El Mundial 2026 está desbordado de hinchas de Argentina que no son argentinos. Suena extraño en nuestro manual futbolero. Caminar orgulloso con la camiseta como si fuera la piel debería tener que ver con el sentido de pertenencia. El himno une cada cuatro años. Pero Lionel Messi logró gambetear hasta la cuna. Hay una parte que tiene que ver con la globalización, con el fútbol de clip en el celular, de la foto para las redes. Se descubre de lejos que hay quienes buscan ser virales asociándose a su imagen. Y, también, en una mirada más profunda, que aparezca tanto extranjero con la 10 y esas 5 letras que califican apunta a la admiración que provoca su talento, su perfil como deportista, su vigencia descomunal. Leo es el argentino que queremos ser. O el argentino que quieren todos. Los ídolos generalmente se construyen en la adolescencia, debe haber cierta identificación con los colores, sentir sus proezas como propias. Messi, en cambio, enamora hasta a los hombres y mujeres grandes que tienen pasaporte de otro color. Se ven en la cancha en cada partido, se replica en los teléfonos: miles de fans que nacieron en Estados Unidos, Rusia, México, Guatemala, Turquía, Israel, Bangladesh se visten de celeste y blanco. Es la contraseña que inicia cualquier diálogo, como en otros tiempos ocurría con Maradona. Argentina hoy más que nunca es un guiño, una pasión compartida por Messi.
En un ambiente exigente, ansioso y resultadista, Messi hasta pareció cambiar el paradigma. Aunque allí se oculte cierta contradicción. Para una parte del público -y algunos catadores reacios de su talento- necesitó ganar para lograr la unanimidad en la Argentina. Ya se había dejado de minimizar su fútbol como ocurrió apenas asomó a mediados de los 2000. Allí tal vez se quedó rehén de Maradona: hubo una generación que no se permitía ver a ninguno como él. Mucho menos uno que pudiera ser mejor. Desbloquear ese nivel al ganar la Copa América 2021 no sólo le quitó presión al último 10, sino que liberó del todo su talento y lo llevó a jugar el mejor Mundial de su vida en Qatar. Ahora, entonces, aun cuando lleva 6 goles en 3 partidos, pareciera que no se le exige ganar. No da la sensación de que se derrumbe todo si no es campeón. Hoy se le implora que juegue. Como si a Messi ya se lo viera más como un artista que como un futbolista que compite todos los días. Se percibió claramente en Dallas, cuando la gente sólo esperaba que él entrara. Ya quedó lejos el famoso triunfo con Brasil por las Eliminatorias, cuando de un modo osado hubo quienes pidieron un equipo sin él… La Selección es candidata a la cuarta estrella con Messi.
El valor del equipo es determinante. Messi es el mejor en un contexto. En la primera fase la Selección ratificó que tiene plantel. Un valor clave, si bien es sabido que el equipo es el que achica o amplía al grupo. Paredes no es un suplente cualquiera; Lo Celso puede ser conductor después de tanto resetear su cabeza; el Colo Barco tiene una categoría que sólo pudo ser discutida en días tumultuosos en Boca; Nico Paz es un pibe que opacó el agite popular por Mastantuono. Hay una Argentina que tiene identidad, con un entrenador que dosifica el pizarrón, el esfuerzo y hasta el humor de los caudillos. En el debut dejó afuera a Otamendi un rato antes del partido, pero en el segundo tiempo ya estaba en la cancha el subcapitán con la cinta en su brazo. Antes, Lisandro Martínez había bancado la decisión en la cancha. Ser cercano al futbolista, realmente empático, es un atributo que un líder no puede olvidar. Allí es donde aparecen los titulares. El coraje de Dibu Martínez para no estar nunca en duda ni con un dedo roto; las ganas de ser titular y goleador de Lautaro Martínez; la inteligencia para jugar siempre de Alexis Mac Allister; la buena impresión que dejó Medina y el ingreso de Nico González. Como cuando salen a la cancha, en esa foto que impacta como afiche: todos van detrás de Messi. Igual que los hinchas. Hay miles y miles que no van a ver a Argentina. Van a ver a Messi.
La Selección logró lo más difícil: ganar después de ganar. Es un equipo que no perdió el hambre con dos Copas América y una Copa del Mundo. Aunque ese valor es para los argentinos que pagan cifras descomunales por verlo ahora en Miami contra Cabo Verde. Ellos saben que Scaloni es capaz de poner a Exequiel Palacios de 4 y que no sea una decisión discutida como cuando Sampaoli debutó en el Mundial de Rusia con Toto Salvio de lateral derecho. Por supuesto: éste fue un tercer partido y los entrenadores son incomparables… El DT de Argentina tiene razón hasta cuando parece no tenerla. Formó un equipo que no modifica su esencia pese a cambiar de módulo táctico o de nombres. Los otros hinchas en realidad disfrutan del espectáculo en general, incluido el de las pantallas gigantes. Los que vienen de afuera sólo quieren ver el show de Leo. Desean estar el día que rompe otro récord, o que se imponga en ese mano a mano feroz de goles con Mbappé. El más futbolero del tablón se enojará, no podrá entenderlo, silbará a los hinchas invitados. Pero es una tendencia que tiene su pico de popularidad: en este Mundial hay hinchas de Argentina y hay hinchas de la Selección de Messi.










