
Las palabras que definen lo que trasmite Fernando Pezzatti, a 24 horas de cumplir el sueño de su vida y que lo moviliza hace tres años, son emoción y entusiasmo. Este sábado 20 de junio, el paracaidista saltará en Rosario desde unos 3.000 metros de altura y cargando una mochila técnica de 90 kilos. Tras la caída libre, desplegará en el aire un paño de 21 metros de ancho por 31 metros de largo. Con sus 651 metros cuadrados, esta insignia se convertirá oficialmente en la más grande de Argentina y de América; y la cuarta a nivel mundial registrada en el paracaidismo.
La hazaña conecta directamente con los orígenes del símbolo patrio en ese mismo suelo. El 27 de febrero de 1812, Manuel Belgrano hizo izar por primera vez la bandera a orillas del río Paraná. María Catalina Echevarría la confeccionó en tela de seda con una medida de 2,25 metros de largo por 1,60 metros de ancho. El homenaje coincide con el bicentenario del fallecimiento de su creador. El 20 de junio de 1820, Manuel Belgrano murió en la pobreza en Buenos Aires, víctima de una avanzada hidropesía.
El antecedente directo de esta proeza lleva el nombre de José Ignacio Izquierdo, quien el 25 de mayo de 1925 realizó el primer salto libre en paracaídas de la historia argentina. El pionero se lanzó desde un avión sobre San Fernando con un equipo de su propia invención para honrar la fecha patria en pleno vuelo. Este sábado, el cielo de Rosario unirá aquel legado histórico y la tradición aeronáutica con el despliegue del emblema más grande que haya bajado desde las nubes.

La herencia de un sueño celeste y blanco
Fernando Pezzatti camina por el Aeroclub de Alvear de Rosario con una mezcla de ansiedad y felicidad difícil de disimular. En unas horas volverá a hacer lo que más ama: lanzarse al vacío. Pero esta vez no será un salto más. Esta vez llevará en sus espaldas una bandera argentina gigante, una imagen que soñó durante décadas y que, de algún modo, comenzó a construirse mucho antes de que él mismo se convirtiera en paracaidista.
La historia nació cuando era un niño y miraba a su padre volar. “Yo quería ser paracaidista desde los nueve años, porque mi papá saltaba. Me quedó la pica de toda la vida”, recuerda en diálogo con Infobae. Poco después, su padre dejó la actividad y el sueño quedó suspendido entre obligaciones, proyectos y años que fueron pasando. Fernando hizo una destacada carrera deportiva en el pádel, jugó en España y construyó su vida entre San Nicolás y Rosario. Pero el sabor amargo por aquella ilusión infantil pendiente nunca desapareció.
Regresó con fuerza a los cuarenta años y se animó a cumplirla. Desde entonces, el cielo se convirtió en una pasión capaz de darle un sentido inesperado a cada salto. En apenas tres años acumuló más de 550 lanzamientos y encontró en el paracaidismo algo más profundo que la adrenalina: una forma de conectar con su historia familiar.
Por eso la bandera ocupa un lugar tan especial en su vida. Su padre estuvo en el conflicto por el Canal de Beagle y fue voluntario en la guerra de las Islas Malvinas. “Tengo un amor especial por la bandera. Viene de ahí, de la historia de mi viejo y de lo que representa para nosotros”, cuenta. Cada vez que despliega la celeste y blanca en el aire, siente que también está honrando esa memoria que atraviesa sus arterias.
El primer paso de ese sueño llegó en su salto número cien, cuando descendió con una bandera de dos por tres metros. Aquella imagen quedó grabada para siempre. Curiosamente, las dimensiones de ese primer trapo con el que Fernando surcó el cielo eran casi idénticas a las de la primera bandera de la historia argentina: aquel paño textil que confeccionó María Catalina Echevarría en 1812 medía exactamente 2,25 metros de largo por 1,60 metros de ancho, aunque los colores que Belgrano izó a orillas del Paraná distaban de la fisonomía actual. Estudios científicos del CONICET revelaron que aquella enseña fundacional tenía dos franjas blancas en los extremos y una franja central teñida de azul índigo.
Ahora, el desafío de Fernando es de otra magnitud: una bandera de 21 metros por 31, es más de cien veces más grande que aquella primera insignia. Detrás de semejante despliegue hay meses de ensayos, cálculos y trabajo artesanal. Pero para él, la verdadera dimensión del proyecto no se mide en metros cuadrados, sino en emoción. En la posibilidad de mirar hacia abajo, ver la bandera flameando en el cielo y sentir que, después de tantos años, aquel sueño de la infancia finalmente encontró la forma de volar.

Una bandera para tocar el cielo
Si el primer motor de esta historia fue un sueño de infancia, lo que vino después fue la emoción de comprobar que ese sueño podía conmover también a otros. Fernando lo descubre cada vez que habla de su padre. La voz se le quiebra, las palabras se enlentecen y la imagen del hombre que lo inspiró vuelve a aparecer entre recuerdos y silencios.
“Yo salto con piel de gallina desde que salgo del avión hasta que aterrizo. Me dura un rato largo después. Muchas cosas las hago por mi padre, que ya no está. Se me empañan las antiparras cuando lo cuento, porque esto realmente se siente de una manera diferente”, confiesa.
Aunque el récord ya fue superado durante una prueba privada realizada días atrás, para él ese logro tiene un valor secundario. Lo verdaderamente importante ocurrirá cuando la bandera vuelva a desplegarse este sábado frente a cientos de personas y, sobre todo, frente a sus seres queridos. Porque el proyecto nunca estuvo pensado como una hazaña individual, sino como una experiencia capaz de despertar algo compartido: el sentir argentino. “Cuando hicimos la prueba estábamos solos, a puerta cerrada. La emoción fue enorme, pero uno quiere transmitírsela a la gente. Que lo vean, que lo sientan, que sea un homenaje compartido”, subraya.
Por eso eligieron el Aeroclub de Alvear para la presentación oficial. Desde el aire, cuenta Fernando, se alcanza a ver el perfil de Rosario, aunque las condiciones de seguridad obligan a aterrizar lejos del entorno urbano. La posibilidad de realizar el salto sobre el Monumento a la Bandera fue analizada y descartada rápidamente. La dimensión de la insignia, el peso del sistema y los márgenes operativos necesarios hacían imposible concretarlo en plena ciudad. Precisamente en el horizonte rosarino, donde hoy se levanta el Monumento, es donde empezó a moldearse nuestra identidad. El diseño de tres franjas horizontales que hoy flamea en cada mástil nació oficialmente el 20 de julio de 1816, cuando el Congreso de Tucumán la adoptó tras declarar la Independencia. Dos años más tarde, el 25 de febrero de 1818, se le sumaría el Sol de Mayo en el centro para consolidar el emblema definitivo.
La magnitud del desafío actual se entiende mejor al escuchar los números. Para transportar la bandera fue necesario utilizar un paracaídas diseñado para dos personas. El despliegue implica cargar 90 kilos de tela, distribuidos en un sistema especialmente desarrollado para mantener la estabilidad durante la caída. En su interior, una cinta estructural incorpora contrapesos de plomo que permiten que el enorme paño celeste y blanco permanezca extendido y recto en el aire, como si estuviera sostenido por un mástil invisible.
Nada de eso surgió de manera improvisada. Detrás del salto hubo meses de trabajo silencioso, pruebas fallidas y ajustes permanentes. La confección de la bandera demandó cuatro meses de tarea artesanal a cargo de Vanesa Vilches, una tapicera local que asumió el desafío de transformar una idea casi imposible en una pieza capaz de resistir las exigencias del vuelo. Fernando no duda en destacar su aporte: para él, su nombre merece quedar ligado a esta historia.
A la par avanzaban los ensayos. Durante medio año, el equipo dedicó horas diarias a resolver problemas que nunca antes habían enfrentado. Primero llegaron las pruebas desde un puente. Después las roturas, las correcciones y los nuevos intentos. Recién cuando comprobaron que la tela soportaba las aperturas sin desgarrarse se animaron a trasladar el experimento al cielo.
Cada costura, cada sistema de apertura y cada mecanismo de liberación de emergencia fue pensado una y otra vez. Porque detrás del espectáculo hay una obsesión compartida por los detalles. Y porque todos saben que, cuando la bandera finalmente aparezca desplegada sobre el horizonte, con el Himno Nacional Argentino de fondo, el público no verá meses de cálculos ni de trabajo técnico. Verá apenas unos minutos de vuelo. Pero en esos minutos estará condensada una historia de perseverancia, memoria y orgullo que lleva décadas esperando este momento.

Alta en el cielo
Pero si algo aprendió Fernando durante estos años es que los sueños más grandes nunca se concretan en soledad. Detrás de cada salto hubo familiares, amigos, compañeros de aventura y un equipo dispuesto a acompañar una idea que parecía imposible. Por eso, cuando habla de este desafío, casi nunca utiliza la primera persona.
La verdadera recompensa, asegura, no está en el récord ni en los números. Está en la posibilidad de compartir las sensaciones. “La emoción más grande es que la gente lo pueda vivir. Cuando saltamos a puerta cerrada fue hermoso, pero faltaba eso. Quiero que todos puedan ver la bandera en el aire, que la sientan propia. Vamos a grabar con camarógrafos en paracaídas y drones para que quede el recuerdo, pero lo importante es lo que queda en la retina y en el corazón”, dice conmovido.
El Aeroclub de Alvear, situado a 15 kilómetros del Monumento Nacional a la Bandera, será el escenario de ese encuentro entre el cielo y la tierra. Allí, en un espacio abierto y seguro, cientos de personas podrán levantar la vista y observar cómo una enorme bandera argentina se despliega sobre el horizonte. Será una imagen fugaz, apenas unos minutos suspendidos en el aire. Sin embargo, Fernando está convencido de que algunas emociones permanecen mucho después de que los pies vuelven a tocar el suelo.
Y para él, esta historia tampoco termina acá.
Mientras espera el gran salto, ya imagina el próximo desafío. El 9 de julio planea repetir la experiencia en Lobos, en el Aeroclub Malvinas Argentinas, un lugar que lleva un nombre cargado de significado para alguien que creció escuchando las historias de su padre. La idea es seguir llevando la bandera a cada fecha patria, transformando cada vuelo en un homenaje. Esta profunda necesidad de mantener viva la memoria resuena con fuerza cada 20 de junio, la fecha en que el país se detiene a recordar el Día de la Bandera. Fue ese mismo día, en el convulsionado año de 1820, cuando Manuel Belgrano falleció en la pobreza absoluta en Buenos Aires. Su muerte pasó casi inadvertida para el gobierno de la época, pero el tiempo transformó su partida en el recordatorio anual de los valores que nos fundaron.
“Si pudiera, saltaría en todas las fechas patrias. La bandera es mucho más que un símbolo. Es la historia de mi familia, pero también la de todos. Saltar con ella es mi manera de agradecer y de celebrar lo que somos”, resume.
Cuando llegue el momento y la enorme tela celeste y blanca se abra sobre el cielo, el público verá una bandera rompiendo el viento, seguramente con algunas lágrimas en los ojos. Fernando verá algo más. Verá al chico de nueve años que soñaba mirando a su padre. Verá décadas de espera, de caminos postergados y de desafíos cumplidos. Y verá, quizás, la certeza de que algunos sueños no tienen fecha de vencimiento sabiendo que él ya quedó en la historia argentina y con la bandera que tanto ama.










