El ascenso y la caída de las SA, la sangrienta fuerza paramilitar que Hitler usó como instrumento de terror y después sacrificó

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Hitler con el Jefe de Estado Mayor de las SA, Ernst Röhm. Alemania, 1933/1934 (Alamy/ Grosby)

En La victoria de la fe, la película propagandística de Leni Riefenstahl estrenada en 1933, hay varias escenas que parecen casi calcadas. En ellas, Adolf Hitler camina a la par con un hombre obeso, enfundado en un uniforme pardo, que no muestra inferioridad alguna frente al líder nazi. Se trata de Ernst Röhm, el líder de las Sturmabteilung, más conocidas como las SA, la temible fuerza parapolicial de los nazis. En los filmes de la cineasta preferida de Hitler no hay nada improvisado y mucho menos cuando se trata de reflejar categorías: esa imagen repetida muestra el poder que por entonces Röhm tenía en el Partido Nacionalsocialista Alemán, casi equiparable al de su jefe. Es, en todo caso, un número dos sin discusión, por lo menos a la vista de todos. Ese poder terminaría de manera abrupta apenas un año después, entre la noche del 30 de junio y la madrugada del 1 de julio de 1934, durante lo que pasó a la historia como “la noche de los cuchillos largos”, que marcó de manera sangrienta el final de las SA y de la vida de Röhm. Así terminó también un período de casi 13 años que tuvo al terror de los “camisas pardas” como instrumento de intimidación del nazismo hacia el interior de la sociedad alemana.

Creadas oficialmente por Hitler cuando comenzaba a erigirse como líder indiscutido del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), las SA como fuerza de choque tenían su origen y antecedente en las Freikorps o milicias de “hombres libres”, formadas apenas terminada la Primera Guerra Mundial mayoritariamente por soldados que había regresado de los campos de batalla frustrados y culpaban de la derrota a los políticos alemanes y al poder económico de los judíos. Para principios de 1921 ya eran unos 400.000 e incluso se anunciaban en los periódicos para que los jóvenes se unieran a ellos para “luchar contra las razas que iban a acabar destruyendo totalmente a Alemania”.

La idea que el NSDAP tuviera una fuerza de choque uniformada y armada había sido propuesta por Hitler el 24 de febrero de 1920, durante un mitin en la sala de fiestas de la Hofbräuhaus de Múnich donde el partido presentó su programa de 25 puntos. El líder nazi se había inspirado en las “camisas negras” italianas creadas por Benito Mussolini. La propuesta sonó como música en los oídos de los hombres de los Freikorps, la mayoría de los cuales se incorporarían a las SA a fines del año siguiente.

El 4 de noviembre de 1921 el partido nazi realizó un mitin público en la cervecería Hofbräuhaus, en Münich. Cuando Hitler terminó de pronunciar su discurso se desató una pelea cuerpo a cuerpo, en la cual su “servicio de orden”, apaleó y expulsó a los oponentes. Después de este mitin el “servicio” pasó a llamarse oficialmente Sturmabteilung.

La importancia de las SA aumentó rápidamente dentro de las estructuras de poder nazis, llegando a estar integrada por cientos de miles de miembros. En 1922 el NSDAP fundó la Jugendbund, una sección para jóvenes de 14 a 18 años, antecesora de las Juventudes Hitlerianas. Por esos años, además de garantizar la seguridad de los líderes nazis y de custodiar sus actos, las SA se hicieron conocidas por la violencia callejera en sus constantes agresiones contra las manifestaciones izquierdistas.

El jefe de los paramilitares, Ernst Röhm, no solo era uno de los iniciadores del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y había participado en el Putsch de Múnich, el fallido intento de Hitler de alcanzar el poder por la fuerza en 1923, sino que era también amigo del führer, al punto de ser el único en su entorno que se atrevía a tutearlo.

Para principios de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, el poder de Röhm dentro de la estructura del partido era innegable: las SA contaban con alrededor de cuatro millones de hombres. La noche que Adolf Hitler fue proclamado canciller de Alemania, montaron una marcha con antorchas para rendirle homenaje… y también para poner en evidencia su poderío y el de su jefe.

Ernst Röhm era uno de los fundadores del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y era también amigo del führer, al punto de ser el único en su entorno que se atrevía a tutearlo (Wikipedia)

Razones para una caída

Para mediados de 1934 Hitler estaba lejos de acumular el poder que lo llevaría a ser el líder absoluto de Alemania en los siguientes diez años. Ya había logrado prohibir a todos los partidos políticos rivales y llevado al país a un régimen unipartidista controlado por los nazis, pero le faltaba controlar el Ejército, que respondía al presidente Paul von Hindenburg, un prestigioso mariscal de campo cuya salud estaba para entonces debilitada.

Fue entonces cuando Röhm propuso fusionar —un eufemismo de subordinar— al Ejército con las SA. El jefe de las Sturmabteilung era uno de los pocos líderes nazis que se atrevía a criticar las políticas de Hitler, a las que llegó a calificar de tibias. Su propuesta de subordinar a las Fuerzas Armadas a las SA, bajo su mando, le daría un poder enorme. Röhm lo sabía e incluso lo ponía en palabras, discretamente, con sus allegados: “Si él (refiriéndose a Hitler) cree que puede estrujarme para sus propios fines eternamente y algún día echarme a la basura, se equivoca. Las SA pueden ser también un instrumento para controlar al propio Hitler”, llegó a decir.

Hermanado por años de lucha con Röhm, Hitler se negaba a desplazarlo e incluso le toleraba su homosexualidad confesa, algo que a cualquier otro le hubiese costado la expulsión de partido. Pero otros líderes nazis, como Hermann Göring o Heinrich Himmler, comenzaron a conspirar contra él. Göring lo odiaba desde que se habían conocido, Himmler era en teoría su subordinado y veía en su desplazamiento una oportunidad para acrecentar su poder.

Otro que veía con malos ojos a Röhm y el poder que acumulaban las SA era el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, el barón Konstantin von Neurath, por entonces encargado de organizar una reunión cumbre entre Hitler y Mussolini. Días antes de la cumbre, le ordenó al embajador alemán en Italia, Ulrich von Hassel, que le pidiera a Mussolini que, durante la reunión, se manifestara en contra de las SA. Cuando se encontraron a fines de junio de 1934, Hitler le escuchó decir a su aliado italiano que las fuerzas lideradas por Röhm “estaban ennegreciendo el buen nombre de Alemania”.

Es posible que por separado ni las críticas de El Duce ni las de Göring y Himmler hubieran decidido a Hitler a tomar medidas contra el poderoso jefe de las “camisas pardas”, pero la confluencia de los dos flancos de ataque dio el resultado esperado. La culminación de la maniobra fue un discurso del vicecanciller Franz von Papen en la Universidad de Marburg, donde advirtió sobre la amenaza de una “segunda revolución”. Esto llevó a que Hitler se reuniese con el presidente Hindenburg, quien le exigió que tomase represalias contra Röhm, advirtiéndole que, de no hacerlo, declararía la ley marcial y entregaría el poder a las Fuerzas Armadas. El presidente era el único hombre en Alemania con poder legal para deponer a Hitler. Para fines de junio, muy presionado, el líder nazi tomó una decisión. Si antes había tenido dudas, ahora sería brutal.

El ataque contra Röhm fue un movimiento de pinzas cuidadosamente planificado. Luego de su encuentro con Hindenburg, Hitler lo citó a una reunión entre el alto mando del Ejército, los jefes de las SA y los de las SS, en la que el líder de los “camisas pardas” se vio obligado a firmar un documento en el que reconocía y acataba el poder sobre las SA de las Fuerzas Armadas alemanas. Durante la reunión, Hitler hizo saber a los convocados que las SA se iban a convertir en una fuerza auxiliar del Ejército y no al contrario. Al término de la convocatoria, Röhm aseguró que no acataría esa resolución y que seguiría impulsando el proyecto de un Ejército dirigido por las SA.

El primer paso fue buscarle “trapos sucios” a Röhm y así justificar su suerte. La maniobra, orquestada por el propio Hitler, se llamó “Operación Colibrí”, y comenzó con una orden directa a Reinhard Heydrich, jefe de la SD, el servicio de inteligencia de las SS, para que reuniera toda la información que pudiese sobre el jefe de las SA y su entorno. Heydrich hizo falsificar un expediente en donde se sugería que Röhm había recibido 12 millones de marcos para derrocar a Hitler y lo hizo enviar a los más importantes jefes de las SS. Su suerte estaba echada, solo faltaba matarlo. A él y a todos los sospechosos de simpatizar con sus posiciones.

Hermanado por años de lucha con Röhm, Hitler se negaba a desplazarlo e incluso le toleraba su homosexualidad confesa. Pero otros líderes nazis, como Hermann Göring o Heinrich Himmler, comenzaron a conspirar contra él (Wikipedia)

La noche de los cuchillos largos

Fue una masacre fríamente planificada y perpetrada de manera vertiginosa, que terminó con la ejecución de por lo menos 85 hombres, casi todos ligados a las SA, y la detención de otros cientos con la excusa de un “golpe de Estado”. Entre los muertos se contaban no pocos líderes, Ernst Röhm, dos de sus lugartenientes más reconocidos, dos prestigiosos generales del Ejército y decenas de “camisas pardas” (el uniforme de las SA) que, según se justificó, habían intentado desplazar al Führer.

A las 4.30 de la madrugada del 30 de junio, Hitler y sus colaboradores más estrechos volaron a Múnich, donde la noche anterior las SA habían provocado serios disturbios. Desde el aeropuerto fueron directamente a la sede del Ministerio del Interior de Baviera, donde se reunieron con los líderes de la fuerza paramilitar. Enfurecido, Hitler arrancó las insignias de la camisa del jefe de la policía de Múnich, por haber fallado en su misión de mantener el orden en la ciudad. Mientras los “camisas pardas” eran conducidos a la cárcel, el propio Führer reunió a numerosos miembros de las SS y de la policía y fue al Hotel Hanselbauer, donde Röhm y sus seguidores lo esperaban.

Una vez en el hotel, Hitler en persona arrestó a su viejo amigo, que estaba custodiado por dos hombres con las pistolas desenfundadas y sin seguro. Röhm no se resistió. En la revisión de las habitaciones del establecimiento, las SS encontraron al jefe de las SA de Breslavia, Edmund Heines, en la cama con un soldado de las SA de 18 años. Los asesinaron allí mismo. A la vez, otros hombres de las SS arrestaban a un gran número de jefes de las “camisas pardas” cuando bajaban del tren que habían tomado para acudir a la reunión con Röhm.

De regreso a Berlín, Goebbels puso en marcha la última fase del plan. Llamó por teléfono a Göring y le dijo la palabra clave, “Colibrí”, para ordenar la salida de los escuadrones de ejecución en busca de sus víctimas. El comandante de las SA en Berlín, Karl Ernst, fue asesinado por participar en la supuesta conspiración, aunque en ese momento se encontraba pasando la luna de miel.

Después de la matanza, Adolf Hitler dio un discurso dirigido al Ejército alemán que se retransmitió en todo el país para justificar la “Operación Colibrí” y decir sin eufemismos que era el dueño de la vida y de la muerte de todos los alemanes (Wikipedia)

El asesinato de Röhm

Röhm fue trasladado desde el hotel a la prisión de Stadelheim, en Munich. El Führer dudaba entre matarlo o no, en honor a la amistad de los viejos tiempos. Fue nuevamente su entorno quien lo impulsó a tomar una decisión. Le dijeron que, aun preso, Röhm conservaría su prestigio y su influencia, que mientras estuviera vivo sería un peligro. Por otra parte, si se lo enjuiciaba, la investigación llevaría a sacar a la luz las maniobras —entre ellas la falsa denuncia pergeñada por Heydrich— que habían desencadenado la purga.

El 1 de julio, luego de muchas vacilaciones, Hitler ordenó a Theodor Eicke, comandante del campo de concentración de Dachau, que le ofreciera a Röhm la posibilidad de suicidarse y que, si se negaba, lo matara. Esa misma tarde, Eicke y el oficial de las SS Michael Lippert visitaron a Röhm en su celda y le dieron una pistola cargada son una sola bala. Le dijeron que tenía diez minutos para suicidarse o que ellos lo ejecutarían. “Si quiere matarme, que venga Hitler en persona”, les contestó. Diez minutos más tarde volvieron a la celda y encontraron a Röhm parado en medio del recinto con el pecho descubierto, en actitud desafiante. Lippert le disparó a quemarropa.

La mayor parte de los asesinatos de la “Operación Colibrí” los llevaron a cabo las SS, el cuerpo de élite nazi, y la Gestapo o policía secreta. La purga —justificada como respuesta a un intento de golpe de Estado que nunca existió— consolidó el apoyo del Ejército a Hitler, y también sometió a la Justicia, ya que las cortes alemanas ignoraron cientos de años de prohibición de las ejecuciones extrajudiciales para demostrar su adhesión inquebrantable al Reich.

Trece días después de la matanza, Adolf Hitler dio un discurso dirigido al Ejército alemán que, por decisión de su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, se retransmitió en todo el país. La noche del 13 de julio, la voz del Führer surgió dura y enérgica de los aparatos de radio para justificar la “Operación Colibrí” y decir sin eufemismos que era el dueño de la vida y de la muerte de todos los alemanes: “En esa hora yo era responsable de la suerte de la nación alemana, así que me convertí en el juez supremo del pueblo alemán. Di la orden de disparar a los cabecillas de esta traición y además di orden de cauterizar la carne cruda de las úlceras de los pozos envenenados de nuestra vida doméstica para permitir a la nación conocer que su existencia, la cual depende de su orden interno y su seguridad, no puede ser amenazada con impunidad por nadie. Y hacer saber que, en el tiempo venidero, si alguien levanta su mano para golpear al Estado, la muerte será su premio”.