A 30 años de la trágica muerte de Gilda: un asesino que pedía pizza a los gritos y una mentira sobre la canción que la volvió mito

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La sesión de fotos de Gilda para la tapa del álbum

“Otra vez en la ruta de la muerte”, decía un título chiquito, en apenas un recuadro, en la edición de papel del 8 de septiembre de 1996. Decía que habían muerto siete personas, seis mayores y una menor, y que había once heridos. Decía, recién en el tercer párrafo, algo sobre quiénes eran esos muertos y esos heridos: “Los ocupantes de la casa rodante pertenecían al grupo bailantero Gilda’”.

La noche del 7 de septiembre de 1996, que se convertiría en la noche de su muerte, la popularidad de Gilda no alcanzaba para convertirse en título periodístico. Ni siquiera de una nota cortita, acomodada en el hueco de una página. Pero esa misma noche, la de su trágica muerte, eso empezaría a cambiar: Gilda tenía destino de mito popular.

El instante fatal

Los que sobrevivieron nunca olvidaron el chirrido de los fierros retorciéndose por el impacto del camión que los chocó de frente. Eran cerca de las siete de la tarde, ya había oscurecido, transitaban la Ruta Nacional 12, esa que se había hecho conocida como “la ruta de la muerte”. El micro de gira en el que viajaban Gilda, su hija, su hijo, su mamá y su banda se convirtió en un destrozo en apenas un instante.

Iban por el kilómetro 129 de la ruta, camino a Chajarí, Entre Ríos, donde tenían pautada una presentación. Un camión de carga de origen brasileño mordió la banquina, se cruzó de carril e impactó contra el micro de la banda. Murieron Miriam Alejandra Bianchi, que llevaba unos años convertida en Gilda en el mundo de la música tropical; su madre, Isabel “Tita” Scioli; su hija Mariel; Elvio Mazzucco, que manejaba el micro; y tres músicos: Enrique “Quique” Tolosa, Gustavo Balbini y Raúl Larrosa. Entre los sobrevivientes estaban su hijo Fabricio, de ocho años, y Juan Carlos “Toti” Giménez, el descubridor y productor de Gilda y, para ese entonces, también su amor.

Aunque su último disco había tenido mucho éxito, Gilda aún no lograba estabilidad económica a través de la música.

Daniel de la Cruz, trompetista de la banda y sobreviviente, se despertó por el impacto: primero lo rodeó el silencio y, enseguida, los gritos desgarradores y el llanto. La trompa del micro había desaparecido, consumida por el choque. Ricardo Fuentes, asistente de la banda, alcanzó a ver que el buzo del camionero que estaba a punto de asesinar a siete personas era amarillo. Lo que siguió para Ricardo fue pensar que si no se hubiera cambiado de cucheta en medio del viaje, estaría muerto.

Mario Riquelme, también asistente de la banda, logró zafarse de los equipos de sonido que se derrumbaron sobre él. Fabricio gritaba, lloraba y repetía una sola palabra: “¡Mamá, mamá!”. Gilda y Mariel, la hermana mayor de Fabricio, ya estaban muertas. La cantante se había desnucado en el instante del choque fatal.

Los heridos fueron trasladados a Zárate, algunos en condiciones extremadamente graves, y Renato Sant’Ana, el camionero que se había cambiado de carril, gritaba por los pasillos del hospital que quería que le llevaran una pizza. Lo condenaron, casi cuatro años después, a dos años y ocho meses de prisión en suspenso y a siete años de inhabilitación para ejercer su actividad.

Las últimas horas: música y familia

Apenas algunas horas antes de la tragedia, Gilda y sus músicos se presentaron en vivo en los estudios que el canal América tenía en la calle Humboldt. “Ella es una verdadera diosa, es un talento de la movida tropical”, dijo la presentadora, y anunció que se venían shows en Entre Ríos y Corrientes.

Gilda, con un vestido blanco y botas del mismo color, bailó, sonrió con todos los dientes y cantó “Fuiste”. Las chicas que habían ido a la tribuna del programa sabían toda la letra. Cantó también “Paisaje”, el tema del italiano Franco Simone que ella volvió argentino, y se subió al micro en el que giraba por todo el país.

Gilda se casó y tuvo dos hijos: Mariel y Fabricio. Ambos estaban en el micro en el que ella murió, y sólo sobrevivió el varón, que tenía 8 años en ese entonces.

Le pidió a Mazzucco, el chofer, un cambio de último momento: que pasara por la casa familiar de Villa Devoto para “levantar” a su mamá y sus dos hijos al viaje. Mariel y Fabricio se sumaban cada vez que se podía porque a Miriam le importaba compartir todo el tiempo posible con ellos; “Tita”, su mamá, no era habitué. Ese viaje sería la primera vez.

Casi todos los integrantes de la banda aprovechaban para hacer lo mismo que hacían otras bandas de la movida tropical cuando viajaban: dormir. Las giras eran tan frenéticas como agotadoras. Pasadas las cuatro de la tarde, ya subidos a la Panamericana, Gilda le dijo a Toti: “Dormí un rato y después tomamos mate”. Dicen que esas fueron sus últimas palabras.

Más de treinta shows en tres noches

El disco Corazón valiente, ese que tiene en tapa la icónica foto de Gilda con la corona de flores, se había convertido en un éxito enorme pero sin dar un gran salto todavía por fuera de los límites de la movida tropical. En el álbum había canciones que se inscribirían en el imaginario colectivo de los argentinos a los que les gusta bailar, gritar en un karaoke o cantar en la cancha: “Fuiste”, “Ámame suavecito”, “Paisaje” y la que le dio el nombre al disco, entre otros hitazos.

Eso puso a Gilda y a la banda a girar a un ritmo que no habían tenido antes. Empezaron a presentarse en hasta quince bailes por semana, y llegaron a dar 34 shows en apenas tres noches. Era extenuante y daba la sensación de que ese tren no iba a pasar otra vez.

En cada presentación, Gilda conectaba con su público: se quedaba hasta firmar el último autógrafo; si había poco público, bailaba y cantaba como si estuviera ante un estadio reventado de gente. Tocaba a los que le pedían que les tocara la cara y les daba un beso a los que se lo rogaban, aunque a todos les insistía con que no tenía ningún “poder de curandera”.

Gilda se inspiró en el nombre del personaje que consagró a Rita Hayworth.

La gira impactaba en su salud. A veces le dolían los riñones, a veces sufría alergias graves que le agrietaban la voz. Y casi todo el tiempo sus pies se llenaban de unas llagas que sangraban. Pero igual, para que Miriam se convirtiera en Gilda cada vez que tocaba subir al escenario, había que ponerse unas botas que lastimaban: las medias se ensangrentaban y debía cambiarse el calzado muy seguido para que ni siquiera sus compañeros supieran que estaba sangrando.

Las cuentas no cerraban: todo ese trajín aún no rendía económicamente para sostener la vida que Miriam quería para ella y su familia. Sobre todo, era imposible conseguir que los ingresos fueran estables. No había manera de comprar una casa en la que vivir sola con sus dos hijos, algo que era uno de sus mayores deseos.

Le había dicho a Toti que todavía le faltaba más de la mitad del dinero que necesitaba para acceder a esa casa que deseaba y que rondaba los 200.000 dólares. Si la música no empezaba a dejar mayores ingresos, le dijo Gilda a su productor musical y pareja, en marzo de 1997 cambiaría nuevamente de rumbo.

En contra de todos y a favor de su deseo

Es que antes de ser Gilda, esa mujer había sido solo Miriam Alejandra Bianchi. Nació en 1961 en Villa Devoto. La música vino del lado de “Tita”, su mamá, que era profesora de piano. Pero nadie en la familia quiso saber nada cuando ella dijo que quería dedicar su vida a ese arte.

Gilda junto a su banda, encabezada por

Miriam quedó casi completamente a cargo de la economía familiar a los 16 años: su papá sufrió dos ACV y ella tomó un cargo administrativo en la Dirección General de Rentas para llevar un sueldo a la casa. Quedaron postergados sus deseos de estudiar y, mucho más, los de dedicarse a la música.

Cuando la situación económica de los Bianchi se estabilizó un poco, Miriam estudió para convertirse en maestra jardinera. Trabajó en un jardín de infantes junto a “Tita”, y a los 23 años se casó con el que había sido su novio por varios años, Raúl Cagnin. Juntos tuvieron a Mariel y Fabricio. La vida tranquila y más o menos previsible, la de una familia de clase media que empezaron a llevar tras el casamiento, fue atravesada como un rayo por un aviso clasificado publicado en un diario.

Buscaban vocalistas mujeres para una banda de música tropical. Miriam tenía una familia nuclear que siempre la había disuadido de seguir ese sueño y un marido extremadamente celoso, pero fue igual a la audición. Era 1990 y el hombre que decidía quién quedaría era Juan Carlos “Toti” Giménez. La voz y el carisma de Miriam lo deslumbraron y lo convencieron inmediatamente de que tenía que elegirla. Ella dijo que sí: esa decisión le valdría, cuatro años después, el divorcio del padre de sus hijos, que no toleraba que Miriam, ya Gilda, saliera de noche a cantar.

Un “bicho raro” en la movida tropical

Le costó llegar a Gilda. Era, para muchos de los productores que manejaban a los artistas y los escenarios de la movida tropical, demasiado flaca, demasiado poco curvilínea. Incluso demasiado melódica para la bailanta: su voz era muy dulce, decían. Y la mandaban a cantar baladas, boleros, pop romántico. Pero Miriam estaba decidida a hacer su camino en la cumbia.

Se puso “Gilda” por el personaje que consagró para siempre a Rita Hayworth y empezó a grabar: De corazón a corazón salió en 1992; La única, en 1993; Pasito a pasito con… Gilda, en 1994; y Corazón valiente, en 1995. Ese álbum le valieron un disco de oro y el doble platino. Fue un penal pateado fuerte al medio.

Gilda editaba un disco por año. Su obra póstuma se llamó

Gilda era no sólo una mujer que había logrado moverse en un mundo eminentemente masculino, sino que además se abría paso en un universo en el que, el poco lugar que había para las mujeres era para mujeres que no se parecían a ella. Eran años en los que sobre los escenarios estaban Lía Crucet y Gladys “La Bomba Tucumana”: rubias, voluptuosas, con mucho maquillaje y poca ropa. Eso esperaban de las cantantes los productores que les hacían lugar o las rechazaban.

Gilda era morocha, flaca, casi a cara lavada. E iba para adelante. Sobre todo, porque cada vez estaba más a cargo de las letras de sus canciones. Algunas, como “Fuiste” y “La puerta”, cuentan las historias de mujeres que se alejan de amores que les hacen mal o de varones que no entienden cuando les dicen que no. Eso también era un cambio radical en el mundo de la cambia. “Chicas, esto nunca se lo dejen hacer”, le decía a su público femenino desde el escenario. Y cantaba.

El misterio de “la canción con premonición”

Por estos días, la voz de Natalia Oreiro resuena en videos que se miran y se likean en cientos de miles de celulares argentinos. La actriz y cantante uruguaya interpretó a Gilda en 2016, en la película dirigida por Lorena Muñoz que recorre su historia. La canción “No es mi despedida” se repite en cientos de reels que lloran y celebran al mismo tiempo los años de Messi en la Selección. Ahora que el mejor jugador de fútbol de la historia anunció que ya no vestirá la celeste y blanca, “No es mi despedida” sirve para homenajearlo, agradecerle, rogarle que se quede.

La canción la escribió Gilda y empieza así: “Quisiera no decir adiós, pero debo marcharme. No llores, por favor no llores, porque vas a matarme”. La historia detrás del tema está atravesada por relatos que van desde cierta mitología hasta la estrategia de mercado. Lo único cierto es que se trata de una muestra contundente de esa voz dulcísima por la que casi no aceptan a Gilda en el mundo tropical, y de una letra conmovedora.

Reynaldo Lío, que la noche de la tragedia en la ruta 12 era representante de Gilda, contó que tras el choque, en medio de la llovizna y de tanta muerte, había encontrado un casete. Siempre según Lío, en el casete estaba la maqueta -es decir, una versión bastante preliminar- de “No es mi despedida”, grabada a capella por Miriam apenas unas semanas antes.

En el lugar de la muerte de Gilda se montó un santuario al que van sus fanáticos. (Silvio Fabrykant)

El representante contó que, con la mejor tecnología disponible, se había aislado la voz de Gilda para sumarle la base rítmica, siempre a cargo de “Toti” Giménez. La canción sería la punta de lanza de Entre el cielo y la tierra, el disco póstumo de la cantante que se editó en 1997. Los que ya la seguían y los que empezaron a conocerla a través de esa canción “leyeron” su letra como una especie de mensaje o premonición. Eso alimentaría el mito que había empezado a nacer la noche de la tragedia.

La versión de Giménez desmiente categóricamente el hallazgo del casete en medio de la lluvia. Toti contó que la cinta no había estado en el lugar del accidente, sino que él la tenía bajo resguardo en su casa, en Buenos Aires. Los otros músicos que sobrevivieron acompañaron la versión de Giménez: todos aseguraron que la historia de la “milagrosa aparición” en la ruta se había tratado de una decisión de marketing tomada por el representante de la cantante. Una decisión que había cumplido con su objetivo.

Con los años y la investigación, creció otra versión entre los fanáticos: que Gilda había compuesto esa canción para decirles adiós a Juanita y Shomara, dos mujeres que había conocido en una gira en Bolivia, de las que se había hecho muy cercana. Según esta versión, les escribió la canción y les prometió que pasarían alguna Navidad juntas. Bolivia y Perú fueron dos países en los que la cantante había hecho pie en sus cortos años de carrera artística.

Una santa pagana

En el kilómetro 129 de la ruta 12 hay un santuario al que todavía van muchos fanáticos de Gilda y muchos curiosos a ver cómo es el lugar en el que ocurrió la tragedia y nació un mito y, para algunos, incluso una santa pagana.

Natalia Oreiro interpretó a Gilda en una película dirigida por Lorena Muñoz.

Ya antes de su muerte, hubo fanáticos pero sobre todo fanáticas que le atribuyeron “poderes curativos” a la cantante. Ella insistía en que toda curación venía de la medicina, pero sus seguidores le decían que a algún familiar enfermo le habían hecho escuchar hasta el cansancio algunas de sus canciones, y que ese familiar había mejorado.

Le pedían que los tocara para sanarse y Gilda, siempre advirtiendo que no había nada sobrenatural en ella, los acariciaba con la misma ternura con la que cantaba. Toda esa “santidad” que le atribuían se multiplicó tras su muerte.

Cuando el camionero Renato Sant’Ana mordió la banquina y cruzó de carril, Miriam tenía 34 años. Gilda llevaba seis años de carrera. Había apostado por la vida que quería y a la que su familia de origen y su marido le daban la espalda. Había pasado a buscar a sus hijos para compartir tiempo con ellos. Había escrito canciones de desamor y de empoderamiento. Y había creado algunos himnos de los que usan los argentinos para bailar, cantar a los gritos o alentar a su equipo. Murió sin saber hasta dónde iba a llegar toda esa fuerza.