El poder detrás del fútbol: cómo los Mundiales se convirtieron en una herramienta geopolítica

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Durante décadas, los Mundiales fueron vistos como el mayor espectáculo deportivo del planeta. Sin embargo, detrás de cada sede elegida, de cada inversión multimillonaria y de cada imagen que recorre el mundo también se libra otra competencia: la de los Estados que buscan proyectar influencia, fortalecer su posición internacional y construir poder a través del fútbol.

Esa fue la tesis que desarrolló Tomás Trapé en Infobae a la Tarde. En diálogo con Manu Jove, Maia Jastreblansky y Paula Guardia Bourdin, explicó por qué el deporte más popular del planeta dejó de ser solamente un fenómeno cultural para transformarse en una herramienta central de la geopolítica contemporánea.

“La primera pregunta que hay que hacerse es por qué el fútbol”, planteó Trapé. Y la respuesta, explicó, está en una escala que ningún otro deporte alcanza. “Es el único deporte distribuido en todos los continentes, realmente global. Tiene algo así como 3.500 millones de seguidores y más de 250 millones de jugadores afiliados en 200 países”. La comparación, sostuvo, permite dimensionar el fenómeno: “Si el fútbol fuera un país, sería dos veces más grande que México. Y si sumamos a los fanáticos, casi media humanidad tiene vínculo con el fútbol”.

Estados Unidos busca reforzar su liderazgo con el Mundial 2026 e incorporar al fútbol a su ecosistema de entretenimiento, derechos audiovisuales y apuestas deportivas (AP Foto/Julia Demaree Nikhinson)

Ese alcance extraordinario convierte al fútbol en una plataforma de influencia que trasciende ampliamente el deporte. “El fútbol es el mayor circo del mundo”, resumió Trapé, antes de señalar que esa capacidad de captar la atención de miles de millones de personas explica por qué los gobiernos comenzaron a incorporarlo dentro de sus estrategias internacionales.

El FIFA Gate, el escándalo que cambió las reglas del juego

Para comprender el lugar que hoy ocupa el fútbol en la política mundial, Trapé ubicó un punto de quiebre muy preciso: el FIFA Gate.

La investigación impulsada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, que en mayo de 2015 terminó con la detención de varios dirigentes de la FIFA en un hotel de Zúrich, no solo destapó una trama de sobornos, lavado de dinero y corrupción que se había extendido durante más de dos décadas. También alteró la forma en que se organizaba el fútbol internacional.

“El escándalo reveló que la FIFA no era solo una organización deportiva, sino una plataforma global de negociación política y económica”, sostuvo.

El FIFA Gate expuso a la FIFA como una plataforma de negociación política y económica y cambió la organización del fútbol internacional

Hasta entonces, recordó, decisiones tan trascendentes como la elección de Rusia 2018 y Qatar 2022 habían sido tomadas mediante una votación reservada del Comité Ejecutivo de la FIFA. “Qatar y Rusia se decidieron en una misma votación a puertas cerradas en 2010”, señaló.

La crisis institucional derivó en la salida de Joseph Blatter y obligó al organismo a modificar sus mecanismos de elección. Desde entonces, la sede de los mundiales es definida mediante el voto de todas las federaciones nacionales, sistema que comenzó a aplicarse con la designación del Mundial 2026.

Para Trapé, ese cambio excedió una reforma administrativa: marcó el comienzo de una nueva etapa en la disputa por el poder dentro del fútbol mundial.

Qatar y Estados Unidos: dos estrategias distintas para construir influencia

La organización de una Copa del Mundo suele justificarse por su impacto económico. Sin embargo, Trapé sostuvo que esa explicación resulta insuficiente para entender por qué los países invierten miles de millones de dólares en el torneo. “Ningún país gana dinero. Lo que compra un Estado es poder”, sintetizó.

Qatar convirtió al deporte en una política de Estado y vinculó al Mundial 2022, Al Jazeera, Qatar Airways y el PSG con su estrategia de influencia global (EFE/ Alberto Estévez)

Desde esa perspectiva analizó el caso de Qatar, que convirtió al deporte en una política de Estado. Con apenas tres millones de habitantes y rodeado por potencias regionales, el emirato buscó construir una presencia internacional que compensara su limitada capacidad territorial.

“Qatar es un país de apenas tres millones de habitantes, rodeado por vecinos mucho más poderosos. Su problema no es económico, es geopolítico”, explicó.

En esa estrategia ubicó la creación de Al Jazeera, la expansión de Qatar Airways, la compra del Paris Saint-Germain y la organización del Mundial de 2022. Lejos de tratarse de iniciativas aisladas, interpretó que todas responden a un mismo objetivo: “Buscan asociar la marca Qatar con modernidad, lujo y relevancia global”.

Estados Unidos representa el modelo opuesto. No necesita instalar su nombre en el escenario internacional, sino reforzar su liderazgo en el único gran deporte donde todavía no ocupa el primer lugar. “Qatar necesita reputación. Estados Unidos necesita liderazgo”, resumió Trapé.

Bajo esa lógica interpretó el Mundial de 2026 como una pieza más de la estrategia estadounidense para incorporar definitivamente al fútbol al ecosistema de negocios que ya domina en materia de entretenimiento, derechos audiovisuales y apuestas deportivas.

Estados Unidos busca reforzar su liderazgo con el Mundial 2026 e incorporar al fútbol a su ecosistema de entretenimiento, derechos audiovisuales y apuestas deportivas (EFE/EPA/WILL OLIVER)

En ese mismo proceso ubicó la llegada de Lionel Messi al Inter Miami. “La llegada de Messi a la MLS también fue geopolítica”, afirmó al considerar que el desembarco del capitán argentino aceleró la expansión internacional de la liga y fortaleció el posicionamiento del fútbol dentro del mercado estadounidense.

Messi y los “diplomáticos mudos”

Si los Estados utilizan al fútbol como herramienta de influencia, las grandes figuras también desempeñan un papel que trasciende el deporte.

Para Trapé, jugadores como Lionel Messi funcionan como “diplomáticos mudos”: personalidades capaces de producir efectos políticos sin pronunciar un discurso ni ocupar un cargo público.

“Probablemente sea la persona más famosa del mundo”, afirmó al explicar que la universalidad del fútbol convierte a sus principales figuras en actores con una capacidad de influencia inédita.

Como ejemplo imaginó una eventual consagración argentina en el próximo Mundial. Si la Selección volviera a levantar la Copa en Estados Unidos, sería el presidente Donald Trump quien entregaría el trofeo al capitán argentino. “Un apretón de manos de tres segundos con Trump, que indignó a unos pocos, colaboró para darle una alegría eterna a millones de argentinos”, reflexionó para mostrar cómo un gesto deportivo puede adquirir un significado diplomático que trasciende ampliamente el protocolo.

Lionel Messi actúa como un “diplomático mudo” y su llegada al Inter Miami fortaleció el posicionamiento internacional del fútbol en Estados Unidos (Reuters/Jerome Miron)

Durante la conversación también surgieron antecedentes que muestran que la relación entre fútbol y política no es un fenómeno reciente. Paula Guardia Bourdin recordó el papel que desempeñó Henry Kissinger en la organización del Mundial de 1994 en Estados Unidos y su vínculo con figuras como Pelé y el New York Cosmos.

Trapé retomó esa referencia con una frase que sintetizó el peso del exsecretario de Estado en la expansión internacional del deporte: “Si todos los caminos conducen a Roma, en este tema todos los caminos conducen a Kissinger”.

El análisis dejó una conclusión que atraviesa toda la historia del fútbol moderno. Detrás del torneo que concentra la atención de miles de millones de personas ya no solo se disputa una Copa del Mundo. También se enfrentan proyectos de poder, estrategias diplomáticas y modelos de influencia que buscan moldear el orden internacional. En ese tablero, sostuvo Trapé, el fútbol dejó hace tiempo de ser apenas un deporte para convertirse en uno de los instrumentos más eficaces de la geopolítica contemporánea.

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