
La sexualidad en la vejez no debe interpretarse como una pérdida del deseo, sino como una transformación atravesada por la experiencia, los cambios corporales y la posibilidad de redefinir el placer, planteó Dolores Covacevich, magíster en género y políticas públicas y especialista en sexualidad.
Durante una entrevista con Marcos Vizcarra en Radio Cristal, la especialista sostuvo que la consulta profesional no debe quedar limitada a los cuadros de disfunción. Ante la aparición de dolor o malestar, indicó que corresponde acudir a un profesional de la salud, como ocurre en cualquier otro ámbito de la vida.
Covacevich, magíster en Género, Sociedad y Políticas por FLACSO Argentina e integrante del Área de Géneros y Sexualidades de la Universidad Nacional de Rosario, cuestionó la asociación automática entre sexualidad, edad cronológica, hormonas y rendimiento físico. Para ella, esa mirada deja en segundo plano el conocimiento que las personas adquieren sobre aquello que les gusta, lo que pueden elegir y lo que desean expresar.
Al abordar los cambios vinculados con la perimenopausia, la menopausia y el climaterio, señaló que los cambios hormonales no agotan la experiencia íntima. “También se abre la posibilidad del disfrute desde otro lugar”, dijo.

La experiencia como factor de transformación del deseo
La especialista planteó que la sexualidad se transforma junto con las personas y que esa variación no debería medirse como un deterioro respecto de etapas anteriores. “No somos los mismos sujetos que fuimos a los 20, que fuimos a los 15, que somos a los 30”, sostuvo Covacevich.
Esa perspectiva busca desplazar la comparación entre edades, que suele ordenar la vida sexual en términos de más o menos vigor, éxito o rendimiento. La profesional propuso reconocer los cambios, hablar de ellos y vincularlos con las elecciones y las formas de disfrute que cada persona construye a lo largo de su vida.
Para Covacevich, el desafío consiste en evitar que el envejecimiento sea leído como una pérdida. “Que no sea visto como una pérdida del deseo, sino como una transformación”, dijo al referirse a los procesos físicos, biológicos y cronológicos que acompañan el paso del tiempo.

Covacevich también señaló que la palabra vejez suele emplearse con una carga peyorativa, asociada con invalidez o enfermedad. Frente a esa representación, remarcó que todas las personas envejecen y deben poder adaptarse a los cambios sin que estos invaliden su deseo o su vida íntima.
Reducir el sexo a la penetración limita el placer
La conversación incorporó el uso de sildenafil, conocido popularmente como Viagra, y su relación con las expectativas sobre la sexualidad masculina en edades avanzadas. Covacevich advirtió que estos recursos pueden contribuir a la vida sexual, aunque cuestionó que la virilidad y el placer queden reducidos a la posibilidad de penetración.
Al describir esa asociación, la especialista señaló: “Si no hay erección, no hay penetración, no hay sexo posible”. Para ella, esa idea ofrece una visión “muy acotada” de los encuentros íntimos y deja afuera otras experiencias que pueden resultar placenteras.
Covacevich sostuvo que el placer puede incluir más tiempo, conversación, cercanía y formas de intimidad que no dependen de una única práctica. El foco exclusivo en la penetración, agregó, puede dejar a las personas “incompletas” en su manera de pensar y vivir la sexualidad.

La sexología estuvo durante mucho tiempo vinculada con la atención de dificultades como la falta de erección o su duración, según explicó. La profesional propuso ampliar esa concepción para que la consulta también contemple inseguridades frente a los cambios corporales, dificultades para hablar en pareja y obstáculos que impiden disfrutar.

Los cambios corporales, sin el peso del prejuicio
Covacevich planteó que poner en palabras la finitud, el transcurso de la vida y las modificaciones del cuerpo permite volver cotidianos esos procesos. Esa conversación, señaló, puede evitar que las personas dejen de mirarse con deseo por no reconocerse en las corporalidades de etapas previas.
“Normalizarlos, hacerlos cotidianos para que también eso no invalide nuestra mirada al espejo y no nos haga no mirarnos con deseo”, expresó. Según indicó, reconocer los cambios habilita otras herramientas y otras formas de disfrute propio y compartido.










