A 110 años del primer cruce de los Andes en globo: la muerte en cada ráfaga de viento y un “adiós, cabezas duras” como despedida

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Bradley y Zuloaga comenzaron a planificar el cruce de los Andes en globo, para lo cual debían ascender a más de 8.000 metros y soportar temperaturas de alrededor de 30 grados bajo cero

“Navegábamos en las regiones silenciosas de la alta atmósfera, carente de polvo, sin luz reflejada. Recibíamos la luz directa y viva de un cielo azul y opaco. El espectáculo exaltaba nuestras almas. En presencia del espacio infinito, teníamos la sensación de acercarnos a Dios, y suspendidos allí entre el cielo y las nieves eternas, pensábamos en la tierra con vida y con la animación del hombre y nos parecía ahora otro mundo”, escribió después Eduardo Bradley. Ese es el paisaje que Ángel María Zuluaga y él observaron maravillados la mañana del sábado 24 de junio de 1916, cuando volaban a 8.000 metros de altura en Eduardo Newbery y acababan de pasar los picos del Aconcagua y el Tupungato.

Menos de dos horas antes, a las 8.30, habían despegado desde Santiago de Chile en busca de una hazaña: cruzar los Andes en globo. Hasta entonces nadie había siquiera intentado superar la cordillera y unir Argentina y Chile por el aire, era un viaje que solo se hacía a lomo de caballo o de mula, atravesando valles y quebradas, de la misma manera que lo habían hecho las tropas comandadas por José de San Martín un siglo antes.

Los argentinos se aprestaban a asistir a la asunción del primer presidente elegido por el sufragio universal masculino establecido por la Ley Sáenz Peña, el radical Hipólito Yrigoyen, la aviación nacional estaba dando sus primeros pasos y poco antes había perdido a uno de sus pioneros, el ingeniero Jorge Newbery, en un accidente mientras realizaba acrobacias aéreas. Fue en honor del hermano menor de Jorge, Eduardo, muerto en 1908 cuando intentaba cruzar el Río de la Plata en globo, que Bradley decidió bautizar el suyo con su nombre para intentar su proeza. Porque Eduardo Newbery había sido su maestro y mentor.

Zuloaga y Bradley, en el globo Eduardo Newbery (Archivo General de la Nacion)

Dos tipos audaces

Cuando abordó el Eduardo Newbery para volar sobre la cordillera, Eduardo Bradley tenía 29 años y era un experimentado piloto de globo con varios récords en su haber. Nacido en La Plata el 9 de abril de 1887, con solo 22 años había acompañado a Jorge Newbery a bordo del globo libre Patriota en su primer vuelo importante. El 28 de septiembre de 1912, en un vuelo nocturno efectuado entre Belgrano y Carmen de Areco a bordo del globo Cóndor, obtuvo el brevet de Piloto de Globo N°12 y de allí en más desarrolló una intensa actividad aerostática, donde rompió varias marcas de altura y distancia.

El 9 de noviembre de 1913, con el globo Pampero II y junto a tres acompañantes voló 310 kilómetros entre las localidades de Bernal y Tandil en 13 horas y 10 minutos, y el 14 de diciembre de ese mismo año batió el récord de altura al subir a 4.000 metros con el mismo aerostático en el trayecto entre Bernal, en la provincia de Buenos Aires, y la ciudad uruguaya de Dolores. Tres meses después, el 8 de marzo de 1914, logró también el récord americano de altura a bordo del globo Centenario cuando alcanzó los 6.050 metros en un vuelo entre Quilmes y Tigre. Su acompañante en ese vuelo fue el teniente primero Ángel María Zuloaga.

Poco después consiguió el brevet de Piloto Aviador N° 69, al volante de un avión Farman II y el 13 de abril de 1915 logró otro récord de permanencia en el aire – 28 horas y 10 minutos – en un vuelo realizado entre Bernal y Piedras de Afilar, Uruguay. Volvió a abordar un globo con Zuloaga, ya ascendido a capitán, el 22 de octubre de ese mismo año para batir un nuevo récord de distancia al unir Belgrano con Sao Leopoldo, en Brasil, en 11 horas y 5 minutos.

El capitán Ángel María Zuloaga, nacido en Mendoza el 21 de mayo de 1885, había comenzado su carrera militar en el Ejército, en el arma de Artillería, pero su pasión era volar. Ingresó a la Escuela Militar de Aviación, como alumno de la tercera promoción. Al año siguiente ya tenía los brevets para pilotar aviones y de piloto de globos aerostáticos.

Croquis de la trayectoria del globo (Revista Caras y Caretas)

Luego de batir dos récords juntos, Bradley y Zuloaga comenzaron a planificar el cruce de los Andes en globo, para lo cual debían ascender a más de 8.000 metros y soportar temperaturas de alrededor de 30 grados bajo cero sin la protección de una cabina presurizada y sacudidos por los fuertes vientos cordilleranos.

Los preparativos

El primer paso fue estudiar en profundidad las condiciones meteorológicas y elegir los materiales más adecuados. “Tuvimos especialmente en cuenta la elección del material, los antecedentes meteorológicos de América del Sur, y en particular la zona andina, imponiéndonos un plan de estudios que comprendía: dirección e intensidad de las corrientes de aire y sus propiedades físicas a diferentes alturas a partir de 5.000 metros, radiación solar, temperatura, humedad y otros fenómenos. Además, ambos tripulantes nos sometimos a esmeradas observaciones psicofísicas”, escribió Zuloaga sobre esa etapa de la preparación.

No lo hicieron solos, porque contaron con la colaboración de los científicos Jorge Wiggins y H.H. Clayton, del Instituto Meteorológico Argentino; el profesor del Instituto Geográfico Militar, Guillermo Shulz; el especialista en medicina de aviación, doctor Agesilao Milano, y el experto Gualterio Knoche, director del Instituto Meteorológico de Chile. Con ellos llegaron a la conclusión de que debían utilizar un globo esférico inflado con hidrógeno con capacidad para ascender a por lo menos 9.000 metros.

El estudio de la dirección predominante en los vientos de altura determinó que sería más favorable desde territorio chileno y volar hacia la Argentina, como habían pensado en un principio. Por esa razón, en marzo de 1916, cuando viajaron en tren a Chile como integrantes de la delegación argentina en el Primer Congreso Panamericano de Aviación hicieron los contactos necesarios para preparar todo desde allí. El siguiente paso fue trasladar desde la Argentina dos globos: uno para realizar las pruebas, de 1.600 metros cúbicos de capacidad, y el Eduardo Newbery, de 2.200 metros cúbicos, con el que intentarían el cruce.

En el proceso debieron vencer varios obstáculos. La falta de un tipo de gas apto para lograr la altura requerida para el vuelo prolongó las pruebas durante más de tres meses, lo que les valió reproches del Aero Club Argentino, por la demora en reintegrar los elementos cedidos, y del Ministerio de Guerra, que cuestionó que el capitán Zuloaga se ausentara tanto tiempo del servicio activo. El gas fue otro problema hasta que consiguieron una mezcla de hidrógeno con gas de alumbrado producido en la usina de San Borja, cerca de Santiago, con el que finalmente decidieron emprender el vuelo.

“¡Adiós, cabezas duras!”. Esas fueron las últimas palabras provenientes desde la tierra que Bradley y Zuloaga escucharon cuando el Eduardo Newbery comenzó a elevarse

El cruce de los Andes

“¡Adiós, cabezas duras!”. Esas fueron las últimas palabras provenientes desde la tierra que Bradley y Zuloaga escucharon cuando el Eduardo Newbery comenzó a elevarse a las 8.30 de la mañana del sábado 24 de junio de 1916. Quince minutos después el globo había alcanzado gran altura, y a los 6.500 metros, los pilotos recurrieron al uso de oxígeno, mediante el empleo de caretas especiales. Otros 500 metros, y entraron en una corriente huracanada, en dirección a la Argentina. Ya estaban en plena cordillera. “Sentimos la emoción indecible de ver deslizarse a nuestros pies la parte más alta de la cordillera, con su inmaculado manto de armiño y sus dos gigantescos vigías: el Aconcagua y el Tupungato”, dejó escrito Bradley en sus memorias.

Poco después, para mantener la altura se vieron obligados a lanzar todo el lastre, y luego las provisiones, el revólver, las municiones y el instrumental científico, todo menos el barógrafo registrador de altura y temperatura, que había sido sellado por las autoridades chilenas y colocado sobre sus cabezas en el aro del Eduardo Newbery. Zuloaga y Bradley enfrentaban solo dos alternativas: triunfar o morir en el intento.

La llegada a Uspallata y el abrazo con quienes recibieron a Zuloaga y Bradley

Bradley relató así la emoción que sintieron mientras el globo sobrepasaba lentamente las cumbres andinas: “No se divisaban sino montañas completamente heladas hacia cualquiera de los puntos cardinales que dirigíamos la vista; aquello era algo dantesco y de una soledad grandiosa, en la que el silencio de la gran altura solo se interrumpía de vez en cuando por los extraños rugidos del viento que azotaba los picachos; y aquel océano infinito de nieves, en las partes profundas y sombreadas adquiría tintes azulados que hacían resaltar la blancura de aquellas que alumbraba el sol…”.

Eran alrededor de las 11 de la mañana cuando ingresaron en territorio argentino, sobrevolando el cerro Juncal. Sin embargo, todavía les faltaba un largo trecho por recorrer, y debieron maniobrar febrilmente para evitar un descenso brusco de la altura cuando todavía sobrevolaban montañas de 4.000 y 5.000 metros, en una región absolutamente desolada. La falta de oxígeno hacía que cada movimiento fuera agotador.

Finalmente divisaron una quebrada y un río en lo profundo de la misma que, por las cartas, era el Mendoza; pronto sus ojos distinguieron una estación de tren y las vías a la par del río. Guiados por la línea ferroviaria, pasaron sobre distintas estaciones hasta divisar el valle de Uspallata. Intentaron descender allí, pero a unos 4.000 metros, unos fuertes vientos arremolinados impulsaron un descenso brusco y, ante el riesgo de estrellarse contra las escarpadas montañas, Bradley desgarró rápidamente la tela del globo, que cayó rodando por un despeñadero hasta que quedó enredado entre zarzas y piedras. Estaban al borde de un abismo y de allí fueron rescatados por un grupo de jinetes que llegaron desde Uspallata para socorrerlos. Sus relojes, todavía adaptados a la hora chilena, marcaban las 12.

El vuelo había durado apenas tres horas y media, pero la hazaña de Eduardo Bradley y Ángel María Zuloaga demoró décadas en ser igualada, debido a la complejidad y el peligro de la travesía. Hoy, la barquilla del globo Eduardo Newbery ocupa un lugar privilegiado en el Museo Nacional de Aeronáutica como mudo testimonio de aquel viaje épico del cual se cumplen 110 años.