
Este 25 de mayo, al cumplirse 216 años del primer grito de libertad de 1810, la fecha invita a reflexionar sobre el sentido de la independencia en el siglo XXI. Es ocasión para reconocer a quienes sostienen el pensamiento crítico y rendir homenaje a los camaradas que dejaron su huella en el Atlántico Sur.
En un orden global signado por superpotencias, las naciones deben movilizarse: detenerse es morir.
El siglo XXI se rige por la sofisticación doctrinaria y la “ambigüedad estratégica”, marcos donde los actores globales evitan la confrontación directa mediante grises jurídicos, los países “periféricos” se mantienen expectantes.
Esta parálisis intelectual tiene un costo directo sobre el territorio. La respuesta no surgirá desde lo discursivo, sino de comprender las lecciones de todo tipo, algunas de ellas provenientes desde las FFAA. Mientras parte de la sociedad caía en la “desmalvinización”, en los cuarteles se mantuvo encendido el fuego de la gesta. En Malvinas se peleó con honor; una dignidad que no se gestiona en escritorios, sino en el campo de batalla y hasta en la diplomacia militar, en el terreno.
Memoria militar y diplomacia
En el invierno de 2003, en los Balcanes, una compañía argentina de la “Kosovo Force” de la OTAN decidió conmemorar el 2 de abril invitando a jefes británicos. El gesto de respeto entre combatientes derivó en la visita del Brigadier General Jonathan Shaw, veterano de Monte Longdon. Recibido con Bandera de Guerra desplegada, compartió un asado con soldados argentinos y, junto a un suboficial VGM argentino, trazó en una servilleta los movimientos de aquel combate donde se enfrentaron. Ese reencuentro selló un puente de respeto que la diplomacia aún no logra replicar.
Una semana después, Shaw envió una carta de valor histórico implacable al jefe argentino: “…me alegro de que ambos erráramos los tiros para ahora compartir recuerdos como amigos… Ver las fotos de tu familia me devolvió a la realidad y me recordó la esquizofrenia que debemos adoptar para sobrevivir…”. Aquel jefe enemigo, cuya sección sufrió un 30% de bajas en Monte Longdon, ratificaba que en Malvinas se combatió con un profesionalismo que algunos intentaron sepultar bajo el olvido.
Propuesta superadora
Si quienes se enfrentaron en el campo de batalla edifican puentes de respeto, la diplomacia no tiene excusas para la intransigencia. Ese espíritu permite rescatar la tesis del VGM Alejandro Diego, un proyecto superador basado en un modelo de soberanía compartida con banderas de ambas naciones e isleños; el estatus de provincia autónoma para las islas; el reconocimiento de derechos y representación en el Congreso argentino para los habitantes; como garante: EEUU.
La crítica al garante estriba en que Washington, aliado histórico de Londres, podría a través del tiempo, no ser tan neutral; por ello, deben sumarse actores regionales como Brasil o Perú. Estas co-garantías aplican la teoría de juegos: elevar el costo de la intransigencia de Londres hasta que aceptar la co-gestión sea la opción más viable.
La inclusión de Brasil aportaría una diplomacia sofisticada. Itamaraty posee una tradición negociadora que es un activo estratégico para dotar al tratado de legitimidad continental irreversible. Por su parte, si la opción fuera Perú, se respetaría la justicia histórica y la lealtad geopolítica inquebrantable que tiene Lima desde 1982, confiriendo confianza mutua e idoneidad doctrinaria.
Ventajas y riesgos
Dentro de la “Guerra Híbrida Total (GHT)” en ciernes, la irrupción de sensores, inteligencia artificial y drones consolida la “masa letal asequible”. Al democratizarse la disuasión con tecnologías de bajo costo y alta destrucción capaces de saturar defensas multimillonarias, sostener la base de Mount Pleasant se vuelve para el Reino Unido un sinsentido logístico y financiero.
Un acuerdo de soberanía compartida ofrecería beneficios claros: para Argentina, significaría abrir nuevas oportunidades económicas en pesca, hidrocarburos y turismo, reducir la presión militar británica en el Atlántico Sur, mejorar su posición internacional con mayor credibilidad y proyectar liderazgo regional mostrando madurez estratégica. Para el Gran Bretaña, implicaría menores costos logísticos y militares y la posibilidad de transformar un conflicto congelado en cooperación estable. Para los isleños, traería más autonomía, representación política y acceso a infraestructura continental, además de romper el aislamiento y ampliar oportunidades sociales y económicas. En conjunto, sería una plataforma de desarrollo, integración y estabilidad.
Sin embargo, también existen riesgos comunes: resistencia política interna en cada parte, temor a pérdida de identidad o soberanía y la incertidumbre de una transición hacia la co-gestión con garantes externos. Estos desafíos solo pueden superarse con gradualidad, legitimidad popular y diplomacia madura.
Superar la visión binaria
El verdadero obstáculo no reside solo en Londres, sino en una enquistada visión binaria del “todo o nada”, que congela el conflicto. Superarlo exige madurez estratégica. El plan del VGM Alejandro Diego, presentado en la Universidad de Manchester, incluye un referéndum inspirado en el plebiscito de 1984 por el Canal del Beagle. Pese al rechazo de sectores rígidos (algunos la calificaron de “rendición definitiva”), la propuesta instala un debate ineludible. Rectificar la estrategia tras dos siglos demuestra que la soberanía moderna se defiende blindando territorio y proyectando soluciones audaces en el tablero internacional. Con ello, Argentina asumirá su verdadera responsabilidad austral.










