
La puerta de la vivienda ubicada en la calle Virgen de Luján al 56 de la localidad de Guernica permanecía cerrada. Los policías, alertados por un dato inquietante, llamaron varias veces antes de decidirse a entrar. Bastó un paso para que la escena se revelara: el cuerpo de Lara Belén Franco (22) yacía en el suelo, detrás de la puerta, parcialmente cubierto con una bolsa negra y un colchón. Ningún movimiento, ningún signo de vida. Así comenzó la historia judicial de un crimen que, tras años de investigación y un juicio, terminó esta semana con la absolución del único acusado, Iván Agustín Gómez (28).
El asesinato se descubrió el jueves 7 de octubre de 2021, alrededor de las 22:30. Lara llevaba casi dos días desaparecida. Lo último que se sabía de ella era un mensaje que había enviado cerca de la medianoche del martes anterior avisando que, tras una reunión con amigos, regresaba al departamento que alquilaba junto a Gómez, con quien la unía una relación de amistad: no eran pareja, nadie pudo acreditarlo en el juicio; simplemente eran amigos que compartían techo.

Ya durante el miércoles el celular se apagó. Preocupadas por el silencio, el mismo 7 de octubre la hermana y una prima de Lara fueron hasta el domicilio, miraron por la ventana y alcanzaron a ver la cartera de la joven. Sin llave para ingresar, buscaron a Gómez. Lo encontraron en una esquina y le insistieron para que les facilitara el acceso. Él, según los relatos de ambas mujeres, reaccionó con hostilidad, aunque finalmente accedió con desgano y las acompañó. Eran cerca de las 19, es decir, tres horas antes del hallazgo del cadáver.
Una vez en el interior, la hermana -su prima optó por no ingresar y se quedó en la puerta- revisó la habitación de Lara, utilizando la linterna de su teléfono porque había poca iluminación. Estaba ordenada, con la cama tendida y todas las pertenencias de la joven, salvo el celular.
La testigo dijo que, en un momento, Gómez se mostró alterado e impidió que observara otro sector de la casa, una habitación oscura, mientras les decía que Lara “seguramente” se había ido con alguien, que él también la esperaba porque ella le debía el dinero del alquiler. Luego, las echó. “Me revolvieron todo y no encontraron nada”, le dijo el joven a un amigo un rato después.

Hasta ese momento no había denuncia por averiguación de paradero. Las autoridades recién tomaron conocimiento de lo que sucedía cuando la madre de Gómez se presentó espontáneamente en la comisaría. Allí relató que otro de sus hijos le había dicho algo inquietante sobre la posible comisión de un delito en la vivienda de la calle Virgen de Luján, sin entender bien qué pasaba y no poder dar mayores precisiones. Ese dato llevó a la Policía al lugar de los hechos.
Al llegar, los agentes se encontraron con una escena dantesca. El cadáver presentaba múltiples cortes y golpes. Lara sufrió un ataque brutal: tenía heridas en brazos, piernas, rostro y varias más en el cuello. Tres puñaladas en esa zona le provocaron un shock hipovolémico y un síndrome asfíctico que le causaron la muerte. La autopsia realizada al día siguiente determinó que el deceso había ocurrido entre 12 y 24 horas antes. Además, reveló que la víctima intentó defenderse.
Los peritos trabajaron en el lugar. Había manchas de sangre sobre el colchón celeste de una plaza que tapaba parte del cuerpo, y en el piso de cemento, algunas con forma de pisadas de calzado. También había un cuchillo sobre una banqueta y en un dormitorio se halló “una marca con características de limpiamiento”.
A partir de allí se desencadenó una serie de falencias en una investigación en la que, apenas iniciada, todas las miradas se dirigieron a Gómez, quien abandonó el barrio y fue localizado el día siguiente en la casa de un familiar en Moreno. Había ido a lo de una tía por temor a ser linchado, fue su explicación.
Pruebas ignoradas y pistas sin seguir

El expediente judicial revela una cadena de errores y omisiones en la instrucción que afectaron el esclarecimiento del crimen. Personal de Científica levantó cabellos tanto en la escena como en prendas, pero no se avanzó luego en el análisis genético para saber a quién pertenecían. Tampoco se cotejó una impresión parcial de calzado localizada en las proximidades del colchón.
Por otra parte, en el pulgar de la mano derecha de la víctima se registró una fibra oscura (un hilo minúsculo o filamento) que “no pudo ser cotejada por no haberse incautado ni remitido una muestra patrón de referencia, quedando archivada sin utilización probatoria”.
Gómez se desempeñaba como albañil. Aquel 7 de octubre de 2021 había ido a trabajar a un country en Canning. Se retiró a las 16:24. No se investigó si volvió a Guernica en colectivo, como lo hacía habitualmente. En la causa, un testigo dijo que estuvo con él tomando cerveza alrededor de las 17, un horario que no concuerda con el tiempo de viaje en transporte público desde Ezeiza a suelo guerniquense.
Al margen de ese vacío, la ropa secuestrada al principal sospechoso fue examinada en busca de sangre. Se detectaron manchas en un chaleco y un pantalón de trabajo, pero la fiscalía no solicitó el cotejo de ADN para establecer si esa sangre era de la víctima o del propio imputado.

Otro punto cuestionado a la acusación fue no agotar otras hipótesis, especialmente no profundizar sobre la presencia de un tercero en la vivienda. Diversos testigos refirieron que un vecino apodado “El Torcu” frecuentaba la casa e incluso fue visto la noche anterior al asesinato, parado afuera, al lado de la puerta. Esta línea, sin embargo, no se exploró.
El juez Agustín Amatriain fue muy duro en este punto con el Ministerio Público Fiscal: “Resulta sumamente llamativo e inexplicable en el marco de una investigación penal seria que, contando con testimonios concordantes que situaban al nombrado en la escena del crimen en el lapso temporal crítico en que la víctima era privada de la vida, el órgano que titulariza la persecución penal haya omitido de forma absoluta investigar la posible participación de dicho sujeto”.
Para el magistrado, “la Fiscalía incurrió en un sesgo de investigación, cerrando prematuramente la hipótesis sobre Gómez y absteniéndose de convocar a J.H.G. (NdR: ”El Torcu”), requerir peritajes o explorar su posible responsabilidad en el hecho”.
El fallo mayoritario resaltó algunas situaciones más. Por ejemplo, las fotografías periciales muestran signos de forzamiento en la puerta de ingreso, pero el acta policial no dejó constancia sobre si la rotura fue provocada por la propia policía al ingresar o si ya estaba en ese estado antes de su llegada.
A esto se suma la confusión en la reconstrucción de la escena: no quedó claro si el cuerpo de Lara estuvo siempre detrás de la puerta principal, lo que haría inexplicable que su hermana no lo viera al entrar horas antes del hallazgo, o si fue trasladado desde otro ambiente, en cuyo caso la acusación no pudo explicar ni probar cómo se movió el cadáver sin dejar rastros evidentes de sangre ni marcas de arrastre, y menos aún quién lo habría hecho, ya que los testigos ubicaron a Gómez fuera del departamento durante ese lapso.
Un crimen sin respuesta

Todas estas irregularidades condujeron al veredicto absolutorio del Tribunal en lo Criminal Nº4 de La Plata. “No albergo duda alguna en cuanto a que la orfandad de prueba científica de cargo y el estéril resultado pericial demuestran una absoluta ausencia de vinculación objetiva entre Iván Agustín Gómez y el luctuoso suceso investigado”, dejó asentado Amatriain. Su colega Ernesto Domenech coincidió, “consciente del dolor que provoca la impunidad”. En disidencia votó la jueza Carolina Crispiani.
“Denunciamos que nuestras vidas, nuestras historias y nuestros cuerpos no son suficientes para esta injusticia patriarcal”, expresó la hermana de la víctima en un descargo publicado en las últimas horas.
En resumen, todas las partes coincidieron en que el departamento fue la escena del crimen y que el autor pretendía deshacerse del cuerpo. El expediente acumuló indicios dispersos pero ninguna prueba directa, ni siquiera una reconstrucción temporal o espacial que situara sin dudas al acusado en el lugar del hecho.
Así, tras casi cinco años, la Justicia no pudo responder el principal interrogante del caso: ¿Quién asesinó a Lara Franco?










