Hace 30 años que para Edgardo Aló el Día del Padre dejó de ser una celebración. Desde que Fabián Tablado asesinó a su hija Carolina de 113 puñaladas, convirtió el luto en lucha y vigilia. Con una restricción perimetral inédita de 300 kilómetros y una fundación para asistir a víctimas de violencia de género, este padre no baja la guardia.
—A veces me sorprendo cuando digo treinta años —dice—. Treinta años. Y sin embargo, para mí, yo te estoy hablando como si hubiera sido ayer.
En 1996 Edgardo Aló era un hombre de rutinas. Había formado una familia; tenía una esposa y dos hijos. Vivía en una casa amplia sobre una esquina de Tigre. Dirigía su propia inmobiliaria.

La noche helada del 27 de mayo de 1996, cuando su hija de 17 años fue asesinada por su novio de 20, lo puso en un punto de no retorno. Desde entonces, se dedicó a reclamar justicia. Cerró su inmobiliaria. Vendió sus autos, un departamento. Usó un Renault 12 de remís, “para que entrara un mango, cuando antes sobraba”.
Hace 30 años y ahora, es un padre dispuesto a lo que sea en el nombre de su hija.
—¿Yo qué más puedo perder? —pregunta y enseguida responde—. Perdí lo mejor que puede tener una persona, que es un hijo. De manera que no le tengo miedo a nada.
El reclamo es uno. Quiere que el asesino cumpla. Dice que cumplir encierra un castigo que la justicia debió darle y omitió: la prisión perpetua.
—Este tipo en la calle mata en cualquier momento. ¿Y qué van a decir? ¿Que le surgió otra vez esa psicopatía?
Un padre que juró ser la sombra de un asesino que camina libre

A fines de marzo, la Justicia bonaerense extendió por un año —hasta abril de 2027— la restricción perimetral de 300 kilómetros que le impide a Fabián Tablado acercarse a Edgardo Aló. La medida le prohíbe encontrarse con él o establecer cualquier tipo de contacto, ya sea en persona, por teléfono, correo electrónico o a través de terceros.
La disposición no tiene antecedentes por la distancia que fija. Trescientos kilómetros equivalen al trayecto entre Buenos Aires y Rosario. El radio de exclusión atraviesa varias provincias y alcanza incluso a Uruguay.

Tablado camina bajo vigilancia. Una tobillera electrónica registra su ubicación para asegurar que respete el límite. Así lo dicta la norma.
—De cualquier manera me han dicho que a Tablado lo vieron en abril en Tigre —dice—. Pregunté cómo lo habían visto y me explicaron que había tenido una discusión en la calle. A los gritos. Hubo disparos. Por lo que cuentan, resultó herido. Fue para Pascuas, entre Jueves y Viernes Santo. Mandé mensajes a la policía, a mi abogado, a todos lados. No había personal.
Aló cree saber cómo hace Tablado para moverse. Asegura que la propia madre del asesino les contó a otras personas el mecanismo. Lo describe como una especie de alquiler de pierna: alguien cobra por llevar la tobillera electrónica mientras Tablado viaja y permanece en Tigre. Aló no comprende por qué, ante estas versiones, nadie verifica si el dispositivo está donde debe estar. Dice que un control sin aviso alcanzaría para despejar cualquier duda. Sin darle tiempo a Tablado de regresar.
El último domicilio conocido de Fabián Tablado es Posadas, Misiones.
La violencia antes del crimen
—Carolina tenía un carácter especial —dice Edgardo—. Una forma de ser que le caía bien a todos. Vivía contenta. Le gustaba cantar, les ponía sobrenombres a todos y coincidíamos mucho. Estaba pegada a mí. Si yo salía, me decía: “Papá, te acompaño”. Éramos compinches. Hasta que apareció el psicópata de Tablado.
Carolina Aló conoció a Fabián Tablado en el verano de 1993, durante una fiesta. Ella tenía 14 años. Él, 17. Pronto el vínculo entró en un ciclo de rupturas y regresos que se extendió por tres años.
El primer indicio no fue un golpe ni una amenaza. Fue una tristeza al revés.

Edgardo notó que su hija estaba apagada cuando volvía a reconciliarse con Tablado y animada cuando se peleaba con él. La lógica era incomprensible hasta que alguien se la explicó: Tablado la presionaba en cada discusión con amenazas contra su hermano menor. “Si me dejás, lo agarro a tu hermano y lo mato”. La pelea era un respiro. La reconciliación, volver a la jaula.
Fabián Tablado era tres años más grande que Carolina Aló pero los dos compartían el mismo curso en el colegio Marcos Sastre en Tigre. A Carolina no le interesaba demasiado la escuela. Había repetido primer año y en su casa insistían con que siguiera estudiando. Buscaron una alternativa y acordaron que terminara la secundaria de noche.
—Carolina entra al Marcos Sastre nocturno porque se veía grande para seguir en un turno de mañana o de tarde —recuerda Edgardo—. Y Tablado, que había abandonado el colegio, se metió ahí. Después me enteré de que lo habían echado de tres escuelas. Entró al Marcos Sastre no para estudiar, sino para controlar.
La recorrido de Tablado era distinto. Según declararían después distintos testigos, los problemas de conducta lo acompañaban desde chico. Había pasado por una etapa punk y otra skinhead. Carolina se enamoró y creyó que podía ayudarlo. Años más tarde, el propio Tablado diría que ella lo empujaba hacia la calma y lo alejaba del odio y las drogas.
—Vivía de los celos —dice Edgardo—. Celos que él mismo inventaba por su inseguridad.
La violencia terminó por ocupar todos los espacios. También, la escuela.
En 1995, un año antes del crimen, Tablado le quebró el tabique de un golpe. Carolina les dijo a sus padres que había tropezado con una mochila y se había caído en la escuela. Inventaba excusas para ocultar las agresiones pero en la casa ya no le creían. Edgardo Aló fue al colegio Marcos Sastre.
Todavía recuerda la conversación con la directora.
—Muy fresca, me dijo: “Sí, pero le pusimos amonestaciones”. Yo pregunté: “¿Amonestaciones?”. “Sí”, me respondió. “Y a ella también, porque no denunció”.
Aló radicó una denuncia contra la autoridad y la escuela. Pero nada frenó la escalada. Días antes del asesinato, Edgardo Aló vio cómo Fabián Tablado le pegaba a su hija.
Una tarde, volvía del trabajo y los vio sentados sobre una pared baja, en la esquina de la casa. Le llamó la atención encontrar a Tablado a esa hora. Él le había dicho que iba a trabajar en la carpintería de su padre. Edgardo entró. Su dormitorio daba a la otra calle y desde la ventana alcanzó a ver la escena. Dice que Tablado le dio dos golpes a Carolina. Uno en el estómago. Otro en la espalda.
Salió de inmediato. Cuando dobló la esquina, Carolina ya corría hacia él: “Dejalo, papá. Dejalo”.
Edgardo le pasó de largo. Quería llegar a Tablado.
—Le pregunté: “¿Qué hiciste?”. Y me respondió: “Nada, estábamos hablando”. Entonces le dije: “Bueno, hablá conmigo como estabas hablando con ella”.
Aló le pegó tres piñas. Tablado no devolvió los golpes. Otros tuvieron que separarlos. Hasta entonces, dice, había evitado intervenir en la relación. Escuchaba a quienes le pedían que no se opusiera, que hacerlo podía empeorar las cosas.
—Ahí dije le basta. Ahí se terminó.
Según Aló, Tablado no aceptó la ruptura.
“El lunes, lo hago”
Días antes del crimen, Fabián Tablado ya había anunciado lo que pensaba hacer. Se lo confió a Luis Vallejo, un amigo que también asistía al colegio nocturno. No se lo dijo una ni dos, sino tres veces.
La primera conversación ocurrió el domingo previo al asesinato. Según declararó después Vallejo, los dos se encontraron en una plaza de Tigre para charlar y tomar vino. En medio de la noche, Tablado empezó a hablar de sus novias. Dijo que los engañaban, que les mentían y que había que matarlas. Vallejo creyó que hablaba el alcohol. Pero Tablado insistió.
Al día siguiente volvió sobre el tema. Vallejo recordó que seguía decidido. Pensó que se trataba de una broma o de una provocación. Que Carolina no corría peligro.
La tercera vez fue la tarde del 27 de mayo de 1996. Los dos se encontraron en la puerta del colegio. Eran cerca de las siete. Según declaró más tarde, Tablado le dijo: “Hoy voy a matar a Carolina”.
Los amigos entraron a clase. Poco antes del final de la jornada, Luis Vallejo vio a Tablado irse con Carolina. Edgardo Aló reconstruye esa escena.
—Vallejo cuenta que la saca del colegio. La lleva agarrada del hombro y del cuello. Y cuando se alejan, Tablado lo mira y se pasa un dedo por la garganta [como seña de que iba a degollarla].
***
Sobre una repisa en el living de la casa de Edgardo Aló hay una foto de Carolina.
Lleva una musculosa blanca, el pelo suelto apenas por encima de los hombros y varias pulseras en la muñeca. Sonríe. Parece una foto capturada en verano. Está sin marco, apoyada junto a un escudo del club Tigre.
Edgardo dice que a lo largo de los años fue entregando fotos a periodistas que nunca las devolvieron. Las que guardaba en el celular se perdieron cuando el aparato dejó de funcionar. Esa es la única imagen que conserva.
—Ella siempre usaba el pelo suelto —dice.
Lo aclara porque, para muchos, Carolina quedó detenida en otra foto: la de las dos trenzas y la sonrisa. La imagen, que acompañó durante décadas las noticias sobre el crimen, terminó por fijarse en la memoria colectiva.
Hace tiempo que Edgardo Aló intenta que el nombre y la imagen de Carolina remitan a algo más que a aquella noche de 1996. En 2017, fundó la Fundación Carolina Aló con el objetivo de que lo que le pasó a ella no le pase a otras. Sostiene la institución junto a un equipo que trabaja ad honorem. Asisten a víctimas de violencia de género: las orientan sobre dónde denunciar y cómo moverse dentro de un sistema judicial que, como él sabe bien, puede ser lento, sordo y esquivo. También, trabajan en prevención.
Edgardo está convencido de que a la violencia hay que interceptarla antes, en las primeras relaciones afectivas, cuando los vínculos todavía se están formando y las señales son más fáciles de ignorar. Carolina tenía 14 años cuando conoció a Tablado.
La fundación impulsó además una petición ante la ONU: que el 27 de mayo, fecha del asesinato, sea declarado Día Internacional de la No Violencia en el Noviazgo.
***
El 27 de mayo de 1996
Era lunes. Los padres de Fabián Tablado y sus cuatro hermanos habían salido a cenar. En la casa de Albarellos al 300, en Tigre, no había nadie. Tablado lo sabía.
Lo que pasó después solo se conoce por el relato de Tablado y por lo que reconstruyeron los peritos. Carolina no pudo contarlo.
Tablado la llevó a su habitación. Mantuvieron relaciones sexuales. En un momento, intentó eyacular dentro de ella sin protección. Carolina lo frenó, lo empujó y lo apartó. Poco después, Tablado declaró que quería tener un hijo con ella. Carolina dijo que no.

La agresión comenzó en la cocina, siguió por el living y terminó en el garaje de la casa. Los forenses calcularon que el ataque duró entre cinco y diez minutos. Tablado utilizó tres cuchillos y un formón, una herramienta de su padre carpintero para tallar madera. Cuando una hoja se doblaba o se rompía, iba en busca de otra.
—Carolina se defendió como podía, con las manos —reconstruye Edgardo—. Tenía todas las palmas de las manos agujereadas por tratar de cubrirse. La atravesaban los cuchillos, hasta que llegó el corte de la vena cava, que prácticamente la degolló.
La autopsia registró 19 golpes y 113 puñaladas.
—Uno trata de no pensar, pero las imágenes se te vienen a la cabeza.
Edgardo evoca las paredes del fondo de la casa. Los muros conservaban trazos de sangre. Él miraba esas manchas y veía a su hija. La veía buscar la medianera. Aferrarse a la estructura. Escapar y volver a ser alcanzada por Tablado.
—La hizo sufrir y le hizo ver la venida de la muerte.

El cadáver de Carolina quedó en el garaje.
Tablado volvió a su habitación. Se sacó la ropa, que estaba cubierta de sangre. Se bañó y cambió. Antes de irse, dejó al lado del cuerpo una hoja con un dibujo: un caballo y una figura con un cuchillo en la mano. Debajo, la palabra “jajajaja”.
Después salió.
Esa misma noche, el teléfono sonó en la casa de los Aló. Edgardo atendió.
—¿Está Carolina? —preguntó una voz.
—No, está en el colegio. ¿Quién habla?
—Una compañera.
—Si sos compañera, sabés el horario que sale del colegio. ¿Para qué me lo preguntás?
Del otro lado de la línea, cortaron.
La llamada lo dejó inquieto. Caminó unas quince cuadras hasta la escuela Marcos Sastre. Se quedó frente a la puerta y esperó la salida de los alumnos. No vio aparecer ni a su hija ni a Tablado.
Desanduvo el trayecto. Buscó a su cuñado y le pidió que lo llevara en auto hasta la casa de Tablado. Los nervios lo desbordaban. Era incapaz de manejar.
—Cuando llegamos a la casa ya estaba la policía, estaba la ambulancia y lo peor cuando vi la morguera —recuerda—. En principio uno piensa: “bueno, le debe haber pasado algo a un pariente de la familia”. En esa época no había celulares. Carolina no podía avisarme.
Cruzó el pasillo largo que antecede a la vivienda y se encontró con la madre de Tablado.
—¿Qué pasó? —preguntó Edgardo.
—Nada, nada.
La mujer dio media vuelta y volvió a la casa. Un hombre que vestía sobretodo lo tomó del hombro. Empezó a empujarlo hacia la calle. Edgardo exigió saber qué ocurría. Preguntó una vez. Dos. Tres. Cuatro. El hombre repetía: “Pasó una tragedia”. Nunca dijo cuál. Edgardo supo después que era el comisario.
Minutos más tarde, un policía salió y le dijo a otro, sin reparar en quién estaba cerca: “Conté hasta 70, 80 y no pude contar más”.
—¿70, 80 qué? —quiso saber Edgardo.
El policía lo miró. Se dio cuenta de quién era y regresó a la casa sin responder.
Edgardo salió a la vereda. Caminó. Se dio vuelta y vio, en la vereda de enfrente, debajo de un naranjo, a Vallejo. Era casi la una de la mañana.
—Ahí está un amigo de él [por Tablado] —le avisó a uno de los policías.
El policía actuó de inmediato. Metió a Vallejo en un auto particular y salieron. El amigo habló: después de asesinar a Carolina, Tablado lo llamó y le contó lo que había hecho. Le pidió que lo ayudara en su plan de escape. “El Gordo”, como lo apodaban, no podía comprender lo que escuchaba pero se puso a buscar a Carolina. Primero llamó a la casa haciéndose pasar por una compañera y, al no encontrarla, fue hasta la casa de Tablado, donde lo demoró la policía y dijo dónde estaba Fabián.
Tablado estaba debajo del puente Tedín, en Tigre, esperando un remís. Había arreglado con Vallejo que el auto tocara tres bocinazos para salir.
Un auto sin identificaciones llegó al punto indicado. Tocó tres veces. Tablado salió de su escondite y se acercó. Del auto bajaron policías.
—¿Por qué le pegaste a tu novia? —le dijo uno.
—No le pegué —respondió Tablado—. La maté.










