“Mi cuerpo no respondió y mi orgullo se derrumbó”

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—¿Alguna vez no se le paró?

La pregunta de mi terapeuta me descolocó. El doctor Varela era un hombre moderado, racional, poco dado a las provocaciones. No esperaba que me preguntara algo así. Contesté con la seguridad de quien no admite fisuras:

—No, de ninguna manera.

Yo era un semental. Los problemas sexuales eran cosa de los débiles, de los que no estaban a la altura. Yo era un hombre.

Varela se quedó callado y, después de unos segundos, su silencio empezó a incomodarme. Había respondido como si acabara de aprobar un examen, pero él no parecía dispuesto a felicitarme.

—¿Hay algo malo en no haber tenido nunca un problema de erección? —le pregunté.

—Y sí, usted hubiera aprendido algunas cosas.

Después de otro largo silencio, dio por terminada la sesión.

Salí del consultorio desconcertado. ¿Qué le pasaba a ese tipo? ¿Se había vuelto senil? Era cierto que alguna vez me había ocurrido, pero no lo consideraba un problema. Mi desempeño sexual era excelente. Además, ¿qué podía enseñarme una situación tan humillante? Bastante tenía uno con atravesarla como para encima tener que agradecerla.

Unos años antes había vivido algo parecido durante una entrevista de trabajo con uno de los empresarios más importantes del país. Me preguntó si alguna vez había reprobado una materia en la facultad. Le contesté que no. También esa vez mentí: no quería que una debilidad me dejara afuera. Su reacción me desconcertó. Lejos de felicitarme, pareció decepcionado.

Me explicó que los fracasos ayudaban a crecer, que cuanto más tardaba uno en tenerlos, más demoraba en aprender a enfrentarlos. Y que, después de cierto tiempo, conservar el invicto podía convertirse en una trampa: para no equivocarse había que dejar de correr riesgos. Comparó los fracasos con las vacunas. Exponerse a tiempo permitía desarrollar defensas.

Lo escuché con atención, pero no le creí. Para mí, hablar de los beneficios del fracaso era una manera elegante de consolar a los perdedores. Y yo, desde luego, no era uno de ellos. En las dos conversaciones me había preocupado tanto por demostrar que no tenía fallas que ni siquiera había podido decir la verdad.

Tuvieron que pasar quince años para que entendiera a Varela. Fue una noche en la que conocí a una mujer cautivante. Después de varias horas de tragos, conversaciones y bares, me invitó a su departamento. Todo parecía ir bien hasta que por el alcohol, el preservativo o la presión que yo mismo me imponía, no pude sostener la erección.

Sentí vergüenza. Mi cabeza empezó a trabajar a toda velocidad: ¿qué iba a pensar ella?, ¿qué clase de hombre iba a parecerle? Cuanto más intentaba corregir lo que estaba pasando, más pendiente estaba de mí. Había una mujer conmigo, pero yo apenas podía pensar en otra cosa que en el examen que estaba desaprobando.

Hasta que dejé de insistir. Respiré y empecé a prestar atención a lo que sí podíamos hacer, a otras maneras de tocarnos y disfrutar. Con algo de ingenio y bastante creatividad, el encuentro siguió. La noche que por un momento había considerado arruinada terminó siendo una experiencia que me alegraba haber vivido.

Al llegar a casa entendí por fin a Varela. Estaba satisfecho con el encuentro, pero también aliviado: había atravesado una situación que durante años había imaginado como una catástrofe. Me había pasado algo que no podía controlar y había podido quedarme ahí, con otra persona, sin tener que salir corriendo ni inventar una excusa.

Empecé a preguntarme cuánto me había perdido por necesitar que todo saliera bien. Durante años había creído que para ser querido tenía que ofrecer resultados: ser exitoso, fuerte, resolver, rendir. Podía aceptar que alguien me admirara. Me costaba mucho más confiar en que quisiera seguir conmigo después de verme fallar.

¿Cómo iba a conocerme alguien si yo me ocupaba de esconder todo lo que me avergonzaba? Hasta a mi terapeuta le había mentido. Le pagaba para que me ayudara a entenderme y, cuando se acercaba a una zona que me dolía, le mostraba las credenciales del hombre que pretendía ser.

Esa exigencia, además, tenía fecha de vencimiento. El cuerpo iba a envejecer. Habría cosas que dejaría de poder hacer, por mucho que me esforzara. Si cada una de esas pérdidas iba a poner en duda mi valor, los años que venían podían convertirse en una pelea cada vez más desesperada por demostrar que todavía merecía un lugar.

Aquella noche había podido disfrutar aun después de fallar. Me pregunté cómo sería vivir otras cosas con esa misma libertad. Cuántas conversaciones, encuentros y decisiones serían posibles si dejaba de gastar tanta energía en proteger mi imagen. Por primera vez, la frase de Varela me produjo algo distinto de irritación.

Me dieron ganas de llamarlo para agradecerle, pero eran las cinco de la mañana y hacía dos años que había muerto.