El día que River Plate saldó una deuda de su historia y logró su primera Copa Libertadores con un equipo extraordinario

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Poster para todos los tiempos para los hinchas de River. El Beto Alonso con la Copa Libertadores. Del 29 de octubre de 1986 a la eternidad

El Millonario se sentía pleno. Recorrió detalladamente su pasado. Ese que le devolvía, cual espejo certero, una vida de lujos, casi sin apremios, apenas con alguna pequeña caída de la que siempre salió indemne. Sabía de grandes noches y también de tardes legendarias. Entonces, pidió que le prepararan la ropa que solo reservaba para las mejores veladas. Con parsimonia y un reverdecido placer, se acomodó el frac impecable frente al espejo y la galera reluciente. Sobre el pecho, no vestía una fina camisa como era habitual, sino una camiseta blanca con la banda roja. El hombre, acostumbrado a todos los placeres, detestaba solo una cosa, que no coincidía con su alta alcurnia: tener deudas. Y sabía, íntimamente, que esa noche del 29 de octubre de 1986, iba a saldar la única que habitaba en su ser.

River campeón de la Copa Libertadores. Ese desvelo que persiguió durante 20 años y que parecía eludirlo en forma sistemática. ¿Cuántos grandes equipos de los Millonarios lo habían intentado con esquiva fortuna? Casi todos desde aquella fatídica jornada de 1966 en Chile ante Peñarol, cuando la tercera final parecía ganada con el 2-0 y luego el aluvión uruguayo revirtió la historia y patentó el mote doloroso. Allí estaban el talento de Ermindo Onega, la sabiduría de Amadeo, que de tan grande decretó que no hiciera falta anexar el apellido, o la temible delantera de Cubilla, Daniel Onega y Pinino Mas. No alcanzó.

Tampoco el enorme cuadro de diez años más tarde, ya con Angelito en el banco, luego de cortar la sequía de 18 años sin títulos locales en el doblete imborrable del ‘75. La garantía del Pato Fillol en el arco, la solidez de la dupla Perfumo – Passarella en el fondo, la santísima trinidad del medio de J.J. López, Merlo y Alonso, más los goles de Luque. Tampoco pudo ser, otra vez el destino de una tercera final en Santiago de Chile, cayendo frente a Cruzeiro, con una alineación que entre suspensiones y lesionados, fue dejando jirones en el camino y se armó con lo justo.

El equipo la noche de la consagración. Parados: Jorge Gordillo, Américo Gallego, Nery Pumpido, Nelson Gutiérrez, Oscar Ruggeri y Alejandro Montenegro. Abajo: Antonio Alzamendi, Héctor Enrique, Juan Funes, Norberto Alonso y Roque Alfaro

Nuevamente un año terminado en 6 ponía a River en el partido decisivo de la esquiva Libertadores. Todos sus hinchas tenían la seguridad que iban a dar la vuelta. Y así fue en esa noche de un diluvio divino que cayó sobre el Monumental pletórico, con el gol inmortal de Juan Gilberto Funes. Pero el camino no fue fácil. Porque apenas dos años antes, nadie podía pensar en esa gloria.

En septiembre de 1984 asumió la dirección técnica el Bambino Veira, luego del ciclo de Luis Cubilla de apenas 8 meses, con rendimientos irregulares. Era un nuevo capítulo, donde no eran pocos los que miraban de reojo la tabla de los promedios, luego del anteúltimo puesto del año anterior. Roque Alfaro había arribado a comienzos de ese año y así nos evocó cómo fue el inicio de la era Veira: “En el partido de su debut perdimos contra Vélez de local. Al otro día nos citó para entrenar y se dio cuenta que estábamos golpeados por la derrota. Cuando terminamos de bañarnos, estaba escribiendo con una tiza en el pizarrón del vestuario algo que me quedó grabado: ‘Con personalidad, humildad y trabajo, podemos quedar en la historia de River’. Armamos un equipo inalcanzable para los adversarios. Ese grupo consiguió todos los objetivos, que fueron grandísimos, con un año ’86 inolvidable, ganando el título local cinco fechas antes, luego la primera Libertadores y la única Intercontinental en la historia del club”.

Una de las primeras medidas del Bambino fue profundizar un enroque táctico que había realizado el maestro Adolfo Pedernera, a cargo del equipo en una gira por Europa tras la ida de Cubilla: Enzo Francescoli, a quien insólitamente su compatriota ubicaba como volante derecho, pasó a jugar bien cerca del área rival con el 9. Esa camiseta supo usarla Héctor Enrique, quien se ubicó en la mitad de la cancha, para aprovechar su gran dinámica que lo llevaría a ser titular en la selección campeona del mundo en México.

Marcelo Tinelli, cronista de radio Rivadavia, intenta la nota con Diego Maradona. Fue en la Bombonera, minutos antes del arranque de la edición '86 de la Copa Libertadores entre Boca y River cuando se le hizo un homenaje a los recientes campeones del mundo

El equipo cerró en alza el ‘84, con un digno cuarto puesto. Para la temporada siguiente llegaron Gareca y Ruggeri, en una explosiva transferencia desde Boca. El primero estuvo un puñado de meses, pero el segundo sería clave en el ordenamiento defensivo. También arribó la Araña Amuchástegui, que a fuerza de goles y piques se ganaría al hincha. Por su parte, Roque Alfaro encontró su posición, con ida y vuelta permanente, con una linda anécdota: “Cubilla me pidió y cuando llegué me dio la número 10, pese a que había vuelto el Beto Alonso. Era una falta de respeto total (risas). Me costó horrores y sufrí mucho, porque no di las respuestas que se esperaban de mí. Cubilla se tuvo que ir y apareció como interino Adolfo Pedernera, que me dio una lección: ‘Usted va a ser titular en River, pero lo primero que tiene que hacer es sacarse la número 10 y ponerse cualquier otra’. Agarré la 11 y no la solté más”.

Con el arranque de la temporada 1985/86, llegó Claudio Morresi. Por una lesión del Beto Alonso ingresó al equipo y fue decisivo en la dupla con Enzo Francescoli, para doblegar defensas rivales. Ese River fue una máquina, que se consagró campeón varias fechas antes y con 10 puntos de ventaja, demostrando una enorme superioridad. Y hasta se dio el gusto de dar la vuelta olímpica en la Bombonera, en la mítica tarde de los goles de Alonso y la pelota naranja. Enseguida llegó el Mundial de México, donde River aportó tres campeones (Nery Pumpido, Oscar Ruggeri y Héctor Enrique), que casi no tuvieron tiempo de festejar, porque apenas 10 días después de la consagración en el estadio Azteca, comenzaba la Copa Libertadores.

Los Millonarios llevaban tres ediciones ausentes, donde las dos últimas habían quedado en poder de equipos argentinos de muy buen juego: Independiente (1984) y Argentinos Juniors (1985). El debut fue nada menos que ante Boca en la Bombonera, en la tarde del miércoles 9 de julio. Antes del inicio, hubo un homenaje a los campeones del mundo, con las presencias de Carlos Salvador Bilardo y Diego Armando Maradona. Los Xeneizes se pusieron en ventaja con un penal convertido por Alfredo Graciani y el empate llegó sobre el final del primer tiempo, cuando River quebró el intento de achique, con la proyección de Gordillo por la derecha, quien lanzó un centro que Alfaro mandó a la red. La transmisión de televisión tuvo dos curiosidades. La primera fue que el partido fue emitido en directo para todo el país, incluida la Capital Federal, algo que no ocurría nunca en esos tiempos con la Copa Libertadores y quien condujo la emisión de Canal 2 fue Bernardo Neustadt, en un regreso a sus inicios, que fueron con el periodismo deportivo en la revista Racing.

Juan Gilberto Funes, refuerzo llegado para la Copa Libertadores, fue el autor del gol decisivo. Alzó la Copa Libertadores en la vuelta olímpica acompañado por Oscar Ruggeri

El punto en la Bombonera fue un buen inicio. Ese fue el último partido de la Araña Amuchástegui, que partió al fútbol mexicano. En su lugar llegó un viejo conocido, que ya había estado en el club tres años antes y que regresó en un gran momento: el uruguayo Antonio Alzamendi. Venía de hacer muchos goles en Peñarol y de disputar el Mundial. Su presentación en la Copa no pudo ser mejor, ya que fue el autor de los dos tantos en la victoria 2-0 ante Wanderers en el estadio Centenario.

Una semana más tarde, se cerró de manera perfecta el periplo por Uruguay, derrotando por el mismo score a Peñarol, también con dos conquistas conseguidas en el segundo tiempo, en este caso por intermedio de Ramón Centurión. En estos partidos se comenzó a observar el nuevo River, el de la era post Francescoli. Había dejado un poco de lado el lujo, para darle lugar al contragolpe, a partir de las certeras habilitaciones del Beto Alonso, para Alzamendi y Centurión, que eran implacables con su capacidad para definir.

En las revanchas, superó a Peñarol por 3-1 y a Wanderers por 4-2, en una de las tantas jornadas donde Alonso hizo delirar a los hinchas. Además, tuvo el bonus track de sellar la clasificación para la zona semifinal, ya que eran tiempos donde solo uno de los cuatro equipos avanzaba. A falta del partido con Boca en el Monumental, ya estaba en la siguiente instancia. El Superclásico estuvo devaluado porque no tenía mayor interés, más allá de la estadística. A ese River nada lo detenía y se impuso 1-0 con tanto de Alzamendi.

La semifinal no era un enfrentamiento directo sino un grupo de tres, donde ingresó Argentinos Juniors, el campeón defensor y Barcelona de Guayaquil, un buen equipo, pero sin demasiadas figuras, más allá de la seguridad de Holger Quiñones en el fondo y el talento del brasileño Vasconcelos en la conducción.

El jueves 4 de septiembre fue la apertura con un empate en cero en cancha de Vélez frente a los Bichitos, que mantenían intacto el estilo que los había llevado a los más alto y serían un durísimo escollo para los Millonarios. Sin embargo, en su visita a Ecuador, perdieron 1-0 sobre la hora, resultado que los complicó. Una semana más tarde, River demostró estar más afilado que nunca y se impuso 3-0 en Guayaquil. Apenas comenzado el cotejo, el Beto Alonso fue expulsado y Gorosito tomó la conducción, teniendo una noche impecable, como asistidor de Alzamendi y Centurión.

El desquite con el cuadro ecuatoriano fue una superioridad aún mayor como lo demostró el contundente 4-1. Esa noche debutó en la Libertadores un hombre que sería fundamental: Juan Gilberto Funes, quien ingresó en el segundo tiempo por Alzamendi. La clasificación a la final estaba servida. Apenas le bastaba empatar con Argentinos Juniors en el Monumental el viernes 26 de septiembre. Pero el cuadro de La Paternal, de la mano de un Checho Batista colosal en el medio, más la peligrosidad latente del tridente ofensivo Castro – Borghi – Ereros se impuso 2-0 alargando la definición.

Argentinos venció por la mínima a Barcelona y se ganó el derecho a un partido desempate con River en cancha de Vélez. Ese viernes 3 de octubre quedó en la historia, porque los Millonarios sufrieron como nunca en aquella edición de la Libertadores. Fue un partido de ida y vuelta, con muchas situaciones de gol, donde los arqueros fueron figuras y el poste le negó en un par de ocasiones la victoria al cuadro de La Paternal. Jugaron 120 minutos y como el 0-0 no se modificó, River pasó a la final por mejor diferencia de gol en el grupo semifinal.

La explosión final del Bambino Veira al ser campeón de América. Llegó en septiembre del '84, cuando el panorama no era bueno, y en dos años, ganó todos los títulos

Enfrente esperaba América de Cali, con todo su potencial, sus figuras y sus ganas de revancha luego de haber perdido la final del año anterior por penales en el tercer partido ante Argentinos Juniors. Era un buen equipo donde se destacaban tres argentinos: Julio Falcioni, Carlos Ischia y Ricardo Gareca, más el aporte de la legendaria figura de Willington Ortiz y el oportunismo de ese incansable trotamundos del fútbol que fue el paraguayo Roberto Cabañas.

Todo lo bueno que había hecho River hasta allí en esa edición de la Copa Libertadores, se potenció aquella noche de Cali, con una personalidad arrolladora y una tremenda fe en la convicción de salir a ganar el partido. Se plantó en campo rival y fue superior. A los 23, Juan Gilberto Funes mostró parte de su repertorio al recibir una pelota de Alzamendi en el punto penal y tras cubrirla con el cuerpo, sacó un tremendo remate que se clavó en el arco de Falcioni. Apenas tres minutos después, el Beto Alonso, con un disparo certero desde la puerta del área, marcó el segundo. El descuento de Cabañas, apenas comenzado el segundo tiempo, simplemente decoró el resultado. River fue más y se trajo una victoria decisiva, como antesala de su gran noche.

La lluvia le dio más épica al inolvidable 29 de octubre de 1986. Más allá de algún sobresalto, la categoría de ese equipo, merecía quedarse con la copa. Y lo ratificó con el golazo de Funes, después de hacer pesar su potencia, para sacarse de encima a los defensores y definir cruzado, ante la salida de Falcioni. Llegó el pitazo final y con él, los posters perpetuos tras la invasión del público. El Bambino Veira arrodillado en el centro del campo, dejándose empapar por la lluvia y el Beto Alonso, el ídolo más ídolo que nunca, con la emoción en los ojos, en andas y con la copa en sus manos. El Millonario contemplaba todo feliz. Abrió la vitrina y puso el trofeo en el lugar que le guardaba desde siempre. Lo observó pletórico. La deuda con la historia estaba definitivamente saldada.