El debut en el Mundial ‘82, un gran Vilas y Rosario Central campeón: qué pasaba en el deporte argentino en las otras visitas papales

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Vanderbergh quebró el achique de la defensa argentina y superó a Fillol con un remate cruzado. Fue el único gol de la noche del 13 de junio de 1982. Comenzaba un camino complejo para la selección en el Mundial

Otra vez la conmoción. Nuevamente la sensación única de estar ante un acontecimiento extraordinario, que hermana a una sociedad, más allá de los credos. La visita del papa León XIV nos moviliza a todos. Ésta será la tercera ocasión en que un Sumo Pontífice pise el suelo argentino. Las anteriores, protagonizadas por Juan Pablo II, fueron con diferencia de apenas cinco años, y en momentos distintos de nuestro país. La primera, cuando se acercaba el fin de la guerra de Malvinas y la segunda, en abril de 1987, en el momento que disfrutamos de los primeros años de la recuperada democracia. Vamos a recorrer aquellos tiempos, pero para saber qué pasaba con el deporte argentino, en una década plena de grandes figuras, en el plano local e internacional.

El Papa en Argentina. A uno lo asaltan las memorias de la infancia, con apenas 9 años, y esa inmensa expectativa que se había generado hacia mediados de aquel ‘82 que nos dejó tantos elementos para la evocación. Fue una visita fuera de agenda. Juan Pablo II ya tenía programado con antelación su viaje a Gran Bretaña, pero al iniciarse el conflicto bélico, buscó la manera de estar en ambos países con poco tiempo de diferencia.

El lamento de Maradona, en su debut en los Mundiales, demuestra la impotencia de Argentina. Bélgica ya estaba ganando 1-0 en el partido inaugural, el que sería el resultado final

A las 9:02 del viernes 11 de junio arribó al aeropuerto de Ezeiza y cumplió con el ritual que había instaurado desde que comenzó su papado: cada vez que llegaba a un país, lo primero que hacía al descender de la escalerilla del avión, era besar el suelo, como muestra de agradecimiento. Mucho se hablaba en los medios y en las canciones, que incluso nos hicieron aprender en el colegio, sobre que era el mensajero de la paz, en medio de esa guerra que ya llevaba dos meses y nadie pensaba que estaba a punto de concluir de manera tan dolorosa.

Ese 1982 fue un año bisagra para el deporte argentino. Fue el del gran fracaso en el Mundial de España, el del retiro de Carlos Alberto Reutemann de la Fórmula 1 y la segunda juventud de Guillermo Vilas, quien volvió a encaramarse entre los mejores del mundo. La crisis económica, que se había desatado el año anterior, hizo su definitiva eclosión, abriendo las puertas para un éxodo masivo de los mejores futbolistas, a quienes disfrutamos cada domingo. Tras la Copa del Mundo, se fueron a Europa: Diego Maradona, Daniel Passarella, Ramón Díaz, Mario Kempes, Juan Barbas y Patricio Hernández, entre otros.

Juan Pablo II junto al dictador Leopoldo Fortunato Galtieri. Fue la primera visita de un papa a la Argentina, en plena guerra de Malvinas

El año había comenzado con la inesperada continuidad de Reutemann en Williams, luego de la desilusión por la pérdida del título mundial por apenas un punto la temporada anterior, donde el equipo le brindó poco apoyo. En la primera competencia, Lole sorprendió con un segundo puesto en el Gran Premio de Sudáfrica. Era poco probable porque su auto carecía del motor turbo, como la mayoría de las escuderías, pero gracias a su capacidad, fue el escolta de Alain Prost, en el que fue el último podio de un piloto argentino en la Fórmula 1.

Para el domingo 7 de marzo estaba pautada la segunda competencia de la temporada, en el circuito de Buenos Aires, que ya era un clásico en el calendario de la máxima categoría. Sin embargo, los problemas económicos llevaron a su cancelación. Fue un desencanto, pero no tan grande como el que viviríamos un par de semanas más tarde. Luego de su abandono en la carrera de Brasil, Lole Reutemann anunció su retiro. No solo se iba un deportista extraordinario y un ídolo para varios miles, sino que todos sentimos algo que se confirmó con el paso de los años: dejó un vacío imposible de llenar. De algún modo, varias décadas más tarde, lo está logrando Franco Colapinto.

El fútbol local tuvo un muy buen arranque de temporada, con la tradicional Copa de Oro de Mar del Plata. Fue un cuadrangular lleno de figuras, donde River se consagró campeón ganándole a Boca en la fecha final por 1-0 con gol de Ramón Díaz. Como una semana más tarde, los hombres convocados por César Luis Menotti debían concentrarse en la Villa Marista de esa ciudad para iniciar la preparación para el Mundial sin poder jugar en sus equipos, ese Superclásico marcó varias despedidas. Fue el cierre del primer ciclo de Maradona en Boca y de Daniel Passarella y Ramón Díaz en River.

Todo el esfuerzo pintado en la cara de Guillermo Vilas. Era el gran candidato para ganar nuevamente Roland Garros en 1982, luego de comienzo de año excepcional, pero cayó en la final ante Mats Wilander, que solo tenía 17 años

En ese primer semestre del ‘82, vimos con agradable sorpresa y renovada admiración, como Guillermo Vilas volvía a lo máximo del tenis mundial a punto de cumplir 30 años. Ganó cinco torneos, dos de ellos en cancha rápida, que no era la superficie que mejor se adaptaba a su juego y se mostró como el mejor del mundo sobre polvo de ladrillo, quedándose con el certamen de Madrid y el tradicional Abierto de Montecarlo. Éste tuvo dos componentes extras: en la semifinal, superó a José Luis Clerc y ambos se formaron frente a la bandera argentina, a una semana del inicio de la guerra de Malvinas. El otro elemento, por fuera de las canchas, fue el inicio de su romance con la Princesa Carolina, que nos hizo sentir parte del jet set.

Su sueño era volver a levantar el trofeo de Roland Garros. Con un estado impecable, fue demoliendo adversarios hasta llegar a la final. Allí lo esperaba un joven de apenas 17 años. Todos pensaban que Vilas volvería a reinar en París como en 1977. Pero ese muchacho sueco, llamado Mats Wilander, con infinita paciencia, lo superó. La revista El Gráfico fue muy certera en el título de su crónica: “Sólo una nueva estrella podía iluminar más que su pasión”.

Cuando llegó el Papa, el campeonato Nacional estaba ya en instancias definitorias. Fue un torneo atípico, con un detalle saliente: fue el único en la historia del fútbol argentino donde ninguno de los equipos grandes atravesó la fase de grupos. Ese fin de semana se disputaron las semifinales, donde Ferro avanzó al partido decisivo al empatar 4-4 con Talleres en Córdoba (había ganado la ida 4-0 en Caballito) y Quilmes hizo lo propio dejando en el camino al Estudiantes de Carlos Bilardo. En la final, el cuadro de Carlos Griguol conseguiría el primer título de su historia en forma invicta, con un equipo inolvidable.

Oscar Ruggeri y Jorge Comas disputan la pelota en la noche del lunes 13 de abril de 1987. El Superclásico se jugó al día siguiente del final del viaje de Juan Pablo II

Aquel domingo 13 de junio, las semifinales se disputaron a las 11 de la mañana, porque en horas de la tarde, comenzaba el Mundial de España, con Argentina como protagonista. Como campeón defensor, disputó el partido inaugural. Toda la ilusión de ver a ese equipo, con el debut de Maradona en las Copas del Mundo, se transformó en desánimo por una opaca actuación con derrota ante Bélgica por 1-0, que condicionó su andar en el resto del torneo.

En 1987 casi todo había cambiado. Ya no había gobierno militar y respirábamos el renovado aire de la libertad con la democracia. Sin embargo, a los pocos días que el Papa abandonó el país, en la semana santa, se produjo el primer levantamiento militar encabezado por Los Carapintadas, que tuvo en vilo a la sociedad durante cuatro jornadas, donde las instituciones estuvieron en peligro, hasta que Raúl Alfonsín pronunció su histórico “Felices Pascuas” desde el balcón de la casa de gobierno.

Juan Pablo segundo llegó el lunes 6 de abril, nuevamente con gran júbilo popular, que lo acompañó en cada recorrido, en un periplo que recorrió varias provincias. Se despidió de todos los argentinos el domingo 12, por lo que la fecha del torneo de primera división, se pasó en su totalidad al lunes por la noche.

La tapa de El Gráfico anunciaba las polémicas de un Superclásico caliente. Boca dejó un punto clave esa noche en el Monumental. También está la referencia a Central como único puntero. Tres semanas más tarde, sería el campeón

Pero no era una jornada más. Apenas quedaban tres para concluir uno de los mejores y más recordados torneos de la era contemporánea del fútbol argentino, que había comenzado en julio del ‘86, aún con los ecos de la maravillosa consagración en el Mundial de México. Fue una época extraordinaria, donde River logró la primera Copa Libertadores de su historia y, dos meses más tarde, la Intercontinental en Tokio.

Muy buenos equipos y grandes jugadores fueron animando la competición, donde varios cuadros se fueron sucediendo en la cima de las posiciones. En el mes de enero, el ambiente se sacudió con la llegada de Menotti como entrenador de Boca, produciendo una verdadera conmoción, llevando al equipo del 14° puesto al primero. Allí estaba instalado, junto a Rosario Central, cuando se produjo el arribo del Papa. En la noche del lunes 13 de abril, en un recordado partido por el polémico arbitraje de Francisco Lamolina, empató 1-1 con River en el Monumental, dejando en el camino un punto que sería fatal. A principios de mayo, el elenco rosarino se consagró campeón, siendo el único hasta este momento en hacerlo en la temporada siguiente a conseguir el ascenso.

Juan Pablo II celebró en 1987 una multitudinaria misa en la Avenida 9 de Julio

En el tenis, Gabriela Sabatini estaba iniciando su tercer año en el más alto nivel, al tiempo que el equipo de Copa Davis había perdido, el mes anterior, un match increíble contra la India como visitante sobre el siempre complejo césped. Con la serie 2-1, Martín Jaite tuvo match point ante Amritraj para cerrar la historia, pero se le escapó, y terminó perdiendo al igual que De la Peña a continuación, en una dura derrota, en el marco de la increíble travesía que significó para esa delegación el viaje a Nueva Delhi.

Han pasado 38 años. Que en Argentina son como el doble o el triple que en cualquier otro país. Y dentro de nuestro ADN tan particular, está en los primeros lugares, la pasión. Esa que nos mueve a seguir a la selección, a nuestro equipo o a un deportista en cualquier parte del mundo. La misma que junto a la devoción y la fe, llevará a millones de personas a seguir al Papa en su recorrida por nuestro país.