
Un artista se debe a su público y “Pity” Álvarez lo sabe. Desde que comenzó el juicio en su contra por el crimen de Cristian Maximiliano Díaz, sus fanáticos se fueron sumando de a poco a la puerta de los tribunales de la calle Paraguay al 1500. Al principio era una sola: Johana. “¡Fuerza, ‘Pity’!”, le gritaba cada vez que lo veía llegar. A la primera audiencia, la del 10 de agosto, llegó con un ejemplar de la revista Rolling Stone que tenía la última entrevista que había dado el músico.
Con el correr de las semanas otros seguidores empezaron a acoplarse. Llevan banderas con frases de sus canciones, vinilos para que Álvarez se los firme y le piden fotos. Hasta que dejó de asistir a las audiencias tras quedar internado en el Hospital Tornú, la interacción, aunque breve, se había convertido en una especie de ritual: “Pity” los saludaba con un abrazo o un apretón de manos y hablaba con ellos. Incluso les agradeció públicamente: “Gracias a todos los que vienen a hacerme la segunda ahí al tribunal”, dijo en un video.
De las once jornadas que lleva el juicio, Álvarez faltó a tres. Sus seguidores, en cambio, estuvieron presentes en todas salvo en la de este lunes. Incluso cuando el músico no estaba, la puerta del palacio judicial siguió siendo su lugar de encuentro.
¿Quiénes son las personas que lo acompañan desde que comenzó el debate? ¿Por qué van al tribunal? ¿Cómo conviven el fanatismo con el hecho de que su ídolo está siendo juzgado por haber matado a una persona? ¿Lo defienden a cualquier precio? ¿Qué esperan que suceda? Para responder esas preguntas, Infobae habló con algunos de ellos.

“En las buenas y en las malas”
Johana tiene 33 años, vive en La Matanza y, a excepción de dos audiencias, estuvo presente durante todo el juicio. Por lo general lleva el cabello suelto, pantalones anchos y una gorra que dice “Pity”.
Su fanatismo por Álvarez empezó hace dos décadas. Creció en una familia de músicos y a los 12 años, en plena época de los “rolingas”, empezó a escuchar Intoxicados. Después, un primo le prestó los discos de Viejas Locas y ahí terminó de engancharse. “Sus letras me llamaban mucho la atención. Para personas como yo, a las que nos cuesta expresarnos, sus letras son nuestro refugio”, dice. Tanto es así que lleva tatuada una frase de El Rey: “Mañana el sol podrá brillar”. “En mis momentos tristes me recuerda que todo es temporario”, explica.
Su historia con “Pity” está atravesada por recitales, viajes y encuentros inesperados. La primera vez que estuvo frente a él fue el 25 de mayo de 2010 en Ciudad Oculta. Todavía era menor de edad y se escapó de su casa para ir a verlo. Llegó temprano, lo encontró mientras preparaban el show y corrió hacia él. Cuando personal de seguridad intentó frenarla, recuerda que Álvarez intervino: “No, no, no, déjenla, déjenla”.

Johana recuerda el momento y se emociona: “Me dejó que lo abrace, me dio charla y nos sacamos una foto”.
Tiempo después volvió a encontrárselo por casualidad mientras trabajaba en un local de ropa. Ahí le contó que tenía tatuada una de sus canciones y se la mostró. “No lo puedo creer”, le dijo él. “Yo soy la que no lo puedo creer”, le contestó ella y otra vez se quedaron conversando un rato.
También hubo decepciones. En 2018, viajó sola en avión hasta Tucumán para asistir a uno de los recitales que terminó suspendido y provocó incidentes entre parte del público. Recuerda haber terminado llorando. “Un poco de bronca me dio, pero es como con el fútbol: cuando pierde tu equipo, ¿qué hacés? Los bancás en las buenas y en las malas”, explica.
Ese mismo año ocurrió el crimen por el que ahora Álvarez está siendo juzgado. Johana se enteró a través de un grupo de Facebook de seguidores. “No puede ser, no puede ser”, recuerda haber pensado. Dudó incluso de que fuera cierto y fue hasta la comisaría de Lugano donde estaba el músico, aunque no llegó a verlo porque tenía que irse a trabajar.
Ocho años después, la misma lógica de acompañarlo “en las buenas y en las malas” la llevó a la puerta de Tribunales.

“No lo dejemos solo”
Cuando se enteró de que comenzaría el juicio, Johana buscó en Google dónde se realizaría y cuáles eran las fechas. “Bueno, me mando y voy”, pensó. Y así, con la misma decisión con la que tantas veces había ido sola a los recitales, el 10 de agosto llegó a Paraguay al 1500.
Después de aquella primera audiencia volvió a conectarse con antiguos grupos de seguidores en Facebook y empezó a convocar a otros. “No lo dejemos solo a ‘Pity’. Necesita de sus fans”, escribió. Sabía que lo que pedía no era fácil, pero lo intentó: “Yo entiendo que mucha gente trabaja. De hecho, yo puedo venir porque laburo de noche, pero que pidan un franco, cambien el horario, que traten por lo menos de estar aunque sea una vez. Es importante que vean que está acompañado”.
La convocatoria funcionó. De a poco comenzaron a aparecer otros seguidores y las imágenes de Álvarez deteniéndose en la puerta para saludarlos animaron a más personas a acercarse.
Fue allí donde Johana conoció a Santiago.

“No es que se le perdona todo”
Santiago tiene 35 años, vive en Lanús y trabaja en un estudio jurídico. Empezó a escuchar a Álvarez a los 15 años y lo siguió desde entonces, aunque hoy le cuesta definirse como un fan. “Lo quiero como si fuera parte de mi familia”, dice.
Hay un detalle que lo diferencia incluso en la manera de nombrarlo: casi nunca le dice “Pity”. Para él es “Cris”.
La distinción tiene un significado particular. Según cuenta Santiago, el propio músico solía bromear con la existencia de esas dos versiones de sí mismo: “Pity” era el descontrol y “Cris”, quien intentaba manejarlo. “Él decía que le iba a ganar a ‘Pity’”, recuerda. Para Santiago, era una forma de hablar de su lucha contra las adicciones.
El joven lo acompañó también durante su regreso a los escenarios y estuvo en los tres recitales de los últimos meses: viajó a Córdoba, Rosario y Mendoza. Sin embargo, asegura que hubiera preferido no verlo tocar si eso significaba preservar su bienestar. “Obviamente, hizo feliz a un montón de gente y a él mismo, porque estoy convencido de que es lo único que le gusta hacer. Pero si me das a elegir, prefiero que no toque y que pueda estar tranquilo”.
Con el debate en marcha, Santiago fue dos veces a Tribunales, pero buena parte de su acompañamiento ocurre desde las redes sociales. En diciembre de 2025 creó el perfil de Instagram @pity.libre, desde donde publica contenido relacionado con Álvarez y el proceso judicial.
También, cuenta, se metió de lleno en el expediente: “Leí toda la causa”. A partir de esa lectura construyó una posición que defiende con vehemencia. Una de sus principales críticas apunta al tratamiento público que tuvo el caso. “Él está condenado sin tener condena”, dice en referencia al abordaje de los medios.

Consultado sobre si acompañar a Álvarez implica justificar todo lo que hizo, Santiago dice que no. “No es que se le perdona todo”, aclara. Para explicar hasta dónde llega su apoyo, ordena su postura alrededor de tres cuestiones: la salud del músico, las garantías que considera necesarias para afrontar el juicio y su interpretación de lo ocurrido la madrugada en que murió Cristian Maximiliano Díaz.
Sobre las condiciones en las que Álvarez enfrenta el proceso, plantea: “No alcanza con que Cristian pueda estar físicamente sentado en una sala. Tiene que estar realmente en condiciones de entender lo que está pasando, comunicarse con su defensa y ejercer su derecho a defenderse”. Y lo resume en una frase: “Yo pido un juicio justo. Que lo juzguen a Cris en el estado en el que está es inhumano”.
Su posición sobre el homicidio va en línea con la de la defensa del cantante: considera que debe analizarse la hipótesis de legítima defensa o, eventualmente, de un exceso, teniendo en cuenta el contexto de hostigamiento previo y las condiciones físicas y mentales en las que se encontraba Álvarez. “El hecho no puede analizarse aislado de todo lo que ocurrió antes”, sostiene.
Y sigue: “No estoy diciendo que no se investigue lo que pasó ni que tenga privilegios. Estoy diciendo que hay que mirar el hecho completo, su estado mental y físico, y garantizar primero su salud y su vida”.










