Nada es tan simple, el ciclo de charlas entre Pilar Sordo y Luis Novaresio: “¿Desafiamos realmente los mandatos?»

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La pregunta llegó sin rodeos: ¿desafiamos los mandatos y somos más libres? La psicóloga chilena Pilar Sordo tardó menos de un segundo en responder. “No”, dijo. Y ahí empezó todo.

La conversación entre Sordo y el periodista Luis Novaresio, se da en el marco de la sección Nada es tan simple de Infobae. No fue un intercambio de certezas sino de preguntas que se acumulan sin resolverse. Dos personas de la misma generación, los dos primeros universitarios de sus familias, los dos con un problema confeso con el “no”, revisando en voz alta si la supuesta emancipación de las últimas décadas fue real o fue otro disfraz.

Los mandatos que reemplazaron a los mandatos

Sordo no niega que hubo cambios. Reconoce que ciertas transformaciones culturales aportaron flexibilidad, diversidad, aceptación. Pero pone el acento en lo que vino después: “Hemos ido cambiando los mandatos por otros y estamos atrapados en otros que no están aportando demasiado a la paz o al encuentro conmigo mismo o con los demás”.

Llegó el episodio cuatro de Nada es tan simple, con Pilar Sordo y Luis Novaresio

El ejemplo que elige es el de la edad. El mandato de la juventud eterna, dice, pesa hoy más que cualquier otro, y recae con fuerza particular sobre las mujeres. Cada vez que Sordo menciona que tiene 60 años, la reacción es siempre la misma, en cualquier país: “No se te nota nada”. Ella se pregunta en voz alta si eso es un elogio o una condena. “Yo me quiero ver de sesenta”, dice.

Novaresio suma su propia anécdota. Mirtha Legrand, con 99 años, le repite cada vez que va a su programa que si se sacara la barba canosa parecería más joven. “¿Por qué no me quiero parecer más joven?”, se pregunta él, y en la pregunta está toda la paradoja.

La abuela de Sordo, concluye ella, tuvo más libertad para envejecer de la que tiene ella hoy. También más libertad para comer sin culpa, para equivocarse sin que nadie se lo señalara. “Se murió sin saber lo que era una proteína y comió de todo”. A cambio, tuvo menos libertad para decidir si quería trabajar fuera de casa. El intercambio existió. La pregunta es si el saldo es positivo.

Los desafíos existenciales del ser humano, agrega Pilar Sordo, “desde Sócrates hasta hoy siguen siendo exactamente los mismos”.

La generación que entró al estadio por el placer

Novaresio introduce a los millennials como caso de estudio. La narrativa sobre ellos es conocida: no se aferran a un trabajo, rotan, no priorizan la paternidad ni la maternidad, desafían los mandatos de sus padres. Sordo no lo acepta. “No me la compro, pero ni en cuotas”.

Su argumento es geométrico. Ella y Novaresio hicieron el recorrido de una manera: primero el deber, después el placer, que fue apareciendo con los años. Los millennials entran al estadio por el placer. Pero el estadio, dice Sordo, es el mismo para todos. “Al final la vuelta al estadio es la misma, independientemente por qué puerta entres”. En algún momento, el deber se aparece. “Tienen que pagar la cuenta del agua”.

Los desafíos existenciales del ser humano, agrega, “desde Sócrates hasta hoy siguen siendo exactamente los mismos”. Los duelos, el daño causado y recibido, los éxitos y los fracasos con las definiciones que cada uno quiera darles. La puerta de entrada varía. El recorrido, en lo esencial, no.

Sordo lo confirma sin dudar. Hay quienes hacen las cosas por oposición, no por elección

La libertad que también es un mandato

Novaresio formula entonces la paradoja central de la conversación: “La aparente libertad no deja de ser un mandato de ser libre, incluso contra mi voluntad”. Quiero casarme, dice, pero no lo voy a hacer porque el mandato invisible me obliga a no hacerlo, aunque eso parezca un acto de libertad.

Sordo lo confirma sin dudar. Hay quienes hacen las cosas por oposición, no por elección. Si la decisión nace de una emoción enquistada, rabiosa, revanchista o herida, “toda tu partida ya partió mal”. No hay libertad en eso. Hay otro mandato, disfrazado.

La canción que cita Novaresio es Como nuestros padres, de Elis Regina. La letra, reconstruida de memoria, dice algo así: peleamos, anduvimos, y al final me reconozco a nuestra edad como nuestros padres. La pregunta que deja flotando es incómoda: ¿hice bien en dar toda esa vuelta creyendo que era más libre, si volví al mismo punto?

Novaresio formula entonces la paradoja central de la conversación: “La aparente libertad no deja de ser un mandato de ser libre, incluso contra mi voluntad” (Gustavo Gavotti)

El efecto Rosalía y el retorno de lo trascendente

Sordo observa en el presente una búsqueda de sentido que le recuerda a Viktor Frankl, el psiquiatra austriaco que construyó su teoría sobre el significado de la vida a partir de su experiencia en los campos de concentración nazis. “Hubiera estado en su salsa en este momento”, dice.

Esa búsqueda, para ella, explica también el resurgimiento de la espiritualidad. No necesariamente religiosa, sino algo más difuso y más amplio. Lo llama “el efecto Rosalía”: volver a mencionar a Dios sin culpa, ponerlo en la conversación pública sin el peso del dogma. Menciona una imagen concreta: decenas de miles de personas en la Plaza de Mayo siguiendo a un sacerdote que funciona como DJ, en un homenaje al papa Francisco que tuvo algo de gospel y algo de celebración colectiva.

“Está todo tan desquiciado, tan banal, que necesitamos de cosas trascendentes”, dice. Y aclara la diferencia que le parece central: el ser humano necesita certezas, pero las certezas no son lo mismo que los mandatos.

Lo que sigue siendo, a su juicio, terreno sin renovar es el lugar de la mujer en las estructuras religiosas. “Los mandatos siguen funcionando y seguimos sin aparecer en el liderazgo eclesiástico en toda su magnitud y casi en todas las religiones”.

“Está todo tan desquiciado, tan banal, que necesitamos de cosas trascendentes”, dice Pilar Sordo

El propósito épico como nuevo yugo

Sordo tiene un blanco claro cuando habla de los nuevos mandatos: la industria del propósito de vida. La presión cultural —amplificada desde el coaching y la autoayuda— de que cada persona debe descubrir una misión lo suficientemente grande, lo suficientemente épica. “Como andar salvando elefantes en África”.

Novaresio usa exactamente esa palabra: épico.

Sordo propone otra escala. El propósito puede ser educar a los hijos, estar bien con los padres, ir a trabajar, volver a casa, preparar medialunas. “Vivir es un tremendo propósito”. Y agrega que el propósito puede cambiar: el que uno tenía a los 30 años no tiene por qué ser el mismo que a los 60, o puede ser el mismo con otro volumen y otro colorido.

Novaresio suma una capa más: el problema de la contradicción interna. Uno puede tener un propósito como periodista que choca con su propósito como esposo o como jardinero. Sordo no lo ve como un problema sino como una condición. “Tener conciencia de que hay varios yo ahí dando vueltas que se contraponen en sus deseos” es parte de la vitalidad del autoconocimiento. El que queda congelado en un momento volverá a pedir turno después.

La complacencia como inhibidor mayor

La conversación llega a lo que Sordo llama el inhibidor de la libertad más grande, quizás mayor que el mandato mismo: la complacencia. Los 28 años que lleva acompañando personas en el proceso de morir le dieron una estadística informal pero contundente. Las dos cosas que más escucha antes de que alguien entre en sopor o pierda la conciencia son el arrepentimiento y la variante positiva del mismo: “Me hubiera gustado haber hecho más lo que yo quería y no lo que los otros esperaban de mí”.

Novaresio reconoce el mismo patrón en sí mismo. Cita una frase de Jorge Lanata que le quedó de una entrevista: “Cuando más yo fui, más feliz fui”. Y agrega su propia conclusión, llegada después de seis décadas: el valor lo da más la cantidad de noes que uno dice que la cantidad de síes.

Sordo lo interrumpe con afecto: “Tampoco lo haces tan bien ahora”. Él acepta. “No, claro, falta”. Los dos admiten que el problema con el no es compartido, que la conversación no los absuelve.

Sordo cierra el argumento con una observación que tiene la precisión de un teorema: “Aquellos que se enojan con tus no son los mismos que se benefician con tus sí”. Poner un límite molesta a quienes se beneficiaban cuando no existía. Y no ponerlo tiene un costo que se paga en identidad. “Si no quedas en una ambigüedad donde siempre el desdibujarte para el otro te hace perderte”.

Novaresio lo resume en una palabra: “Te niega”.

Sordo prefiere otra: “Te disminuye”.