Único e irrepetible. De esos partidos tocados por la varita mágica del tiempo para alojarse eternamente en la mente y el corazón. Como también lo fue la final de Qatar 2022. Esa clase de encuentros que uno siempre va a recordar dónde y con quién estaba. Y que nos sacarán por siempre una sonrisa y una lágrima. Argentina e Inglaterra por los cuartos de final del Mundial de México ‘86 tenía todos los condimentos. Como si la mano de un escritor fértil e inspirado, lo hubiese tramado con lujo de detalles. En medio de ese combo apasionante, una actuación extraordinaria. Un Diego Armando Maradona que minuto a minuto iba superándose a sí mismo, hasta elaborar su obra máxima.
El partido con Inglaterra. El que muchos soñaban, borroneando los límites del fútbol. No hay que mezclar, suelen sentenciar los sabiondos. Pero aquella vez sí. El sentimiento estaba a flor de piel, aún las heridas lacerantes, ardían desde cuatro años antes. Como tan bien resumió Víctor Hugo Morales, luego de su extraordinario relato, el mejor de su admirable carrera, cuando llegó el pitazo final: “Argentina le ha ganado a Inglaterra. Y lo voy a decir una sola vez y que Dios me perdone, porque no es un golpe bajo: por todos los pibes que no pueden gritar esta victoria”.

Siguiendo la línea de los medios, aquella debe haber sido la actuación individual menos discutible de la historia para poner un puntaje. Sin embargo, hubo dos publicaciones en nuestro país que no le colocaron un 10 a Maradona. Para el diario “Tiempo Argentino” jugó apenas para 8, mientras que la revista “Sólo Fútbol”, no tuvo dudas en ponerle 11…
La previa tuvo muchos matices. Argentina contaba con la ventaja de dos días más de descanso, porque había eliminado a Uruguay el lunes 16, mientras que Inglaterra dejó en el camino a Paraguay 3-0 el miércoles 18. Bilardo tenía que hacer una modificación obligada, ya que Oscar Garré estaba suspendido por acumulación de amarillas y no había dudas que su lugar sería ocupado por el Vasco Olarticoechea, en la novedosa posición de lateral – volante por la izquierda.
Cuando llegó la noticia que Argentina debía vestir casaca alternativa, comenzó la novela. El doctor había quedado disconforme con las azules utilizadas ante Uruguay, porque carecían del moderno sistema air tech, con pequeños agujeros, que sí tenía la celeste y blanca titular. Portando una tijera, intentó hacerlo rústicamente sobre las suplentes, con un resultado tan esperado como espantoso: quedaron inutilizadas.

El utilero Tito Benrós y el administrativo de AFA, Rubén Moschella, recorrieron contrarreloj los negocios del centro de la capital mexicana en busca del tesoro. La tarea fue agotadora, pero consiguieron dos juegos azules, con el isologo de Le Coq Sportif. Uno de ellos fue rápidamente desechado por el entrenador, porque era muy similar al que ya tenían, mientras que el otro era más liviano y brilloso. “No, tienen que ser caladas”, respondía el Narigón. Hasta que el azar se apiadó de esos dos hombres exhaustos, cuando Maradona pasó justo por allí y le dijo el DT: “Que linda camiseta, Carlos”. Éste no dudó y dijo: “Es esta”, dando inicio a la leyenda.
Además del cambio obligado de Olarticoechea por Garré, el entrenador hizo otra variante que cambiaría tácticamente al equipo y resultó ser un acierto: Héctor Enrique por Pedro Pasculli. La formación que inició el match frente a los ingleses sería la misma que lo haría ante Bélgica en la semifinal y con Alemania en la final.
El Tata Brown recordaba cómo fueron los instantes previos: “Antes del partido, nosotros jamás tuvimos una declaración, nada de nada, pero interiormente sí. Yo siempre digo lo mismo: hay que estar en ese momento en el túnel, con la gente de Inglaterra a la derecha, en el medio los árbitros y a la izquierda el grupo argentino, Y Diego, que cuando íbamos caminando nos decía: ‘Vamos, eh, vamos que estos capaz nos mataron a un vecino o un familiar’. Entonces llegás a la mitad de la cancha, escuchás el himno y yo, por ejemplo, me pongo el cuchillo entre los dientes. Por eso se festejó tanto”.

Mientras la transmisión de televisión nos traía imágenes con los equipos en el campo de juego, seguramente no reparamos en los suplentes de Inglaterra. Allí estaba Barnes con el número 19, desconocido para la mayoría de nosotros y que nos haría sufrir muchísimo una hora y media más tarde. En ese momento, antes de iniciar su incomparable relato por radio Argentina, Víctor Hugo tuvo una apreciación acertada sobre el juez: “Alí Bennaceur de Túnez, no puede ser el árbitro de un partido de esta naturaleza. No puede tener este hombre toda la experiencia y toda la capacidad que se necesitan”.
Argentina comenzó mejor, siendo el dominador, luego de unos primeros minutos de estudio, donde las dos primeras intervenciones que tuvo Maradona, terminaron con una infracción en su contra. Ya a los 8 trazó su primera pincelada: apareció por el sector derecho, la durmió en el pecho, enganchó hacia adentro dejando dos rivales por el camino, hasta que Fenwick le cometió una nueva falta y se ganó la amarilla. La única aproximación de Inglaterra en ese primer tiempo fue a partir de un error argentino, cuando Nery Pumpido quiso salir a rechazar al borde del área grande, patinó y Beardsley remató con poco ángulo y la pelota se estrelló en la parte externa de la red.

Según dijo Bilardo en su autobiografía, ese fue el primer partido donde pudo plasmar la táctica con la que venía soñando: 3 – 5 – 2. Brown como eficiente líbero, Ruggeri implacable stopper sobre el goleador Lineker y Cuciuffo haciendo lo propio con Beardsley, Batista bien plantando como volante central, con Giusti y Olarticoechea a sus costados como laterales volantes. De allí en adelante, los restantes cuatro hombres, sin posiciones fijas y desorientando al rival. El ingreso de Enrique ayudó en la recuperación de la pelota y liberó a Diego para actuar más arriba.
A los 32, un tiro libre de Maradona, desde su posición favorita, salió al lado del poste izquierdo de Peter Shilton. Y dos minutos más tarde, se produjo una situación risueña, que hizo desacartonar la tensión con la que se vivía el cotejo. Diego fue a patear un tiro de esquina, pero como no tenía espacio para tomar carrera por la gran cantidad de fotógrafos, sacó el poste del banderín del córner. El juez de línea, Benny Ulloa, le indicó que debía colocarlo en su lugar. Así lo hizo, volviéndolo a clavar. Pero le señaló que aún faltaba el banderín. El capitán lo apoyó sobre la punta, cosa que no dejó satisfecho el hombre de negro, que le pidió que lo colocara en forma correcta. Finalmente, el 10 lo dejó como estaba, ante la ovación del público.

Con una Argentina dominante y una Inglaterra desconcertada, se cerró el primer tiempo. Nadie podía presentir que se estaba en la antesala de 45 minutos históricos, cambiantes y con un frenesí inolvidable. Apenas iniciado, Víctor Hugo señaló que había incidentes en las tribunas entre hinchas de ambos países. Raúl Gámez, quien participó de aquella pelea, así nos lo recordó: “Todo se inició por una discusión muy simple, por una banderita. Se acercaron desafiantes unos ingleses, que querían ocupar un lugar que era para los argentinos. Comenzaron los forcejeos, hasta que me perdí mentalmente, pero logramos conseguir el espacio para nuestra gente. Yo soy de la idea que los hinchas ingleses son buena gente, trabajan y estudian de manera normal. Nosotros estamos confundidos, y más en ese momento, con el tema de Malvinas. Ellos son peligrosos cuando toman de más, porque ahí son capaces de cualquier cosa. Di y recibí bastante, porque nos agarramos varias veces. Incluso a la salida me estaban esperando los muchachos (risas). A veces me pone mal cuando me lo recuerdan, sobre todo por mis nietos”.
Pero en el campo de juego, comenzaba a gestarse el primer gol, uno de los más polémicos de la historia de los Mundiales. La ya legendaria “Mano de Dios”, con la que Diego impactó, superando la salida de Peter Shilton. Resulta increíble que el juez de línea, perfectamente ubicado, no lo haya percibido, ni tampoco el árbitro tunecino que lo convalidó. Lo cierto es que nuestro país explotó por primera vez en aquella soleada y fría tarde de domingo.
Desde el momento que Maradona la tocó con la mano hasta que tomó contacto con la pelota en el pase de Enrique para iniciar la obra maestra, pasaron exactamente 3 minutos y 40 segundos. No nos habíamos repuesto del festejo, que primero tuvo la lógica pátina de incredulidad, porque todos vimos la mano, y llegó ese instante supremo. Tiempos sin delay, donde la mayoría silenciamos la tele y poníamos la radio. Víctor Hugo lo fue acompañando. Sus palabras corrían a la par que el genio dejaba ingleses en el camino: “Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Siempre Maradona. Genio, genio, genio. Tocó gol”. Y allí su grito, que se unió al nuestro en cada punto de la geografía nacional. Donde no supimos qué hacer. Algunos se quedaron extasiados frente a la pantalla, siguiéndolo en su carrera rumbo al banderín del córner. Otros lloraron como el relator o se abrazaron hasta el infinito con quienes tenían al lado. En mi caso, con la suerte enorme de hacerlo con mis adorados abuelos maternos, amantes de todos los deportes y a quienes tanto les debo.

Las cámaras mostraban al doctor Bilardo dando indicaciones, como si el gol hubiese sido algo natural. No quería que el equipo se desordenase. Se había producido un hecho fantástico y sin precedentes, como para decretar el final, pero el partido debía seguir. Argentina estaba en estado de gracia, con una enorme lucidez, sabiendo cada futbolista lo que tenía que hacer y con el as de espadas más afilado que nunca. Pero Inglaterra no claudicó y se fue para adelante en busca del descuento. El primer aviso fue un muy buen tiro libre de Waddle que Pumpido, en uno de sus mejores intervenciones del torneo, mandó al córner.
A falta de 16 minutos, el técnico inglés mandó a la cancha a Barnes, para actuar como puntero, bien abierto a la izquierda, en el mismo lugar donde Rubén Paz había hecho estragos seis días antes. Y en la primera ocasión que tuvo, eludió a Enrique y a Giusti, llegó al fondo y mandó un centro preciso que aterrizó en la cabeza del temible Lineker, que por primera vez en la tarde le ganó a Ruggeri para colocar el 1-2. Pero ese equipo argentino no se amedrentaba ante ninguna adversidad. Sacó del medio y entre Maradona y Tapia, que había ingresado por Burruchaga, armaron una hermosa doble pared que concluyó con un violento derechazo del volante de Boca que fue devuelto por la base del palo, en una injusticia más grande que el estadio Azteca.
Inglaterra seguía atacando por la izquierda. En su autobiografía, el doctor Bilardo hizo una autocrítica: “En el banco todos los suplentes me decían: ‘Carlos, perdemos, saque a Giusti’. Lo veía hasta un ciego. El cambio era cantado: Clausen, que era marcador de punta por el Gringo. No lo quise hacer, estuve mal, porque era una variante cantada”. Y nuevamente Barnes la recibió en esa zona y sacó otro centro impecable. Cayó en la boca del arco con Pumpido superado. Era gol, pero el Vasco Olarticoechea se vistió de héroe y así nos los evocó: “Sobre el final se dio esa jugada que bautizaron ‘La nuca de Dios’ (risas), porque me tiré de palomita contra nuestro arco y con la nuca la pude sacar ante la presencia de Lineker, que estaba listo para empatarnos. Por suerte lo anticipé y llegué antes, porque estaba calcada a la jugada del gol de ellos”.
Fue la última zozobra. Del mismo modo que contra Uruguay, un partido para ganar cómodo, se convertía en un sufrimiento tremendo. Llegó el final y se desató un festejo inmenso, allá y acá, porque la gente por primera vez en ese Mundial, salió a las calles. Argentina estaba entre los cuatro primeros. Maradona se probaba la corona y el trono. No necesitaba salir campeón para demostrar que era el mejor del planeta. Ya había dejado un legado irrefutable: el más grandioso gol de todos los tiempos.
Próximo episodio: Bélgica
Fecha: 25 de junio
Locación: Estadio Azteca










