
El hombre de uniforme militar, con galones de alto mando, entró con paso tranquilo a la habitación. No mostró ninguna emoción, aunque sabía que había ganado la batalla de su vida, una que durante mucho tiempo creyó perdida. El reloj indicaba que faltaban unos pocos minutos para la medianoche del sábado 12 de septiembre cuando se paró frente al otro hombre, el más buscado de Perú, que permanecía sentado en un sillón y se presentó con formalidad:
—Soy el general Antonio Katín Vidal, jefe de la Dincote —dijo.
El otro hombre, vigilado férreamente por un grupo de policías, se levantó del sillón y le extendió su mano para estrechar la del militar.
—Abimael Guzmán Reinoso —dijo.
—Usted sabe… En la vida se gana o se pierde. Usted que es dialéctico tiene que entender que ha perdido. Tome asiento —lo invitó Katín Vidal.
—Pueden haberme capturado a mí, a la gente… Pero lo que el pueblo tiene aquí no se lo quita nadie. La historia lo dirá —le contestó Guzmán.
El general ordenó registrar la casa. No había armas, pero sí una insignia guardada en un cajón.
—¿Y esto? —preguntó el militar.
—Ah, esta es una insignia que me regaló personalmente el presidente Mao —explicó Guzmán desde su sillón.
—Guárdesela —le dijo el general con amabilidad.
Katín Vidal tenía sobradas razones para sentirse satisfecho. Después de una larga operación de inteligencia había logrado capturar al líder de Sendero Luminoso, la organización que sembraba el terror en gran parte de Perú desde principios de la década del 80, en un enfrentamiento contra el Estado que dejaba hasta entonces un saldo de 25.000 muertos, 6.000 desaparecidos, 600.000 desplazados, 3.000 presos condenados por terrorismo —aunque no todos ellos fueran culpables ni pertenecieran a la organización— y un clima de miedo casi permanente en todo el territorio peruano.
Una docena de años después de la quema de las urnas electorales en Chuschi, Ayacucho, el primer atentado cometido por Sendero Luminoso, la organización quedaba descabezada. “Se calculaba que entre 1980 y 1992 Sendero Luminoso había perpetrado 23.000 atentados, 25.000 muertes y 21.000 millones de dólares en pérdidas. El Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación Nacional (2003) señalaba que de las más de 69.000 víctimas que se calculaba causó el período de violencia entre 1980 y el 2000, el 49% de las muertes fueron provocadas por Sendero Luminoso”, calculó en un artículo sobre la historia de la organización el periodista peruano José Antonio Vadillo Vila.

El profesor Guzmán
Manuel Rubén Abimael Guzmán Reynoso nació el 3 de diciembre de 1934 en el pueblo de Mollendo, en la costa sur de Perú. Su padre, tuvo la suerte de ganar un premio de la lotería nacional que le permitió mandarlo a un colegio católico y a la universidad. Se licencio en Derecho y Filosofía en 1962, y tras recibirse se incorporó a la facultad de la Universidad Nacional de San Agustín en la ciudad montañosa de Arequipa, donde se convirtió en director de su programa de formación docente, que atrajo a estudiantes de pueblos indígenas. Para entonces ya abrevaba en las ideas del líder comunista Mao Zedong, lo que lo llevo a viajar a China en 1965 y en 1967 para conocer de primera mano la realidad de ese país.
Fundó Sendero Luminoso en 1969, junto con otros once docentes y estudiantes de la universidad. El nombre fue elegido en homenaje al comunista peruano José Carlos Mariátegui, en uno de cuyos textos había afirmado que “el marxismo-leninismo abrirá el sendero luminoso hacia la revolución”. Desde el principio, Guzmán se perfiló como líder, pero también como gran propagandista que lograba sumar integrantes a las filas de la organización. “Era un maestro muy carismático, con un estilo retórico ameno que realmente atraía a los estudiantes. En parte, se volvió tan fuerte debido a 17 años de preparación y también porque los pasos en falso del gobierno crearon condiciones favorables para la revolución”, resumió el politólogo David Scott Palmer, compañero de docencia en la Universidad de San Agustín.

“El Presidente Gonzalo”
La organización liderada por Guzmán llevó a cabo sus primeras acciones violentas en 1980, con ataques contra centros de votación y tomas de ayuntamientos en aldeas remotas. La mañana del 26 de diciembre de ese año, los vecinos de Lima se encontraron con perros muertos colgados de decenas de faroles. De sus cuellos, pendían carteles con consignas políticas referidas a las internas del Partido Comunista chino. Se los llamó “los perros de Deng Xiao Ping”.
Esa fue una de la primeras señales de la brutalidad fantasmagórica que Sendero Luminoso estaba a punto de iniciar en Perú. Guzmán, que empezó a hacerse llamar “Presidente Gonzalo”, se autoproclamó la “Cuarta Espada del Comunismo”, después de Marx, Lenin y Mao. Predicaba el “pensamiento Gonzalo”, que llevaría al mundo, de acuerdo con Guzmán, a una etapa superior del marxismo. “Cuando Sendero Luminoso se alzó en armas, el intento de injertar la experiencia china, bajo el prisma de la Revolución cultural, en la muy diferente cultura peruana, pareció un esfuerzo condenado al fracaso. Para la mayoría de la gente en el Perú, incluida la considerable izquierda legal, el movimiento parecía ser una secta demente, irremediablemente divorciada de la realidad y la cordura”, escribió el periodista peruano Gustavo Gorriti.
Con los años, Sendero Luminoso creció hasta llegar a controlar vastos territorios rurales en el centro y sur del país, y tuvo presencia incluso en áreas cercanas a Lima en donde sus integrantes perpetraron numerosos ataques terroristas. El propósito de la campaña armada de Sendero era desmoralizar y socavar al gobierno y pueblo peruanos para crear una situación conducente a un golpe de Estado que llevara a Guzmán al poder.
Sus acciones no tenían como blanco solamente a las Fuerzas Armadas y a la policía peruana, sino también a civiles de todas las clases sociales, empleados gubernamentales de todos los niveles y a otros militantes de izquierda como el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), trabajadores que no participaban de las huelgas y paros armados organizados por el grupo subversivo y campesinos que colaboraran con el gobierno o, simplemente, se negaban a obedecer. Bajo el mando indiscutido de Guzmán, en pocos años Sendero Luminoso transformó a Perú en un territorio donde reinaba el terror. Y así seguía siendo la noche del 12 de septiembre de 1992, cuando el “Presidente Gonzalo” fue detenido por el grupo especial.

Vigilancia permanente
La vivienda del barrio limeño de Surquillo donde fue capturado Guzmán estaba bajo vigilancia del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) de la Dirección contra el Terrorismo de la Policía Nacional (DINCOTE) desde el 24 de julio de 1992. El Grupo había sido creado por decisión del presidente Alberto Fujimori y de su mano derecha —y oscura— Vladimiro Montesinos. “Realmente muy pocos conocieron lo que fue Sendero Luminoso. Muy pocos llegaron a determinar por qué Sendero crecía y crecía, e iba poniendo al Estado al borde del colapso. Tenemos que ser sinceros y admitir que hasta 1992 estábamos perdiendo la guerra. El 5 de marzo de 1990 se formó el GEIN, de la policía antiterrorista. Cambió la metodología de trabajo. Tuvimos que salir a buscar a los terroristas y no esperar a que nos los trajeran”, explicó en una entrevista el coronel Benedicto Jiménez, jefe de la unidad antiterrorista de la policía que detuvo al líder de Sendero Luminoso.
La “Operación Victoria”, como la llamaron, involucró a 82 agentes encargados de tareas de observación, vigilancia y seguimiento. Durante todos esos meses, los agentes que se turnaban con disfraces de todo tipo para controlar los movimientos no habían visto ni una sola vez a Guzmán. Le pusieron el nombre clave “El Palomar” a la casa alquilada por el arquitecto Carlos Incháustegui (nombre clave: “Lolo”) y la bailarina Maritza Garrido Lecca (nombre clave: “Lola”), donde funcionaba una academia de danzas como cobertura frente a los vecinos.
Los agentes suponían que Guzmán estaba allí por un soplo dudoso de un “arrepentido” que había negociado su salida del país y otros indicios que habían encontrado en la basura que se sacaba de la casa, como ciertos alimentos, cabellos, colillas de cigarrillos y, sobre todo, cajas vacías de un medicamento contra la psoriasis, una enfermedad que padecía el hombre más buscado de Perú. “No salía de la casa. Permaneció prácticamente un año metido dentro. Se reunía con los dirigentes de uno en uno, evitando reuniones amplias. Iba a trasladarse a otra vivienda, en el campo. La orden estaba dada ya. Guzmán estaba rodeado de tres mujeres, las dirigentes más próximas. Se iban a ir a la sierra, donde habría sido mucho más difícil encontrarlo. Actuamos el día y la hora oportunos” contó el jefe del grupo operativo de la Dincote.

“Positivo para el Cachetón”
Luego de más de un mes de vigilancia y paciente espera, el 12 de septiembre los agentes estuvieron seguros de que Guzmán, a quien le habían dado el nombre en clave de “El Cachetón”, por esa característica de su rostro, estaba en el lugar. Eran exactamente las 20.40 cuando recibieron la orden de irrumpir en la casa y detenerlo. Los primeros en entrar fueron los agentes con nombres clave de “Gaviota” y “Ardilla”, que habían realizado buena parte de la vigilancia haciéndose pasar por una pareja de enamorados. Detrás entró el resto del grupo. Hubo un solo disparo al aire. En el segundo piso, Guzmán estaba sentado en un sillón. Una de las tres mujeres que estaban con él se interpuso para protegerlo.
—Tranquilo, muchacho, ya perdí —le dijo Guzmán al alférez Julio Becerra, “Ardilla”, cuando este entró a la habitación. No hizo un solo gesto de resistencia.
Con la casa controlada y Abimael Guzmán bajo vigilancia en su sillón, los agentes avisaron por radio a el general Katín Vidal y el coronel Jiménez. El mensaje fue de una sola frase: “Positivo para El Cachetón”. Junto a Guzmán, en la casa fue capturada también Elena Iparraguirre, su pareja, pero además jefa de operaciones de la organización. El descabezamiento había sido doble y prácticamente marcó el final de Sendero Luminoso.

“Yo nunca he matado a nadie”
Los días que siguieron a la captura y por orden del presidente Fujimori, Guzmán fue interrogado en profundidad por Rafael Merino, jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). El “Presidente Gonzalo” no mostraba incomodidad durante las largas sesiones que mantenía con él. Incluso, a veces, parecía jugar a las escondidas con su interlocutor.
—Usted es el responsable de 20.000 muertes… —le decía una y otra vez Merino.
—Yo nunca he matado a nadie, ni siquiera me he agarrado a puñetazos. No sé ni manejar un revólver —respondía Guzmán.
—Pero ha sido Sendero —insistía el hombre del gobierno.
—Sí, pero yo soy el jefe de un partido, no controlo a los comités regionales. Pregúntenle al jefe del regional —contestaba desafiante.
Años después, Merino describió la dinámica de esas conversaciones. “En la segunda conversación, el diálogo ya era muy fluido. Guzmán es un buen conversador. En mi caso, aunque él fue el enemigo, yo lo admiraba porque lo había estado siguiendo desde hacía mucho tiempo, hasta tal punto que leyendo un documento de Sendero era capaz de descifrar si lo había redactado Guzmán. Poco a poco se le fueron dando ciertas facilidades en su condición de presidiario, como poder estar una vez a la semana con su compañera. Claro, que todo se grababa y se filmaba. Las conversaciones con Guzmán duraron unos sesenta días. Nosotros establecíamos la frecuencia para que no estuviera preparado. Eran conversaciones de varias horas, muy interesantes”, recordó.
El objetivo de esas conversaciones no era que revelara información, porque Guzmán se mostró hermético desde el primer momento en ese sentido, sino convencerlo de que detuviera el accionar militar de Sendero Luminoso. Finalmente llegaron a un acuerdo y fue el propio Merino quien se encargó de escribir una primera carta dirigida por Guzmán a Fujimori proponiéndole un acuerdo de paz. El líder de Sendero Luminoso la leyó y le hizo una sola corrección antes de enviarla. “Fue llegando a la conclusión de que, o pedía un acuerdo de paz, o su partido terminaba destrozado. No fue una capitulación en toda regla, ya que él hablaba de que no estaban dadas las condiciones para continuar la guerra”, contó más tarde el interrogador. Después de eso, Guzmán apareció varias veces en la televisión peruana y, luego de leer el “acuerdo de paz” pidió a los combatientes de Sendero Luminoso que entregaran las armas. Su llamamiento fue seguido por la mayoría de los integrantes de la organización descabezada, aunque quedaron grupos disidentes que siguieron con su accionar armado.
El acuerdo con Fujimori no impidió que Guzmán fuera juzgado por un tribunal militar integrado por oficiales encapuchados cuyas identidades se mantuvieron siempre en reserva para preservarlos de posibles ataques de Sendero Luminoso. El proceso duró solamente tres días, tras los cuales fue condenado a cadena perpetua y encarcelado en la prisión de la base naval en Callao, cerca de Lima.
En 2003, tras la caída de Fujimori y conocidas las atrocidades de su gobierno, más de 5000 simpatizantes senderistas presentaron una apelación al Tribunal Constitucional del Perú pidiendo que fueran anulados los veredictos contra él y otros 1800 prisioneros por actividades terroristas. La Justicia accedió, declaró inconstitucional el juicio militar y mandó celebrar un nuevo proceso judicial en un juzgado civil. En ese juicio, Guzmán fue condenado nuevamente a cadena perpetua por el delito de terrorismo contra el Estado. “¡Viva el Partido Comunista del Perú! ¡Gloria al marxismo-leninismo-maoísmo! ¡Vivan los héroes del pueblo! ¡Gloria al pueblo peruano!”, gritó, agitando un puño sobre su cabeza, al conocer la sentencia.

Cenizas al viento
Guzmán pasó el resto de su vida encerrado. Murió a las 6.40 de la mañana del sábado 11 de septiembre de 2021, a los 86 años, en el Centro de Reclusión de Máxima Seguridad de la Base Naval del Callao, debido a “complicaciones en su estado de salud”, según un comunicado del Instituto Nacional Penitenciario de Perú. Faltaba un día para que se cumplieran 29 años de su captura en la casa del barrio Sunchales.
La autopsia, realizada en la Morgue del Callao, determinó que falleció debido a una neumonía bilateral causada por un agente patológico. Se le realizaron pruebas de ADN, dactiloscópicas y antropológicas para confirmar su identidad e, incluso, hubo congresistas que se acercaron a la morgue para corroborar si se trataba o no de él. Sus restos fueron incinerados en secreto en la madrugada del 24 de septiembre de 2021 en el crematorio del Hospital Naval del Callao y las cenizas fueron dispersadas en un lugar desconocido para borrar todo vestigio de él.
La investigación que llevó a la captura de Abimael Guzmán fue reconstruida en 1509 Operación Victoria, un documental de la directora Judith Vélez estrenado en 2011. La historia fue llevada también a la ficción en La hora final, un largometraje producido por Netflix y dirigido por Eduardo Mendoza de Echave, centrado en el accionar de los agentes de la Dincote Gaviota y Ardilla, interpretados por Nidia Bermejo y Pietro Sibille.










