiento. Además, el dinero es un lenguaje que todo el mundo entiende.
Quizás por esta sobrevaloración del dinero me costó mucho enterarme de que perseguirlo potenciaba mis vulnerabilidades y temores. Seguían ahí, se hacían más grandes, me dominaban silenciosamente. Lo opuesto a lo que buscaba.
Cuando pude asumir que el dinero no iba a reparar ninguna de mis carencias profundas, empecé a aceptar y a convivir razonablemente con mis verdaderas oscuridades de toda la vida. ¿Por qué no pude hablar nada de esto con Mariana? Hablamos de tantos temas, algunos tan triviales y otros tan importantes, y en veinte años juntos no pude desnudarme emocionalmente.
No supe cómo hacerlo. Solo sentía que había que ser correcto, cuando en realidad estaba ocultando que mis transgresiones tenían una razón de ser. Transgresiones que estaban al servicio de algo mucho más importante: salir por cualquier medio del lugar de extrema vulnerabilidad en el que me había sentido toda la vida.
¿Qué nos inhibe de mostrarnos cómo somos, el temor a ser juzgados? ¿Qué tan lejos podemos llegar para tapar lo que nos deja expuestos?
Con tristeza tengo que reconocer que incluso en casa aparentábamos no ser quienes éramos, cuando probablemente nos parecíamos bastante. Pasamos todo nuestro matrimonio sin poder vernos como somos. Nos escondimos del otro creyendo que la persona que teníamos al lado nunca podría entendernos, o peor aún, que huiría si nos conocía de verdad.
¿Cómo no íbamos a separarnos si vivimos tanto tiempo juntos sintiéndonos tan solos? Compartimos la intimidad durante décadas, siendo dos perfectos desconocidos.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli










