Día de Todos los Santos: Holywins, las iniciativas para disfrazar a los niños de ángeles y santos en lugar de celebrar Halloween

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honrar a sus muertos
En la Argentina, el 1º de noviembre fue feriado hasta 1976, una jornada en la que muchas personas acudían a los cementerios para honrar a sus difuntos (Imagen Ilustrativa Infobae)

El pulso vertiginoso del calendario contemporáneo suele sepultar, bajo el estrépito de la cotidianeidad y el consumo, el sentido profundo de nuestras fechas fundamentales. Sin embargo, cuando llegan las primeras calurosas brisas de noviembre, un murmullo milenario vuelve a resonar en la memoria del pueblo creyente. Cada primer día de noviembre, la Iglesia católica celebra la Solemnidad de Todos los Santos, una festividad que trasciende la evocación litúrgica para convertirse en un mapa de la esperanza humana, donde la gracia divina y el esfuerzo mortal se entrelazan en una comunión ininterrumpida. Comprender el origen, la evolución y el significado actual de esta jornada exige recorrer la historia de la fe y observar cómo la santidad se encarna en la complejidad del siglo veintiuno.

Las primeras evidencias documentadas de esta celebración colectiva remiten al Oriente cristiano. En Antioquía, hacia el siglo cuarto, San Juan Crisóstomo ya daba testimonio de un domingo dedicado a conmemorar a todos los mártires, fijado después de Pentecostés. Aquella costumbre vinculaba el descenso del Espíritu Santo con la fecundidad de la santidad martirial. La fijación del primero de noviembre en la Iglesia latina respondería, sin embargo, a un proceso histórico propio de Occidente, atravesado por la cristianización de las costumbres y la evolución de los grandes centros litúrgicos.

El hito fundamental en Roma ocurrió el 13 de mayo del año 609, bajo el pontificado de Bonifacio IV. El Papa convirtió el Panteón de Agripa, monumento dedicado a las deidades del paganismo romano, en un templo cristiano consagrado a la Virgen María y a todos los santos mártires. El traslado de reliquias desde las catacumbas hasta el antiguo Panteón marcó un cambio de significado para aquel espacio emblemático. Durante más de un siglo, el 13 de mayo permaneció como fecha de esta memoria sagrada en Roma. La transición hacia el 1º de noviembre se consolidó en el siglo VIII, cuando Gregorio III dedicó un oratorio en la basílica de San Pedro a todos los apóstoles, mártires, confesores y justos que descansan en el mundo entero, estableciendo la celebración en esa fecha. En el año 835, Gregorio IV, con el respaldo del emperador Carlomagno y sus sucesores, extendió oficialmente la festividad a la totalidad del Imperio franco y a la Iglesia de Occidente. Así quedó consolidada una fecha del calendario litúrgico que perdura hasta nuestros días.

“Santidad de la puerta de al lado”

Para la doctrina católica, Todos los Santos no se refiere únicamente a los nombres ilustres que figuran en el santoral romano, ni a doctores, papas, fundadores de órdenes religiosas o ascetas cuyas estatuas adornan las grandes basílicas. El 1º de noviembre es también la fiesta del santoral invisible, de aquello que el papa Francisco llamó la “santidad de la puerta de al lado”. Conmemora a la muchedumbre innumerable mencionada en el Apocalipsis: hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación que encarnaron el Evangelio en la vida cotidiana. Son padres y madres que educaron a sus hijos en el amor y la rectitud; obreros honestos; enfermos que ofrecieron su sufrimiento en silencio; jóvenes que preservaron sus ideales en contextos hostiles, y ancianos que custodiaron la fe con mansedumbre. Todos integran la Iglesia triunfante y conforman la comunión de los santos, ese vínculo de méritos y oraciones que une a quienes peregrinan en la tierra con quienes, según la fe, contemplan el rostro de Dios en la eternidad.

El 1º de noviembre es también la fiesta del santoral invisible, de aquello que el papa Francisco llamó la “santidad de la puerta de al lado” (AP foto/Andrew Medichini)

El santo del siglo XXI es quien sabe leer los signos de los tiempos y responder a los dolores de su época. Puede ser el profesional que mantiene una ética intachable frente a la corrupción, el científico que pone la tecnología al servicio de la dignidad humana y del cuidado de la casa común, o el militante social que defiende la vida vulnerable. También lo es el joven que no se deja anestesiar por el consumismo ni por la dictadura del algoritmo. Carlo Acutis, que utilizó las redes sociales y la programación para difundir los milagros eucarísticos, y la entrega de la doctora Gianna Beretta Molla muestran, desde sus distintas trayectorias, que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona o Pier Giorgio Frasatti, que entregó su vida en silenciosa ayuda a los que más necesitaban. Hoy la santidad puede expresarse en la audacia transformadora, en la capacidad de tender puentes en un mundo polarizado y en el heroísmo cotidiano de perdonar donde reina el odio.

La Iglesia católica crea un proceso jurídico para llegar a la santidad que es muy tedioso y largo y posee varios grados: fallecido en Olor de Santidad, una vez iniciado el proceso es declarado Siervo de Dios, Venerable, luego de la constatación de un primer milagro será Beato y por último Santo. La beatificación es el acto pontificio por el cual el Papa declara que un venerable siervo de Dios, tras sufrir el martirio o vivir las virtudes cristianas en grado heroico, ha alcanzado la gloria del cielo y que mediante su intercesión y por gracias de Dios se ha concebido un milagro. Permite que se le rinda culto público, aunque limitado a una diócesis, una región o una familia religiosa. La canonización constituye el paso definitivo: mediante la bula correspondiente, el Santo Padre inscribe al beato en el catálogo oficial de los santos. La veneración deja entonces de ser local o restringida y pasa a ser universal en la Iglesia católica. El santo no sustituye a Dios, sino que solo refleja su gloria y que el ideal de Cristo es alcanzable para todos, y los milagros no son realizados por los santos sino por Dios. Aunque coloquialmente se escucha decir que tal o cual santo o santa son “milagrosos”.

La canonización «Mama Antula», en la basílica de San Pedro, en el Vaticano, el domingo 11 de febrero de 2024, presidida por el Papa Francisco (AP Photo/Alessandra Tarantino)

¿Otras Iglesias cristianas reconocen santos? La respuesta requiere distinguir tradiciones, lenguajes y prácticas. La Iglesia ortodoxa, en sus distintas jurisdicciones —entre ellas Constantinopla, Moscú, Antioquía, Grecia, Alejandría y Serbia—, comparte con el catolicismo una antigua tradición de veneración de los santos. No obstante, suele hablar de “glorificación” en lugar de canonización, en el sentido jurídico latino. No existe un proceso centralizado ante un tribunal papal: la iniciativa puede surgir de la devoción del pueblo, que reconoce la gracia en la vida de un monje, obispo o mártir. Luego, el Santo Sínodo de la Iglesia autocéfala examina el caso y puede emitir un decreto de glorificación, incorporando el nombre a la memoria litúrgica y a la devoción pública.

La Reforma protestante del siglo XVI introdujo una ruptura respecto de la veneración de los santos. Martín Lutero, Juan Calvino y otros reformadores rechazaron el culto a los santos, la intercesión de las reliquias y los procesos de canonización. Sostenían que Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres y que la doctrina del mérito podía oscurecer la gratuidad de la salvación por la fe. Por eso, la mayoría de las denominaciones evangélicas, pentecostales, bautistas y presbiterianas no canonizan ni beatifican, ni practican la invocación de los santos. En la teología protestante, la palabra “santos” suele designar al conjunto de los creyentes bautizados que forman la comunidad cristiana.

Martín Lutero

La Iglesia anglicana y muchas de sus provincias episcopales, así como algunas ramas del luteranismo, mantienen calendarios que recuerdan a figuras de la historia cristiana, desde los padres de la Iglesia primitiva hasta personas modernas como Dietrich Bonhoeffer y Martin Luther King. Estas conmemoraciones, sin embargo, no equivalen a canonizaciones dogmáticas ni necesariamente implican oraciones de intercesión. Su propósito es agradecer a Dios por testimonios que consideran edificantes y proponerlos como ejemplos de fe y compromiso evangélico.

La celebración también posee su folclore. En muchas regiones del norte argentino, especialmente en Salta, Jujuy y Catamarca, el día de Todos los Santos adquirió expresiones culturales en las que la fe católica se entrelazó con las cosmovisiones de los pueblos originarios. La víspera del 1º de noviembre comienzan los preparativos de memorias y ofrendas. En los hogares se levantan altares con manteles blancos, flores y comidas y bebidas que agradaban en vida a los difuntos. Se preparan panes de turco o figuras de pan que representan a santos y seres queridos. La tradición sostiene que, durante esa noche, los cielos se abren y las almas regresan simbólicamente a sus antiguos hogares para compartir la mesa familiar.

El origen de esta celebración se remonta a los primeros cristianos (Lorena Sopêna/Europa Press)

Para las generaciones contemporáneas, el 1º de noviembre ha perdido buena parte de la centralidad que tuvo en la vida pública argentina. Durante gran parte del siglo XX figuró como feriado nacional inamovible de carácter religioso. La jornada no laboral permitía asistir a los oficios litúrgicos, trasladarse a los cementerios y mantener las tradiciones familiares de recuerdo y encuentro entre generaciones.

La supresión de ese feriado se produjo en 1976, mediante el decreto ley 21.410, promulgado durante el régimen militar, que reestructuró el calendario de feriados con el argumento de optimizar los días laborales y favorecer la productividad. La medida eliminó festividades arraigadas como Todos los Santos, Corpus Christi y San Pedro y San Pablo. Tras el retorno de la democracia en 1983 hubo debates y reclamos de sectores eclesiásticos y de la sociedad civil, pero el 1º de noviembre no volvió a ser restituido como feriado nacional obligatorio. Quedó así relegado a una fecha de observancia principalmente religiosa y privada.

Parroquias y colegios organizan actividades bajo el lema Holywins para recuperar el sentido espiritual frente a la influencia de Halloween

La pérdida del feriado, el avance de la secularización y la difusión de costumbres globalizadas como Halloween contribuyeron al paulatino debilitamiento de las tradiciones en las grandes ciudades. El ritmo comercial y laboral desplazó la pausa contemplativa que caracterizaba la jornada. Sin embargo, también surgieron iniciativas para recuperar su sentido. Parroquias, colegios y movimientos laicos impulsan celebraciones llamadas Holywins —“la santidad vence”—, en las que los niños se disfrazan de santos, ángeles o personajes bíblicos. La propuesta busca destacar la luz de la santidad y devolver a esta fecha su significado espiritual.

En Holywins los niños se disfrazan de santos, ángeles o personajes bíblicos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Todos los Santos permanece, en definitiva, como un faro en el discurrir del tiempo. Recuerda que, para la fe cristiana, la historia humana no camina hacia el absurdo ni hacia el vacío, sino hacia una comunión plena de vida. Al encender una vela, elevar una oración o guardar silencio en medio del trajín urbano, el hombre contemporáneo vuelve a conectar con el hilo invisible que une a los mortales con la eternidad. La santidad no es una utopía reservada a unos pocos elegidos, sino una vocación que puede expresarse en la vida común, en el servicio.