“Lo maté porque era un enemigo de la gente buena”: las últimas palabras del anarquista que asesinó a un presidente estadounidense

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Leon Czolgosz

Con 58 años y en la cúspide del poder, el presidente estadounidense William McKinley confiaba en su popularidad y le gustaba estar en contacto directo con la gente. Esa costumbre era un dolor de cabeza para el Servicio Secreto, encargado de su seguridad, a cuyos agentes el mandatario había burlado más de una vez para moverse con más libertad. No quería que interfirieran en su relación con los ciudadanos. Esa confianza le costó la vida.

William McKinley fue el tercer presidente de los Estados Unidos asesinado durante su mandato, después de Abraham Lincoln en 1865 y James Garfield en 1881. A Lincoln lo mató el simpatizante de la causa confederada John Wilkes Booth como parte de una conspiración mayor destinada a reunir las tropas confederadas restantes para que siguieran luchando en la Guerra Civil. Garfield cayó bajo las balas de Charles J. Guiteau, un político fracasado que creía que el presidente no había recompensado debidamente los servicios prestados durante la campaña y decidió vengarse.

La tarde del 6 de septiembre de 1901, cuando el anarquista Leon Frank Czolgosz le disparó y acabó con su vida, McKinley iba por su segundo mandato presidencial y tenía una inmensa simpatía popular. Hombre del Partido Republicano, había sido elegido por primera vez en 1896, en un momento de profunda depresión económica, al vencer en unos comicios bastante reñidos al candidato demócrata William Jennings Bryan. Había reactivado el país, mejorado la vida de millones de los ciudadanos y se lo consideraba el artífice de la victoria en la guerra hispano estadounidense de 1898, cuando Estados Unidos se apoderó de las colonias españolas de Puerto Rico y Filipinas. Reelegido en 1900, nuevamente al vencer a Bryan, llevaba adelante un mandato pujante y tranquilo. “Parecía que la administración McKinley seguiría con una paz ininterrumpida otros cuatro años, dedicada a la prosperidad”, en palabras del historiador Eric Rauchway.

William McKinley

Perfil de un anarquista

El día que atentó contra la vida del 25° presidente estadounidense Leon Czolgosz era casi un recién llegado al anarquismo y de ninguna manera era un miembro orgánico del movimiento. Nacido en Alpena, Michigan, el 5 de mayo de 1873, había vivido y trabajado en la granja de sus padres hasta que, a mediados de la década de 1890 decidió independizarse y buscó trabajo como obrero. Participó de algunas huelgas y comenzó a asistir a reuniones de anarquistas y socialistas, siempre como simple espectador, sin ninguna participación notable.

Eso comenzó a cambiar en mayo de 1901: después de escuchar un discurso de la dirigente anarquista Emma Goldman, en Cleveland, se le acercó y le pidió que le recomendara libros. Dos meses después la visitó en su casa de Chicago para conversar con ella. En esa ocasión, Goldman le dijo que ella no era partidaria de la violencia pero que comprendía a quienes la ejercían para defender los derechos de los trabajadores. Czolgosz quedó impactado con la frase, la sintió como una habilitación: “Esas palabras me quemaban en la cabeza”, dijo después.

Decidió entonces matar a McKinley, a quien consideraba el mayor exponente de la opresión que sufrían los estadounidenses. Se cree que intentó acercarse al presidente para hacerlo por lo menos dos veces antes del 6 de septiembre, pero esas versiones nunca pudieron ser confirmadas. Entre julio y ese mes hizo un periplo que nunca explicó: primero se trasladó a Buffalo, más tarde se mudó al barrio de West Seneca, en Nueva York y luego viajó a Cleveland y a Chicago, posiblemente para tomar contacto con algún grupo anarquista o conseguir dinero.

Volvió a Buffalo cuando se enteró que McKinley visitaría la Exposición Panamericana. Llegó el 3 de septiembre y ese mismo día compró un revólver Smith & Wesson calibre 38 en la ferretería Walbridge. Había decidido matar al presidente mientras estuviera en la ciudad, aunque le costara la vida: “No tenía escapatoria, estaba en mi corazón. No lo podría haber conseguido sin poner mi vida en juego. Había miles de personas en la ciudad el martes. Oí que era el Día del Presidente. Toda aquella gente parecía inclinarse ante el gran gobernante. Decidí matarlo”, declaró cuando lo interrogaron.

Hay versiones que sostienen que estuvo a punto de hacerlo el 4 de septiembre, cuando McKinley, acompañado por Ida, su mujer, llegó a la ciudad en tren. Czolgosz intentó acercarse a la comitiva, pero tuvo que desistir por un hecho casual. En el momento que los soldados que recibían al presidente dispararon una salva de bienvenida, alguien se asustó por el ruido y gritó: “¡Anarquistas!”. El anarquista creyó que lo habían descubierto y se alejó rápidamente. Volvió a intentarlo el día siguiente, cuando McKinley visitó el Puente del Triunfo para ver la feria iluminada por la luz eléctrica. Se ubicó desde temprano cerca del podio y pensaba dispararle durante el discurso, pero no logró acercarse lo suficiente porque no pudo avanzar entre la multitud.

Cuando el anarquista Leon Frank Czolgosz le disparó y acabó con su vida, McKinley iba por su segundo mandato presidencial y tenía una inmensa simpatía popular (Library of Congress)

Un saludo y dos disparos

Según el programa, la tarde del 6 de septiembre el presidente visitaría el Templo de la Música donde, después de un concierto en su honor, saludaría a los ciudadanos que quisieran acercársele. Con el Smith & Wesson envuelto en un pañuelo y oculto en su bolsillo, Czolgosz se puso en la fila. Acostumbrado a esas lides, McKinley era capaz de darle la mano a unas cincuenta personas por minuto con una técnica especial: antes tomaba las manos de su interlocutor para evitar que le estrujara los dedos y poder soltarlo con facilidad.

El avance de los ciudadanos que hacían cola para darle la mano al presidente fue interrumpido cuando Myrtle Ledger, de doce años, le pidió a McKinley el clavel rojo que siempre llevaba en la solapa. El mandatario se lo dio y conversó unos segundos con ella y su madre. Luego fue el turno de un hombre alto y moreno que parecía inquieto mientras se acercaba, lo que llamó la atención de los agentes del Servicio Secreto. Respiraron aliviados cuando no pasó nada extraño.

Quizás por eso, no le prestaron atención al siguiente, que tenía la mano derecha envuelta con un pañuelo. Quien sí notó el detalle fue McKinley que, quizás creyendo que tenía esa mano herida, le tomó la izquierda. Eran exactamente las 4.07 de la tarde cuando el presidente estrechó la siniestra de Czolgosz y este le disparó dos veces con el revólver Iver Johnson –más pequeño que el Smith & Wesson .38 de los días anteriores– que empuñaba con la derecha, oculto debajo del pañuelo.

Antes de caer desparramado en el suelo McKinley se tambaleó un momento: la primera bala lo había rozado, pero tenía la segunda que se le incrustó en el abdomen. Czolgosz estaba a punto de disparar por tercera vez cuando James Parker, el hombre que estaba detrás de él en la fila, le manoteó el revólver y le dio tiempo al detective John Geary de tirarse encima del agresor. En cuestión de segundos, decenas de personas comenzaron a pegarle, mientras algunos agentes levantaban a McKinley, que no parecía gravemente herido. Al ver la paliza que le estaban dando a su atacante, el presidente ordenó: “No le hagan daño al muchacho”.

Después fue llevado en una ambulancia hasta el improvisado hospital de la exposición, que tenía un quirófano. El primer médico que lo atendió fue Herman Mynter, a quien McKinley había conocido el día anterior. “No pensé que necesitaría sus servicios profesionales”, le dijo en broma. Ya sobre la mesa de operaciones, antes de que le administraran una inyección de morfina, preguntó por su agresor. Le dijeron que lo habían detenido. “El pobre hombre no sabía lo que hacía”, dijo entonces. Murió ocho días después, el 14 de septiembre a la madrugada, debido a una gangrena provocada por la herida. Fue reemplazado por el vicepresidente Theodore Roosevelt, que juró ese mismo día.

Czolgosz nunca se arrepintió de haber cometido el magnicidio y su cadáver fue disuelto con ácido (Library of Congress)

“Un enemigo de la gente buena”

Leon Czolgosz fue trasladado al Precinto 13 de la policía de Buffalo, en la calle Austin 346, y más tarde a la central de policía, donde se lo encerró solo en una celda. Cuando trascendió que era anarquista, se desató una ola de represalias contra militantes de esa ideología. Los grupos anarquistas y sus periódicos fueron atacados por turbas de “justicieros” que, aunque no mataron a nadie, causaron grandes destrozos en diferentes ciudades.

El jefe de la policía de Buffalo no creía que el autor del atentado hubiera actuado solo y ordenó detener a los anarquistas más conocidos de la ciudad, entre ellos a Emma Goldman, a quien no encontraron en su casa. Para que se entregara, la policía retuvo a toda su familia y anunció que solo la liberaría cuando ella se presentara. Lo hizo el 10 de septiembre y pasó más de tres semanas en la cárcel hasta que fue liberada sin cargos en su contra.

Para entonces estaba claro que Czolgosz había actuado solo y que no pertenecía orgánicamente a ningún grupo anarquista. Fue juzgado por el asesinato del presidente en el Tribunal del Estado en Buffalo el 23 de septiembre, nueve días después de la muerte de McKinley. El testimonio de la acusación duró dos días y declararon los médicos que atendieron al mandatario y varios testigos del atentado. El abogado defensor Loran L. Lewis y su ayudante no llamaron testigos al estrado y se esforzaron por alabar al presidente McKinley. Más tarde fueron criticados porque era evidente que estaban más preocupados por salvar sus imágenes frente a la comunidad que por evitar que su defendido fuera condenado a la silla eléctrica. Después de media hora de deliberaciones, el jurado lo encontró culpable y lo sentenció a muerte. Lo ejecutaron la mañana del martes 29 de octubre de 1901 en la cárcel federal de Auburn, en el estado de Nueva York. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de la prisión dentro de un ataúd inundado con ácido para disolver los restos.

Antes de que lo sentaran en la silla eléctrica, el anarquista Leon Czolgosz dio su última explicación: “Maté al presidente porque era un enemigo de la gente buena, los buenos trabajadores. No siento remordimiento por mi crimen”, dijo con voz firme. No ofreció resistencia alguna mientras lo ataban al trono de la muerte y entonces pronunció otra frase, más para sí mismo que para quienes la escucharon. “Lamento no poder ver a mi padre”, murmuró. Segundos después el verdugo accionó la palanca y su cuerpo se sacudió recorrido por la corriente eléctrica.