“Hay mucho prejuicio sobre los pastores”: la historia de Emanuel, el pastor que hace stand up y transformó el dolor en servicio

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Emanuel no se considera una persona normal en las formas de practicar su vocación. Para él, la iglesia no debe ser un lugar rígido ni de apariencias, sino un espacio al que la gente acude genuina cuando tiene problemas. Criado entre un comercio y una peluquería familiar donde el servicio al prójimo era parte de la rutina de todos los días, aprendió desde muy chico que las necesidades básicas del otro están por encima de cualquier teoría o diplomatura.

A lo largo de su vida le tocó atravesar robos repetidos y momentos límite donde debió proteger a sus hijos y a su esposa. Esas experiencias le dieron la autoridad y la empatía para hablarle de frente a quien atraviesa una situación similar. Hoy, dividiendo su tiempo entre la fe, el stand up y la gestión de viandas y asistencia en Virrey del Pino, Emanuel demuestra que la vida es más sencilla de lo que se proyecta y que la verdadera ayuda aparece cuando uno se reconoce como un aprendiz constante.

– ¿Cómo te convertiste en pastor?

– Nací en una familia cristiana, donde siempre se inculcaron los valores cristianos, sin ningún tipo de ambición hacia esa vocación o ese llamado. Simplemente una familia que siempre vio en el prójimo la oportunidad de hacer un mundo mejor. Mi papá comerciante, mi mamá peluquera. Mi papá, al cerrar el comercio, siempre dejaba un tiempo para hablar con clientes o gente del barrio. Estaba ubicado frente a una estación de ferrocarril y siempre había alguna persona en situación de calle: un sanguchito, un cafecito. Ver y empaparme de esas vivencias, ver a mi mamá cortándole el pelo a esa gente, abrir su casa y su mesa…

– ¿Los recibían en tu casa?

– Los recibíamos en casa. Esas historia a uno lo va impregnando de herramientas y te estimula a decir “¿por qué no es por acá?”. El nombre “pastor” tiene un peso importante, a mí no me interesa que me digan pastor. Ni en mis redes sociales pongo que lo soy. Me gusta que me llamen por mi nombre: Emanuel o Ema. Emanuel me suena a cuando mi mamá me retaba; Ema me parece más afectivo, más cariñoso. Pero sí, desde el año 2008 fui ordenado al ministerio junto a mi esposa y mis dos hijos. Hoy nos encontramos pastoreando aquella iglesia que, sin querer, mi papá fundó en el año 1984.

– Vos decís que no te gusta que te llamen pastor, pero cumplís un rol donde mucha gente te ve como esa persona física de referencia. ¿Qué te hace sentir eso?

– Una gran responsabilidad, un gran desafío. Entiendo eso, pero trato de descontracturar a ese Dios que muchas veces se lo pinta muy lejano o muy rígido. De hecho, no me considero normal en las formas de practicar este métier, este desafío y trato de humanizar a un Dios lejano. Sé que mucha gente se acerca con la necesidad, algunos se asombran para bien y otros para mal cuando me conocen.

– ¿Sentís que la gente que asiste a la iglesia cree que vos tenés la respuesta para todo?

– Se equivoca, porque yo tampoco las tengo todas. Hay un montón de misterios en la Biblia donde a veces uno se encuentra detenido o trabado. Siento que hay una frase que uso siempre: “la garrafa de a dos pesa menos”. En la vida hay cuestiones donde no tenés la respuesta, pero en compañía se pueden llevar mejor.

– ¿Cómo es un día en la iglesia?

– Como en una familia donde uno se puede mostrar tal como es. Es una iglesia muy desestructurada. En sus orígenes no tenía el nombre que decidimos ponerle. Cuando mis papás dejaron el pastorado, decidimos cambiarle el nombre por Iglesia Épica, porque creemos que se necesita épica para un cambio de época. Tratamos de hacer un lugar donde la gente no tenga que venir a aparentar ni encubrir nada. Es como quien va a un hospital: se muestra genuino y no anda preguntando por qué la gente está enferma. La gente va a la iglesia porque tiene problemas, y el que tiene más problemas soy yo; simplemente sé a dónde recurrir y les enseño el camino.

– ¿En qué momento pasaste de ser pastor a standapero?

– Siempre hay que encontrar una plataforma para contar verdades eternas, y creo que no hay mayor respaldo que las propias vivencias. En el año 2009, después de muchos hechos delictivos… Nosotros vivíamos en Ciudad Evita, en un barrio lindo de chalets. Nos robaron 22 veces. Veníamos de una estafa con el terreno, no teníamos los papeles en regla y no podíamos vender la casa. Yo decía: “¿Cómo voy a vender una casa donde vienen a robar?”. Parecía que al único que le robaban en el barrio era a mí.

– ¿Realmente era así?

– A mí solo. Tenía ganas de poner un cartel: “Che, robenle al vecino”. Cuando pudimos poner las cosas en orden, la vendimos y nos fuimos a otra casa en una zona mejor de Ciudad Evita donde no robaban. Y me robaron de vuelta. Esta vez fue una entradera, en 2009, cuando de eso casi no se hablaba acá. Entraron cuatro tipos un lunes a la noche, dos armados y dos drogados. Me tiraron al piso, me ataron con un cable boca abajo. Mi esposa no se había enterado porque estaba arriba cambiándole el pañal a mi hija Donatella, junto a mi hijo mayor Gianluca. Uno de los delincuentes me golpeaba pidiendo plata y me dijo: “Sabemos que tu familia está arriba. Ahora vamos a subir, vamos a matar a tus hijos y vamos a violar a tu mujer”. Esa situación hizo que se me prendieran fuego los intestinos. Literalmente sentí un fuego. Fue el desencadenante de una enfermedad que diagnosticaron dos años después: colitis ulcerosa. Bajé diez kilos, era puro hueso, pensaban que tenía cáncer y no daban con el diagnóstico. Literalmente me hacía caca en todos lados. Terminó bien, no pasó nada físico. Querían plata y les dije que se habían equivocado, que yo era un trabajador y no había dinero ahí. Le pusieron el arma en la cabeza a mi hijo, que tenía siete años. Gianluca le dijo “yo sé dónde está la plata” y le trajo su chanchito de ahorros, algo muy cruel. Mi hijo tuvo días muy difíciles después para procesar y sanar. Vendimos esa casa, nos fuimos a Ezeiza por seguridad, pero mi enfermedad me acompañó. La frase “hago caca y vuelvo” era habitual en mi casa. Usé pañales, me metí en baños ajenos o de mujeres por desesperación, conocí pastizales… Cuando estás en esa vulnerabilidad y no te enojás con tus traumas, los utilizás como herramienta para conectar con otras personas. Entendés el dolor y las enfermedades silenciosas. Cuando estaba por cumplir 50 años, mi esposa me preguntó qué iba a hacer y le dije que iba a contar mi historia con humor, porque el humor sana. Empecé a estudiar stand up, pasé por el Paseo La Plaza, el Teatro Regina, Vorterix, y cuento todas las cagadas que me mandé. La gente ríe y llora, pero es una linda oportunidad para contar verdades y conectar.

– ¿Te enojaste con Dios?

– Nunca. Hay una cita en la Biblia que dice que los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien. Entender eso tiene un fundamento: saber que yo no soy el centro de nada, soy simplemente un eslabón o una herramienta. Cuando te ponés en el centro del universo pensás “a mí no me puede pasar esto”, pero si creés que sos parte de un todo, decís “si paso esto, por algo será”. Asimilar las reglas de la vida te libra de la frustración y de ideales creados. Esto no es Disney, es la vida: duele y sufrimos. A los ocho años alguien me secuestró y me llevó a un descampado; pasó algo muy feo que en su momento naturalicé. ¿Podría haber enojado con Dios? No, porque cuando alguien me habla de una situación así hoy, puedo decirle “vení, yo te entiendo”. El peso de atravesar esas experiencias te da la autoridad para decir “sé lo que es estar en el pozo, pero también sé cómo salir”.

– ¿Cómo reaccionó la gente que asiste a la iglesia la primera vez que te escuchó hablar de esa manera?

– Fue algo rupturista. Soy como un grano para la institucionalidad de la iglesia, por mis formas y mis chistes. Quizás, siempre hice stand up sin saber que lo hacía. Fue una manera de ir a contracorriente por el simple hecho de aceptarme como soy; no necesito usar corbata ni cierta formalidad para ser pastor. Eso produjo ruido. Hay gente que se pregunta: “¿Cómo un pastor va a estar hablando de “Hago caca y vuelvo”?, y de hecho, no solamente hago stand up con eso, mi último libro se llama justamente Hago caca y vuelvo.

– ¿Hay algún prejuicio sobre los pastores que te gustaría romper?

– Muchos. Una de las razones por las cuales no me gusta que me digan pastor es por los prejuicios y etiquetas que hay sobre el rol, que a veces duelen a la familia. Lo viví como hijo de pastor y hoy me toca ser pastor en mi casa y en la iglesia. Trato de romper el estereotipo. El Jesús que conocí fue un revolucionario que escandalizó en su momento. He roto un montón de esos estándares.

Emanuel en La Casa del Niño de Virrey del Pino. (Foto: Juan Novelli)

– ¿Cómo nació el proyecto de la ONG La Casa del Niño?

– Pastoreando la iglesia de mis padres en Villa Celina, surgió el deseo de abrir un anexo en Ezeiza. Empezamos a reunirnos, pero los que perseveraban eran los chicos. Los padres no venían. Compartíamos tanto tiempo que estábamos los siete días de la semana con ellos. Lo hacíamos desde el 2013 hasta el 2020, que arrancó la Pandemia. Eran unos 30 chicos que venían todas las tardes; les cubríamos la cuota alimentaria, merienda, cena, apoyo escolar, recreación. En ese momento lo financiaba con mi trabajo como perito de siniestros para compañías de seguros, pagando el alquiler del galpón y los alimentos. Ahí comenzó La Casa del Niño.

– ¿Y cómo llegó la Casa del Niño a Virrey del Pino?

– En 2020, durante la pandemia, me llama Mónica, una vecina de González Catán, porque un comedor que se llamaba “Las Casitas”, al que asistían 60 chicos, se había quedado sin recursos. Conseguí donaciones con amigos y fui con la camioneta cargada desde Ezeiza. Camino a Catán, a la altura del kilómetro 32 de la Ruta 3, detrás del cementerio Los Ceibos, se me cruza un nene corriendo por la ruta: Lautaro. Me detengo por el peligro, sale el padre y veo un cartel que decía “Se reciben donaciones”. Era un lugar muy humilde a la vera del río Matanza, una zona inundable. Dejé todas las donaciones ahí, volví a buscar más recursos para González Catán, pero no podía dejar de pensar en ese cartel y en Lautaro.

Cartel:

– Inevitablemente pasabas siempre por ese lugar.

– Todos los días. A veces en la vida andamos tan enfocados en llegar a destino que nos olvidamos de mirar al costado, y mirar al costado te enseña a descubrir tu propósito. Empezamos a traer donaciones a Virrey del Pino. La gente cocinaba bajo un árbol en una olla a leña; no había garrafas ni baños. Construimos un galpón de madera de diez por diez metros y asistíamos a 80 personas por día con viandas.

– ¿Cómo cambió La Casa del Niño desde la primera vez que viniste hasta hoy?

– Empezó a llegar gente con ganas de ayudar. Levantamos una construcción social de 200 metros cuadrados con cocina, comedor y baños con agua caliente para que la gente se pueda bañar, cuando el río sube y se inunda. Más tarde, la fundación de Dante Gebel nos donó la infraestructura para la escuela.

– ¿Qué talleres y asistencia brindan actualmente?

– Por la crisis económica actual y la falta de presupuesto, no podemos sostener los talleres de oficio que dábamos, como panadería, peluquería o costura. Hoy nos enfocamos en garantizar la alimentación diaria, el jardín maternal para salas de 2 y 3 años abrazando el proyecto de los mil días para acompañar a las embarazadas, y el apoyo escolar.

– Después de todo lo que viviste y seguís viviendo, ¿qué aprendiste de la vida?

– Que la vida es un instante, que es más sencilla de lo que proyectamos y que nos enseñan a construir ideales que a veces no llegan y nos frustran. La vida es este momento, esta charla, mirarte a los ojos y aprender. No soy maestro de nada, soy un aprendiz de todo.