
Los caminos en el fútbol pocas veces son en línea recta. Tienen avances, retrocesos, curvas lindantes con el abismo o muros que parecen infranqueables; algunos, incluso, terminan en una vía sin salida, donde van a parar las ilusiones. Facundo Trigueros puede dar fe de ello: “Yo pasé en una semana de levantar los brazos para saludar a la gente en las tribunas a poner las manos en el volante de un remís”.
De promesa de Boca Juniors, club en el que fue compañero de Rodolfo Arruabarrena, a un breve paso por Chacarita, y a sentarse al comando de un auto de alquiler, sin botines, con licencia y sin escalas.
El ex delantero de San Telmo, All Boys y Atlanta, entre otros clubes, estuvo cuatro años afuera del fútbol. Además de chofer, fue mozo, bachero, ayudante de cocina y todo lo que exigiera el día a día de un restaurant que había instalado su papá en el centro porteño. Pero la pelota había escrito una historia ineludible juntos y lo fue a buscar. Debutó en Primera a los 25 años, cuando el tren, para la gran mayoría, ya hubiera pasado.
“La carrera del futbolista tiene muchos bajos y la gente se queda con la foto final”, subraya Trigueros, quien estiró dos años y medio su trayectoria, cuando estaba lesionado y ensayaba el gesto de colgar los botines. Lo que lo impulsó a seguir fue un audio de Diego Armando Maradona. Por eso, los vaivenes, casi sin querer, lo fueron conduciendo a su actualidad: asesora juveniles para ayudarlos con su “formación mental y emocional” para que construyan “identidad” antes de pensar en conseguir los objetivos.
El ex atacante llegó “tarde” a las Inferiores. “Yo soy de San Martín, de Villa Maipú, y a los 14 estaba en el club Mitre. Y tenía un profe que estaba estudiando con Enrique Polola, que era el preparador físico de Boca. El técnico era Carlos Aimar. Polola vivía en San Andres, fui hasta allá, y me llevó a que me probaron en La Bombonera. A los 16 años llegué, me dieron un canasto con la ropa, y empezaron a entrar Batistuta, Giunta, Latorre… Era una película. Entrenamos con Reserva. Hicimos 15 minutos de fútbol y me dijeron ‘presentate en la Candela, tu división es la Sexta’. Estuve tres meses a prueba, porque el libro de pases no estaba abierto. Y ahí arranqué”, narra.

En el Xeneize actuaba de wing, aunque también lo ubicaron de lateral “para que agarrara marca”. Sin embargo, le costó ganarse un lugar. “En Boca aprendí a valerme de mí mismo, es un monstruo que no da segundas oportunidades. Recién empecé a tener nombre a los dos años y medio. Como no tenía muchas posibilidades, había una ”tercera volante» a la que llevaban a pasear por diferentes provincias, para jugar con equipos del Interior. Y me incluyeron”, explica.
“En una de esas giras hice cinco goles en cinco partidos, y el entrenador llamó a Boca para pasar el informe y mi nombre. Había un utilero que nos acompañaba y escuchó eso. Se acercó y me dijo: ‘A partir de hoy empezás a existir en Boca’. Hoy, con las redes, y la información que existe, todos conocen a todos. En ese entonces era raro. No existían los representantes, todo dependía de mí. Me comía las amarguras, los llantos”, marca ese hito en su historia. Porque su actualidad comenzó a modificarse, pero no se trasladó a su futuro…
“Empecé a entender que me trataban de otra manera. Incluso, hubo una promesa de contrato. Me hablaron de los cuidados que tenía que tener, de los alimentos que debía consumir. Al mismo tiempo, sumé participación en AFA, me entrenaba con Reserva. Los miércoles había contacto con Primera, Navarro Montoya era el arquero y nos quedábamos cinco o seis muchachos pateándole después de las prácticas”, enumera las bondades de su nueva realidad.
Sin embargo, aquel compromiso verbal nunca hizo nido en el papel: “Cuando citaron a mi viejo y le dijeron que me iban a hacer contrato estábamos re contentos, pero nunca llegó la firma. Tuvimos que ir a buscar el pase e irnos a Chacarita”.
En el Funebrero halló una vía rápida para dejar de costado la frustración. Trigueros era vecino del barrio, conocía al hijo de Luis Barrionuevo (habían ido juntos al colegio), quien era presidente. Y el delantero venía precedido de interesantes antecedentes. “El técnico era el Cabezón (Miguel Ángel) Lemme. Y me la hizo parir un poco, no me había pedido, yo era un pendejo, venía de Boca… Me lo tuve que ganar con el tiempo”, describe el universo que encontró.
Lemme le regaló (a él y al resto del plantel) su primer encuentro con Maradona, omnipresente de diferentes maneras a lo largo de su trayectoria. “Entró Miguel Lemme al vestuario y dijo ‘viene un jugador nuevo, hagan un lugar’. El libro de pases estaba cerrado. Y atrás de él apareció Maradona y fue una locura. El tipo manejaba un aura, como dicen ahora, que parecía que flotaba. Tenía una energía muy fuerte. Nunca vi tanta gente en un entrenamiento como en esos días. No existían las redes y en menos de una hora se llenó la tribuna. Había periodistas chinos, de todas partes”, evoca.
La irrupción de Diego tal vez fue el mojón de aquel paso por Chaca. “Fue un golpe cuando no me hicieron contrato en Boca. Pasé de Boca a la Primera B Metropolitana y la adaptación se me hizo complicada, más allá de que la gente del club siempre fue una locura. Ojo, yo amaba jugar al fútbol, lo que menos pregunté fue cuánto iba a ganar. Incluso, vino el capitán, que era Rubén Checchia y me dijo: ‘Che, Trigueros, tenés que ir a cobrar’”, explica el contexto con el que se encontró. “Fui dos o tres veces al banco y jugué en Reserva. Era un equipazo, terminó ascendiendo. El 9 era el Gatito Leeb, y yo era el pibe de Boca. Tal vez faltó que yo demostrara algo más”, no pone excusas.
Si su salida de Boca había sido un golpe, quedarse sin club fue una mano de nocaut. O, al menos, propició un conteo largo del juez, que duró años: “No me renovaron y se me vino el mundo abajo. Mis viejos no entendían nada de fútbol, no tenía a nadie que me diera un consejo, yo me comía todo, no compartía. Y no supe qué hacer cuando quedé libre. No conocía a nadie. Se fue pasando el tiempo y dije ‘algo tengo que hacer’”. Ese “algo” fue subirse al auto y salir a trabajar como remisero. Mientras, volvió a Mitre, “pero estaba enemistado con el fútbol”.
“Después mi viejo puso un restaurant a una cuadra del Obelisco y laburé ahí dos años”, detalla. “Aprendí a hacer de todo, ayudante de cocina, bachero, mozo, delivery… De esa etapa aprendí a cocinar. Me salen bien las pizzas, el asado, la carne al horno… Hoy lo tomo como un pasatiempo y una forma de agasajar y agasajarte”, ofrece el lado positivo de su trance lejos de su pasión.

Es que, dicho quedó, el balón (o el destino) lo aguardó, paciente. E inventó una treta para reencontrarse. “Un día estaba sacando un pie con el menú a la calle, y pasó caminando un profe que tuve en Inferiores de Boca. Me reconoció de espaldas y me dijo: ‘¿Qué hacés acá? ¿Cómo no jugás más? Yo entreno jugadores libres en Costanera sur. Venite, probá y me decís’“, describió cómo se abrió una puerta que parecía clausurada. No obstante, su reinserción no resultó tan sencilla… ”Me entrené ahí durante 10 meses», revela. La oportunidad se la dieron dos entrenadores campeones de Primera División.
“Salió la posibilidad en San Telmo. Con el Ruso Zielinski como técnico y Omar De Felippe de ayudante”, le quita el velo a la incógnita. “Tenía 25 años, registros en Boca, Chacarita, pero no había jugado nunca en Primera. Estaba muy bien entrenado. Me dijeron ‘quedate a hacer la pretemporada’. El club estaba en la B Metro. Y me quedé, me hicieron contrato. Fueron cuatro años en San Telmo. Peleamos ascensos, con un equipo bárbaro. Sin ese profe con el que me crucé, capaz nunca hubiese jugado al fútbol profesional”, relata, y regala otro detalle que denuncia la presencia de un hilo rojo y firme que une sus pasos.
“Hoy vivo a dos cuadras de donde entrenaba con ese grupo de libre, en Puerto Madero. Me volvió la vida cuando se dio la chance, fue como empezar a vivir de vuelta”, asegura. “Hoy veo que toda experiencia que te va pasando tiene un significado. Por ahí, en el momento, uno piensa en otras cosas, y no le presta atención al presente. Hoy trato de estar mucho en el presente. Me doy cuenta de que si uno no está en el presente, se genera estrés. Te ponés a pensar en que lo que hiciste ya no se puede cambiar y, si te adelantás en el tiempo, te genera ansiedad”, reflexiona sobre la enseñanza que le dejó “esa vorágine”. “No le echo la culpa a nadie de esos años en los que estuve afuera. Fueron decisiones mías, no supe adaptarme al momento, no tuve herramientas ni las busqué. No me puedo reprochar nada. Por eso, cada vez que me levanto, digo tres gracias, porque estoy muy agradecido por mi historia”, completa.
Zielinski, hoy técnico de Belgrano, campeón del último Torneo Apertura, y De Felippe, orientador de Talleres, vieron en él lo que los demás no valoraron. “Son dos laburantes y pasionales. Los tuve un año. El Ruso después me llevó a All Boys. A De Felippe le perdí el rastro. Me quedo con la nobleza que tenían”, los homenajea.

A partir de allí, edificó una carrera en el Ascenso, con pasos por el Candombero, Atlanta, el Albo, Excursionistas y JJ Urquiza, con las habilidades extra que exigían los campos de juego en los 90 y comienzos de la década del 2000. “Aprendí a anticipar el pique de la pelota en un terreno con matas. En ese entonces, algunas canchas tenían más pasto que otras. La pelota, cuando pica en una cancha despareja, tiene una cierta conducta. Le podés ir dominando. Es indiferente de si llovía o no llovía”, expone su teoría.
En esa aventura, compartió cancha con “cracks de culto”, como Gustavo el Turco Pontelli y Carmelo Leiva. “Si el Turco no está entre los mejores jugadores del Ascenso de la historia, está en top 3. Daba ventaja porque no se cuidaba o no tenía conducta de jugador. No estaba de joda, pero no tenía la alimentación de un jugador o el descanso de un jugador. Y así y todo le he visto hacer cosas que hoy ves en las mejores ligas del mundo”, rubrica.
Y el fútbol le obsequió un segundo encuentro con Maradona, en su etapa en JJ Urquiza. “El gerenciador era amigo de Diego. Y me dijo ‘che Facu, nos encontramos en Acceso Oeste, por Morón, que vamos a un lugar’. Yo no sabía nada. Llegamos a una quinta y estaba Maradona, quien nos recibió tirando fuegos artificiales mientras decía ‘acá no duerme nadie’. Llegamos 10 de la noche y nos fuimos 4 de la mañana. Fue una charla… Él hablaba de todo. Conocí al Maradona persona, hablando de Fiorito, de Napoli, la relación con Coppola, de sus hijas, todo. Fue un sueño. Muy amable, vulnerable, con una sensibilidad… No fue una charla, fue un monólogo, mientras tomábamos el fernet que era de su marca”, ilustra aquella madrugada de antología.
Sin quererlo, Maradona había sembrado una semilla, que germinó cuando Trigueros más lo necesitó. “Tiempo después, en JJ, me rompo los ligamentos de la rodilla izquierda. Tenía 34 años ya y me dije: ‘Qué hago?’. Estaba en la duda sobre si seguir o retirarme. Marcelo Pilo, el marcador central, había agarrado como técnico. Estaba dando una charla y, en un momento, frenó y dijo ‘les quiero comunicar esto’. Y puso un audio con una arenga de Diego en la que decía ‘los voy a ir a ver’. Y yo dije ‘¿este muchacho va a venir acá y yo no me voy a retirar dentro de la cancha?’. Él ni lo debió saber, pero logró eso con ese audio: motivarme para que terminara la rehabilitación. Me retiré dentro de la cancha. Jugué dos años y medio más», brinda el testimonio de lo que producía el efecto Maradona.

Tras el retiro, Trigueros hizo “de todo”. ”Hice el curso de técnico, me recibí, dirigí en cuatro clubes, pero en un momento me di cuenta que me faltaba algo más además de la dirección técnica, porque no me llenaba. Estudié para ser preparador físico, fui personal trainer…“, enumera.
“Hasta que un día me encontré con un ex dirigente de Atlanta, que pasó a ser representante. Tenía una agencia y me dijo: ‘¿no querés venír a laburar?’. Al tiempo, decidí hacerlo a mi manera, como a mí me gusta. Y abrí una agencia yo», sigue con el hilo hasta llegar a su última metamorfosis.
“Descubrí la programación neurolingüística y el coaching, y me dije ‘tengo que ir por acá’”, confiesa. “Estoy laburando en siete países y mi prioridad son los juveniles”, advierte. Incluso puntualiza que está desarrollando una “guía para padres”, para que sepan cómo acompañar a una promesa del fútbol. Muchos de sus consejos están en los videos que comparte en su cuenta de Instagram.
“Trabajo en la formación mental y emocional. El jugador, antes de conseguir el objetivo, debe autoconocerse, crear un carácter y una identidad que pueda bancar lo que te da el fútbol profesional. Porque cuando vas avanzando, te van llegando diferentes emociones o miedos, y, si no los sabés resolver, los empezás a trasladar a tu familia y a tu juego”, plantea según su manual. Y pone su caso como testigo de que la pelota pocas veces corre en línea recta, mansa, hacia el gol.










