
Iair Horn se sentó este lunes en la Legislatura de Buenos Aires, a casi 10 mil kilómetros de los túneles de la Franja de Gaza donde pasó 498 días secuestrado por Hamas. El legislador Waldo Wolff leyó la resolución que lo declaraba huésped de honor de la Ciudad. El proyecto había sido aprobado por el 97% de los legisladores porteños. Horn, criado en Villa Crespo, escuchó sin interrumpir. Después habló, como viene haciendo desde que lo liberaron, el 15 de febrero de 2025, en cada ciudad y cada sala donde alguien quiera escuchar desde el 7 de octubre de 2023.
Iair conversó con el periodista Eduardo Feinmann y luego recibió a Infobae y otros medios unos minutos a solas para ampliar su relato.
“Mi truco fue darme por muerto – dijo Horn en la entrevista-. Ya estaba bajo tierra. En el momento que decido eso, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, es ganancia”.
Esa fue la fórmula que encontró Horn para no enloquecer en un pasillo de cemento donde no podía abrir los brazos.
Wolff, desde el estrado de la Legislatura, habló sobre la masacre del 7 de octubre de 2023. “De los 197 países del mundo, solo 39 condenaron a Hamas – dijo el legislador del PRO-. Parece que para algunos los judíos no cuentan cuando son asesinados. Los judíos nunca más nos vamos a subir a los trenes que van a Auschwitz”.
El legislador definió a la Argentina como un país de convivencia. “Siempre digo que hay antisemitas, pero Argentina no es un país antisemita. Esto no aparece por generación espontánea. Se construye con comunicación. Si la barbarie se naturaliza, avanza.”
Horn explicó por qué sale a contar su historia, por qué acepta entrevistas, actos y conversatorios. “Es mi responsabilidad, así lo veo yo, así lo entendemos en mi familia y por eso hablo. Yo tengo una historia para contar y la cuento. Es parte de mi responsabilidad como ser humano, judío y por cómo fui educado también.”
La alarma de las 6.29 y la puerta sin traba
La mañana del 7 de octubre de 2023, en el kibutz Nir Oz, Iair Horn escuchó la primera alarma a las 6.29. Su hermano menor, Eitan, de 38 años, había llegado de visita desde Kfar Saba para pasar la festividad de Simjat Torá, como hacía en casi todas las fiestas judías. Dormía en el salón de la casa.
Para Horn, la alarma era rutina. “Así de normal es para uno vivir en esa zona”, contó a Infobae. Tan normal que después de escucharla salió a fumar un cigarrillo. Lo que no era normal fue lo que notó enseguida. En todas las visitas anteriores de Eitan, nunca había sonado una alarma. Era la primera vez.
Lo invitó a pasar al cuarto de seguridad. Cada casa en la zona tiene uno, preparado para resistir misiles. No tiene puerta blindada. No tiene traba. Lo único que separaba a los dos hermanos de lo que venía era una puerta común.
Entonces llegó un mensaje por el sistema de comunicación interno del kibutz. Había terroristas dentro de la comunidad, vestidos con uniformes del ejército israelí. Después, los disparos. Después, los gritos.
Nir Oz era una comunidad de 400 personas. Su padre, Itzik Horn, periodista y educador argentino que emigró a Israel en octubre de 2000 contó en una entrevista con Infobae que “hoy falta uno de cada cuatro, que está desaparecido, muerto o secuestrado. De los 240 secuestrados, 75 eran de Nir Oz”.
Los terroristas forcejearon la puerta del cuarto de seguridad una, dos, tres veces. A la tercera dispararon. Las balas pasaron entre las piernas de Iair Horn y pegaron a un centímetro de la cabeza de su hermano Eitan.

Iair decidió abrir la puerta y salir con las manos en alto. Intentó escudarse con su cuerpo para que no vieran que había alguien más adentro. No le dispararon. Lo esperaban cuatro camionetas. Lo subieron a una, con un AK-47 apuntándole. Se lo llevaron.
A Eitan no se lo llevaron con él. Horn no sabía qué había pasado con su hermano. “Llevaron a los primeros y ahí Eitan quedó atrás, quedó en casa. Pero él hizo lo que pudo y un tiempo después se lo llevaron a él”, relata,
El pibe de Villa Crespo que se fue a un kibutz
Antes de ser un nombre en las listas de rehenes, Iair Horn fue un pibe de barrio. Cursó la primaria en la escuela pública Francisco Desiderio Herrera y el secundario en el Scholem Aleijem, en Villa Crespo. Era hincha de Atlanta, como sus hermanos Eitan y Amós, como su padre Itzik.
Desde chico militó en Nofesh, la agrupación de jóvenes judíos argentinos que forma parte de Habonim Dror. Llegó a ser coordinador del grupo.
La ficha institucional del kibutz Nir Oz sitúa su llegada a Israel en 1999, con un grupo de jóvenes de Habonim Dror. Su hermano Eitan lo siguió poco después, con apenas 16 años, a través de un programa que le permitía terminar el secundario en Israel. Amós también emigró.
Junto a un compañero administraba el pub de la comunidad y organizaba decenas de eventos: Purim, Año Nuevo, Shavuot, Día de la Independencia. Escribió y grabó canciones para el kibutz.
Gustavo Rapaporte, amigo de la infancia de Horn, lo describió a Infobae. “Vivía en el kibutz hace muchos años porque era un estilo de vida que le gustaba. El campo, la soledad, la tranquilidad de vivir en una comunidad agrícola. Él era el encargado de un pub, pasaba música y organizaba las fiestas, muy con su personalidad”.
En Israel era hincha del Hapoel Beer Sheva. Tenía abono para ir a todos los partidos. Cuando lo secuestraron, el club pintó un mural callejero en su homenaje y el de Eitan. En Buenos Aires, a fines de noviembre de 2023, más de 200 familiares, amigos y excompañeros lo homenajearon en el Scholem Aleijem. En la sede de Habonim Dror colgaron una bandera: “Gordos, los seguimos buscando”.
La moto, los gritos de “yadud” y 498 días bajo tierra
Ese 7 de octubre de hace tres años, lo subieron a una moto. Un terrorista adelante, otro atrás. Ya dentro de Gaza, aceleraban y gritaban: “Yadud, yadud” —judío, judío—. Se acercaba una turba y golpeaban. “Piñas, piñas, piñas”, contó Horn. Quinientos metros, ochocientos metros, frenaban, gritaban de nuevo, otra turba, más golpes. Así varias veces hasta que lo bajaron en una casa que tenía una entrada a los túneles. Lo que siguió fueron 498 días bajo tierra.
Horn describió los túneles como “el laberinto más grande que me tocó visitar en la historia”. Había distintos tipos de espacios. Celdas donde dormía con otro rehén en un colchón, pasillos donde no podía abrir los brazos, tramos de metro setenta de altura y otros de 70 centímetros. Paredes de cemento, pisos de tierra, algunos sectores con azulejos. Se bañaba una vez por mes.

Tardó cinco días en ver a Eitan. Cuando se cruzaron en una casa donde los terroristas estaban organizando a los rehenes, los dos hermanos tomaron la decisión de no decir que eran familia. Después de 50 días, tras el primer acuerdo que liberó a mujeres y niños, los juntaron en el mismo grupo. Pasaron el resto del cautiverio juntos.
La violencia física no fue lo peor, según Horn. “El físico, mal que mal, lo sufrirás más o menos, pero lo podés recuperar.” Lo peor fue el terrorismo psicológico. Todos los días. “No le importa a nadie, mañana te mato, mañana mato a tu hermano, mañana reventamos todo el túnel con todos adentro.”
Una vez le ofrecieron afeitarle la cabeza con una navaja. Mientras el captor se la afeitaba, iba cortándole el cuero cabelludo. “No me afeitaba solo el pelo, sino que me iba cortando y cortando y cortando de a poco toda la cabeza”, relata y sus ojos se llenan de lágrimas.
Sobre gestos de humanidad de sus captores, Horn fue preciso. “Fueron contados con los dedos de una mano. No es suficiente. No dan las cuentas como para que sea algo para destacar”.
Horn no estuvo solo. Tuvo compañeros de cautiverio, y eso, dice, fue una diferencia. “Yo por lo menos tenía alguien para discutir, alguien para escuchar, alguien para que me escuche.” Algunos de sus amigos del kibutz estuvieron solos más de 500 días.
Su estrategia de supervivencia fue la aceptación radical. “Para mí lo más normal era aceptar que esa era mi realidad. Okey, ahora vivo acá abajo, vivo acá en el túnel. Y listo, sí, vivo acá. Me baño una vez por mes. Es mi realidad. Si pienso todo el tiempo en mi familia, en otra cosa que no tenía afuera, ahí es donde te volvés loco. En el momento que yo acepto que es acá, estoy acá, ahí estoy más tranquilo.”
La espera por su hermano Eitan
El peor momento de los 498 días no fue un golpe ni una amenaza. Fue el día que lo liberaron y dejó a Eitan adentro. “Para mí ese fue el peor momento, el peor día de todo el cautiverio – dijo Horn-. Fue el momento ese que me llevaron, el peor.”
Lo llevaron al hospital. Ahí se enteró de lo que habían hecho en su casa, en su kibutz. “Todo lo que sufrí yo multiplicado en esa cantidad. Por eso también hago lo que hago.”

Eitan Horn fue liberado el 13 de octubre de 2025, a los 738 días de cautiverio, en el marco del acuerdo de liberación de rehenes.
Horn no odia. Contó que un chico de 12 o 13 años de la Franja intentó acuchillar a Eitan cuando se lo llevaban. “El pibe ese no tiene la culpa, lo educaron, lo mal educaron. No lo puedo odiar, pero sí lo puedo echar muy lejos.”
Nir Oz está en reconstrucción. Quemaron casi todas las casas. Volvieron entre cinco y 10 familias y algunos de los habitantes mayores. Construir las casas nuevas va a llevar dos o tres años. El resto de la comunidad vive en una ciudad cercana.
Horn vuelve a visitar el kibutz. “Hay que hacer un equilibrio entre ir a visitar a mis amigos que están viviendo ahí y mis amigos que están enterrados ahí”, dijo. “No es fácil, pero yo entiendo que hay que enfrentar el dolor para poder hacerlo parte, no dejarlo atrás, jamás, nunca, dejarlo atrás, hacerlo parte de mi vida.”
En Buenos Aires pidió milanesa napolitana con papas fritas. Tiene más años vividos en Argentina que en Israel, y se le nota en el habla. Dice pucho, pibe, dice chinchulín. Intentó una vez convencer a sus amigos israelíes de comer achuras. No pudo.
Cuando le preguntaron qué significa la libertad después de 498 días, no respondió con una abstracción. “Uno a veces le pierde las proporciones a las cosas – dijo Iair. Las pequeñas cosas de todos los días. Ponerse los calzoncillos o elegir una camisa, elegir una remera.”










